KIAN HARRINGTON
Colgué la videoconferencia con los abogados, había firmado lo necesario. Las cuentas seguían a flote, el Consejo no había ganado… todavía.
Me puse de pie, me abroché el traje y salí del despacho con el corazón un poco más ligero. En dieciocho minutos estaría con ella. Vería la pantalla, escucharía el latido otra vez. Tocaría la pancita y le diría a ese pequeño tirano que se portara bien.
A las ocho y cinco mi teléfono vibró otra vez. Era el jefe de seguridad del perímetro sur.
—Señor Harrington… el vehículo de escolta no reporta. El de su esposa tampoco, perdimos la señal dentro del túnel privado hace doce minutos. Enviamos un equipo de reconocimiento, acaban de reportar…
—¿Qué reportaron? —pregunté. Ya estaba caminando hacia el ascensor.
—Sangre. El auto de escolta está acribillado. El conductor… muerto. El de la señora Harrington está abandonado contra el muro con las puertas abiertas. No hay nadie dentro. Solo… sangre en el asfalto y el maletín médico abierto.
Caminé hasta el escritorio, tomé la lámpara de bronce y la estrellé contra el monitor. El cristal estalló, pero el ruido atrajo a medio personal del piso.
—¿Cómo sucedió esto? ¡Movilicen a toda la guardia de élite! —ordené. La voz me salió tan baja y tan fría que dos secretarias retrocedieron—. ¡Cierren cada salida del reino! ¡Quiero a cada hombre armado en la calle en menos de diez minutos! ¡Y tráiganme a Axel ahora mismo!
El cristal de la mesa de nogal del despacho central no aguantó el impacto cuando tuve al hombre frente a mí. Se fracturó en una telaraña de grietas opacas antes de desplomarse en mil pedazos sobre la alfombra. Mi puño ensangrentado ni siquiera sintió el corte. El dolor físico era un chiste, una vibración irrelevante comparada con el infierno que me estaba devorando la caja torácica.
—¡Busquen en cada maldito metro cuadrado del sector sur! Si tengo que demoler el túnel de la montaña piedra por piedra para encontrar el rastreador de la camioneta, lo haré yo mismo. ¡Marcus, moviliza a la guardia de élite a las carreteras principales ya!
—Señor... la policía del reino está intentando bloquear el perímetro...
—Si un solo oficial se interpone entre mis hombres y la búsqueda de mi esposa, dale la orden a la guardia de disparar a matar. No me importa la corona, no me importa el Consejo. Si Nyssa no aparece antes del anochecer, reduzco esta capital a cenizas. ¿Me escuchaste?
—S-sí, señor Harrington.
Barrí con el brazo todo lo que quedaba sobre el escritorio principal: la laptop encendida, las lámparas de bronce, los expedientes del fideicomiso. Todo se estrelló contra el suelo en un estruendo metálico. Me pasé las manos por el cabello, jalándome las raíces mientras caminaba en círculos por la estancia.
Se la habían llevado.
Mi mente no podía procesarlo sin amenazar con colapsar. Hacía apenas tres horas, Nyssa estaba acurrucada contra mi pecho en la cama, pálida por las náuseas, mirándome con esos ojos jade. Me había besado, me había dicho que confiaba en mí. Y yo la había dejado subir a esa camioneta.
Un sollozo ahogado resonó cerca de la puerta del estudio.
Giré la cabeza de golpe. Aurora estaba de pie bajo el marco, llevándose ambas manos a la boca para ahogar sus lágrimas. Estaba temblando violentamente, aterrorizada no solo por la noticia de la desaparición de Nyssa, sino por la bestia fuera de control en la que me había convertido. Jamás me había visto así. Nadie me había visto así.
—K-Kian... por favor... —susurró Aurora, dando un paso atrás al ver la sangre que me goteaba de los nudillos—. Tienes que calmarte... si pierdes la cabeza, no vas a poder encontrarla...
—¡Sal de aquí, Aurora! ¡Fuera!
—¡Kian, basta! —la voz de Axel cortó el caos desde el pasillo.
Axel cruzó el umbral del despacho. Llevaba la camisa manchada de sangre seca a la altura del cuello, una venda apretada rodeándole la cabeza sobre la ceja izquierda y la tez pálida por el shock. Cojeaba levemente de la pierna derecha, avanzando hacia mí con una expresión de dolor y culpabilidad tan devastadora que me hizo apretar los puños hasta que me dolieron los nudillos.
Aurora soltó un pequeño jadeo al verlo y, aterrada por el ambiente sofocante, dio media vuelta y corrió hacia el pasillo interior.
—No la trates así, Kian —dijo Axel con la voz áspera, deteniéndose a dos pasos de mí y dejándose caer contra el borde del marco de la puerta como si le costara mantenerse en pie—. Aurora no tiene la culpa de esta mierda. Yo soy el responsable, yo iba en ese vehículo.
Me acerqué a Axel, sujetándolo por ambos hombros.
—Dime qué viste —le exigi con la voz rasgada, casi suplica en mis pupilas—. Axel, por el amor de Dios... dime exactamente qué pasó en ese túnel antes de que te dejaran inconsciente.
—Eran profesionales, Kian —dijo, soltando un jadeo de dolor y llevándose la mano a las costillas vendadas—. Sabían exactamente por dónde íbamos a pasar. Desconectaron los repetidores de señal del túnel dos minutos antes de que entráramos, tenían armas... el blindaje no aguanto tres embestidas consecutivas.
—El chofer está muerto —musité—. Lo ejecutaron a quemarropa.
—Lo sé. Intenté sacar mi arma, Kian... te juro por la memoria de mi padre que intenté cubrirla. Me arrastraron fuera del coche, luché contra tres de ellos, pero uno me golpeó la cabeza con la culata del rifle y me pateó las costillas hasta que perdí el conocimiento. Lo último que escuché fue a Nyssa gritando tu nombre... gritando por el bebé...
Nyssa seguía necesitando sus medicamentos, seguía necesitando hidratarse. Seguía teniendo días malos si se descuidaba, había ocasiones en las que una mañana aparentemente buena terminaba con ella doblada sobre el lavabo, incapaz de retener siquiera un sorbo de agua.
Y ahora estaba en manos de alguien.
Sin su medicación, sin mí. Sin saber dónde estaba, sin sus parches, su cuerpo empezaría a colapsar en cuestión de horas. Y nuestro hijo... nuestro hijo estaba atrapado en medio de esa tortura.
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Editado: 14.09.2026