NYSSA MORELLI
Lo primero que sentí fue frío.
No el frío ligero de una habitación con el aire acondicionado demasiado alto ni el escalofrío que recorría mi cuerpo cuando Kian dejaba abierta alguna ventana durante la noche. Era un frío húmedo, que parecía avanzar lentamente por mis brazos, por mis piernas, por mi espalda, como si el suelo sobre el que estaba acostada hubiera absorbido todo el calor de mi cuerpo y ahora se negara a devolvérmelo.
Miré el lugar, las paredes estaban hechas de concreto gris, sin cuadros, sin ventanas, sin una sola decoración que pudiera decirme dónde estaba. Una bombilla amarillenta colgaba del techo, protegida por una rejilla metálica, y emitía una luz débil que apenas alcanzaba a iluminar las esquinas. Había humedad en algunas partes de las paredes y pequeñas manchas oscuras se extendían cerca del suelo.
Intenté mover los dedos de la mano derecha, pero no me respondieron. Entonces, el dolor en el vientre me fue un tirón seco, en la parte baja del abdomen que me arrancó un gemido entre los labios pegados.
El instinto no tardó ni un milisegundo en reaccionar: intenté llevarme la mano al vientre, protegerla, sostenerla, asegurarme de que mi bebé seguía ahí, de que su corazón latiendo no se había detenido. Pero mi mano no subió.
Algo metálico, frío y rígido le frenó el movimiento a la altura de la muñeca. Unas esposas.
El pánico detonó en mi sangre, barriendo los restos de la anestesia.
La vista se me nubló en un mareo, las náuseas, subieron en una ola de bilis amarga que me obligó a ladear la cabeza y toser descontroladamente sobre el piso. El sabor a metal y químico impregnó mi lengua. Convulsioné contra el suelo, con el estómago contrayéndose en vano, devolviendo solo un hilo de jugo gástrico que me quemó la garganta.
—Tranquila... respira... por favor, Dios mío, haz que respire... —supliqué en un susurro inaudible, apoyando la mejilla contra la superficie donde estaba tirada.
Lentamente, mientras el techo dejaba de dar vueltas desbocadas sobre mi cabeza, obligué a mis pupilas a enfocarse. La luz era casi inexistente, estaba en lo que parecía un subterráneo. Un sótano sepulcral, sin ventanas, sin corriente de aire fresco, donde el olor a moho, tuberías viejas y humedad acumulada durante años se volvía sofocante.
Me arrastré unos centímetros sobre el codo izquierdo, soltando un ahogado sollozo de dolor cuando el hormigón raspó la piel sensible de mis piernas. La estancia era claustrofóbica, pequeña, no había cama, no había una silla, ni una sola manta para cubrirme del aire gélido que me hacía tiritar. A unos metros de mí, en una esquina oscura, sobresalía un sanitario de loza blanca manchado de sarro y un lavamanos diminuto del que goteaba un hilo de agua de manera ininterrumpida.
Ploc. Ploc. Ploc.
Cada gota al caer sonaba como un martillazo contra mi cráneo.
Me senté con torpeza, apoyando la espalda contra la pared de piedra helada. Si me dejaba llevar por la histeria, mi presión arterial se dispararía, y con la hiperémesis y la falta de medicación, no podía arriesgarme.
Llevé con extrema lentitud mi mano izquierda, la única que no estaba encadenada a la tubería del suelo, hacia mi vientre, sentí el bulto de la pequeña elevación de cinco meses.
—Aquí estoy... mi amor, aquí está mamá. Quédate conmigo, por favor... aguanta... no me dejes sola aquí... Kian va a venir... tu papá nos va a encontrar...
Pero el recuerdo del ataque volvió de golpe, un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Llevaba horas sin hidratarme. La boca la tenía seca, la lengua hinchada y la cabeza me palpitaba a un ritmo enloquecedor.
—Por favor... —rogué, apretando la frente contra mis rodillas dobladas, abrazando mi vientre con todas las fuerzas que me quedaban—. Kian... por favor, Kian... encuéntranos...
Quería que estuviera aquí.
Quería que apareciera por esa puerta y me dijera que todo estaba bien, que había sido un error, que estaba a salvo. Quería escuchar su voz diciéndome que no debía preocuparme, que él había venido por mí, que iba a sacarme de allí.
Quería sus brazos.
Dios, necesitaba sus brazos.
Un chirrido metálico retumbó en la parte superior de la estancia, cortando el eco de mis sollozos.
A varios metros por encima del suelo, al final de un tramo de escaleras de hierro oxidado que no había visto en la penumbra, una puerta de acero se abrió pesadamente.
Me pegué lo más que pude contra la pared de piedra, envolviendo instintivamente mi vientre con el brazo izquierdo y usando el derecho para intentar cubrirme, a pesar de que la cadena de la esposa me limitaba el movimiento.
Dos hombres terminaron de bajar la escalera y se internaron en la penumbra de la celda.
Llevaban ropa oscura, uno de ellos, alto, de espaldas anchas y mandíbula marcada, traía una linterna de mano encendida cuya luz me encandiló directamente a los ojos. Tuve que desviarla mirada, parpadeando con dolor. El otro hombre, más bajo y con una cicatriz fina que le cruzaba el labio superior, traía una carpeta de plástico bajo el brazo.
—Vaya —dijo el más alto, bajando ligeramente el haz de la linterna para enfocarme el rostro—. Mira nada más quién regresó al mundo de los vivos.
—Qué bueno que despertó. El jefe ya estaba preocupado de que se les hubiera ido la mano con el sedante. Si esta mujer se nos muere antes de tiempo, nos corta los huevos a todos.
El corazón me dio un vuelco violento dentro del pecho. Me pegué más a la piedra helada, sintiendo que los temblores de mi cuerpo eran imposibles de disimular.
—¿Q-Quiénes son ustedes? ¿Qué... qué es lo que quieren? ¿Por qué me tienen aquí?
Ninguno de los dos hombres pareció escucharme. Ni siquiera me miraron a los ojos cuando hablé.
—Dile a los muchachos de arriba que apaguen el generador secundario —dijo el de la cicatriz, consultando un reloj en su muñeca—. Necesitamos ahorrar combustible por si la guardia real empieza a rastrear la red eléctrica del sector.
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Editado: 14.09.2026