Bajo La Última Corona

Capitulo 28

KIAN HARRINGTON

Había pasado la mitad de mi vida convencido de que el silencio era una herramienta de supervivencia. En los pasillos helados del castillo de Zarien, la quietud significaba que alguien estaba afilando un puñal a tus espaldas, que el Consejo tramaba una nueva estrategia o que mi abuelo ensayaba su siguiente discurso sobre la responsabilidad de la dinastía.

Sin embargo, en esta habitación, el silencio era completamente distinto. Tenía el sonido suave de una respiración pausada, el crujido constante de la leña en la chimenea y el peso tibio de la mujer que dormía a mi lado.

Me acomodé sobre un costado en la cama matrimonial, apoyando el codo contra la almohada para contemplar a Nyssa.

El sol de la mañana atravesaba los visillos de lino, bañando su piel con una luz cálida que hacía destacar cada pequeño detalle. Su cabello rubio, largo y sedoso, se desparramaba sobre la sábana. Tenía las pestañas descansando sobre los pómulos, aún pálidos pero ya recobrando esa vitalidad que el hospital casi le arrebata.

Estaba hermosa. Con una belleza que a veces me oprimía el pecho y un pánico que jamás admitiría en voz alta.

Deslicé la mano por debajo de la manta, moviendo los dedos con lentitud para no despertarla. Mi palma buscó instintivamente la curva de su vientre.

Ahí estaba. A los cuatro meses y medio de gestación, la pequeña prominencia ya era innegable. Había dejado de ser un simple bulto para convertirse en una curva clara, suave y perfecta que alteraba por completo la silueta de mi esposa.

Bajé la mirada hacia el parche transdérmico pegado en la parte baja de su abdomen, un discreto cuadrado transparente que controlaba los espasmos de náuseas para que pudiera tolerar los alimentos. La hiperémesis seguía, pero verla descansar sin el rostro contraído por el dolor era la mayor victoria de mis mañanas.

Apoyé la mano sobre su pancita, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo.

Todavía me parecía una locura. Yo, que había construido murallas de hielo alrededor de mi corazón para evitar que la podredumbre de mi círculo me contaminara, estaba completamente sometido a los encantos de la panadera que me desafiaba con la mirada.

Nyssa se removió entre las cobijas, soltando un pequeño suspiro amodorrado. Sus párpados se elevaron despacio, revelando esos deslumbrantes ojos color jade que tenían el poder absoluto de desarmar cualquier orden ejecutiva que yo hubiera firmado diez minutos antes.

—Llevas cara de “alguien intentó joderme el imperio otra vez” —murmuró con la voz ronca por el sueño, esbozando una sonrisa perezosa.

—Te estoy viendo como el centro de mi universo, que es una situación mucho más peligrosa —respondí en un susurro grave, inclinándome para plantar un beso suave en la comisura de sus labios—. Buenos días, mi vida.

Ella entrecerró sus ojos verdes, estirando los brazos por encima de la cabeza antes de acomodar su rostro en el hueco de mi cuello. El olor a manzanilla y a su piel tibia me inundó de inmediato.

—¿Cómo amanece la pequeña incubadora? —bromeó, tomando mi mano para mantenerla presionada contra su vientre.

—No vuelvas a llamarte así. Eres mi esposa, la futura madre de mi hijo y la mujer más obstinada de este continente.

—Y la que tiene un parche pegado a la cadera para no devolver el desayuno —agregó ella, alzando la cara para mirarme. La sombra del humor brillaba en sus pupilas jade—. Aunque hoy me siento ridículamente bien. Creo que el bebé decidió darnos una tregua esta mañana.

—Más le vale. Si te hace sufrir, hablaré con él en cuanto nazca para establecer las reglas de la casa.

Nyssa soltó una carcajada que resonó en el cuarto, un sonido que se había convertido en mi medicina diaria. Pasó sus dedos por mi mandíbula, acariciando mi piel.

—No puedes darle órdenes a un recién nacido, Kian. Ni siquiera a ti te van a obedecer los pañales.

—Tengo un equipo entero de seguridad para encargarme de las amenazas, Nyssa. Aprenderé a manejar pañales si eso evita que te muevas de la cama.

Me incliné sobre ella, atrapando sus labios en un beso más profundo, y Nyssa entreabrió la boca, respondiendo al contacto con una dulzura que me hizo perder el aliento. Rodeó mi cuello con sus brazos y yo me acomodé con cuidado entre sus piernas, asegurándome de no depositar nada de mi peso sobre su abdomen.

Sentir la suavidad de su piel contra mis manos, el contraste entre su fragilidad aparente y la ferocidad con la que defendía a nuestro hijo, me aplastaba la cabeza de amor.

—Kian... —susurró ella contra mis labios cuando me bajé a besar la línea de su cuello.

—Dime.

—Siento algo...

Me congelé al instante. La paranoia acumulada por semanas de complicaciones médicas me hizo reaccionar en un milisegundo. Me separé, mirándola con los ojos de par en par, buscando cualquier signo de dolor en su rostro.

—¿Qué sientes? ¿Es una náusea? ¿Te duele el estómago? Llamaré a la doctora ahora mismo...

—No, tonto —interrumpió ella, tomando mi mano derecha con urgencia y pegándola contra el lateral izquierdo de su vientre—. Quédate quieto, no respires.

Hice exactamente lo que me ordenó. Detuve el aire en mis pulmones, clavando la mirada en nuestras manos unidas sobre su piel.

Durante tres segundos infinitos, solo escuché el latido desbocado de mi propio corazón. Y entonces, un pequeño golpecito seco, sutil, se presionó contra la palma de mi mano desde el interior de su vientre. Fue como el aleteo de una mariposa atrapada o el choque suave de una ola minúscula.

Un segundo después, hubo otro.

Me quedé completamente paralizado. La sangre me zumbó en los oídos y sentí que la habitación entera perdía la gravedad. Miré a Nyssa, atónito. Sus ojos jade estaban empapados en lágrimas, mirándome con una devoción que me llenó el alma.

—¿Lo sentiste?

—Es... —la voz se me cortó en la garganta—. Está moviéndose.




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