NYSSA MORELLI
El espejo del vestidor me devolvía la imagen de una mujer que apenas reconocía, pero que amaba más cada día.
Llevaba un vestido en tono amarillo pastel, hecho de una tela suave que caía recta desde el busto, disimulando a la perfección la pronunciada curvatura de mis cuatro meses y medio de embarazo. Encima me había puesto un abrigo largo de paño beige, abierto por el frente pero estructurado de tal forma que caía en pliegues pesados, ocultando por completo cualquier bulto sospechoso.
Para el mundo exterior, la esposa de Kian Harrington simplemente había ganado un poco de peso tras su "larga convalecencia" por también la anemia severa que inventamos para justificar mi ausencia.
Nadie, absolutamente nadie fuera de nuestro círculo estricto, debía saber que llevaba a un bebé en el vientre.
Sentí dos toques leves desde el interior de mi abdomen y sonreí, llevando una mano por encima del paño del abrigo para presionar suavemente.
—Tranquilo, Kaelen... o tranquila, Astrid —murmuré en un susurro solo para nosotros dos—. Mamá solo está asegurándose de que nadie descubra nuestro secreto.
Escuché los pasos firmes de Kian acercándose por el vestidor. Apareció detrás de mí en el reflejo, vistiendo un traje a medida negro que le sentaba de forma impecable. Su presencia siempre llenaba la habitación, pero cuando sus ojos oscuros se cruzaron con los míos a través del cristal, toda esa aura de frialdad se fue.
Se acercó en silencio, rodeando mi cintura desde atrás y pegando su pecho contra mi espalda. Inclinó la cabeza para enterrar el rostro en el hueco entre mi cuello y mi hombro, soltando un largo suspiro que me erizó la piel.
—Te ves hermosa —musitó, besando la piel sensible debajo de mi oreja—. Pero llevas demasiado abrigo. Vas a tener calor dentro de la casa.
—Es el precio de la discreción, Sr. Harrington —respondí, girando la cara para buscar sus labios.
No tardó un segundo en aceptar la invitación. Su mano derecha se deslizó por debajo del paño pesado de mi abrigo hasta encontrar la tela suave del vestido, amoldando la palma con extrema delicadeza sobre la curva de mi vientre. Sentir el contraste entre la firmeza de su agarre y la devoción con la que tocaba a nuestro hijo me hacía derretir por dentro.
—Me mata no poder gritarle al mundo entero que estás embarazada —murmuró contra mi boca, dándome un mordisquito suave en el labio inferior que me sacó un jadeo—. Me tienta llevarte ahora mismo al centro de la sala, quitarte este abrigo y dejar que todos esos viejos del Consejo se ahoguen con su propia envidia.
Solté una carcajada baja, acariciando su mandíbula marcada.
—Tu abuelo tendría un infarto y tu primo perdería la cabeza intentando contener a la prensa. Mantengamos la calma un poco más.
—Solo un poco más —prometió, besando mis labios una vez más antes de separarse a regañadientes—. Axel ya tiene todo listo para la ecografía médica de la próxima semana. El piso de la clínica estará despejado.
—Aún no quiero saber si es niño o niña —le recordé, acomodándole la solapa del traje—. Quiero que mantengamos el secreto hasta que nazca, nos costó mucho elegir los nombres.
—Lo que la reina ordene.
Bajamos juntos las escaleras principales, donde Aurora nos había invitado a tomar el té. Aurora era un ángel, sin embargo, en cuanto cruzamos el umbral del salón acristalado, mi sonrisa se congeló ligeramente.
Junto a ella, sentada con una postura perfectamente rígida y sosteniendo una taza de porcelana fina, se encontraba Mackenzie.
—Kian —canturreó Mackenzie en cuanto nos vio entrar, poniéndose de pie. Ignoró por completo mi presencia durante los primeros tres segundos, manteniendo sus ojos fijos en mi esposo—. Ha pasado tanto tiempo sin verte por la corte...
—Mackenzie —saludó Kian con un tono de voz que helaría el agua en pleno verano. Ni siquiera se molestó en soltar mi mano, al contrario, entrelazó sus dedos con los míos aún más, pegándome a su costado.
Los ojos de Mackenzie bajaron lentamente hacia nuestras manos unidas, y por un microsegundo, su máscara de perfección se agrietó con un destello de puro veneno. Luego, desplazó su mirada hacia mi cuerpo, examinando detenidamente el abrigo holgado que llevaba puesto.
—Vaya, Nyssa. Veo que la estancia fuera te ha sentado... demasiado bien. Ese abrigo es enorme. ¿Acaso el clima te dio un apetito voraz o es que la comida de palacio finalmente te pasó factura en la cintura?
Aurora soltó un pequeño jadeo de apuro desde el sillón.
—¡Mackenzie! —la reprendió su hermana, mirándola con reproche.
Kian se tensó a mi lado, dio un paso al frente, con la mirada oscurecida, listo para destrozar a Mackenzie con un solo comentario.
Pero lo detuve rozando suavemente mi pulgar contra el dorso de su mano.
Sonreí con absoluta serenidad, dando un paso adelante sin soltar a mi esposo.
—El clima es maravilloso, Mackenzie —respondí con la voz tranquila, manteniendo la cabeza en alto—. Y afortunadamente, a Kian le encanta cada uno de mis cambios. Supongo que cuando se tiene todo el amor y la atención del hombre adecuado, una no tiene que preocuparse por encajar en los estándares de las mujeres que siguen esperando una invitación que jamás va a llegar.
Sus labios se apretaron en una línea fina mientras apretaba el asa de su taza de té con tanta fuerza que pensé que la porcelana se rompería.
Por un instante, me sentí completamente invencible. Tenía a Kian a mi lado, el amor de mi vida, y a nuestro pequeño tesoro creciendo a salvo bajo la tela de mi vestido.
—Siempre tan mordaz, Nyssa —soltó, acomodándose el cuello de su blusa de seda con una lentitud exasperante—. Aunque supongo que la arrogancia es un mecanismo de defensa comprensible cuando se ocupa un lugar que a todas luces queda grande.
—Mackenzie, basta —intervino Aurora, poniéndose de pie de golpe—. No te invitó nadie a este té para que vengas a insultar a la esposa de Kian en su propia casa.
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Editado: 14.09.2026