NYSSA MORELLI
Había pasado un día.
O eso creía.
Había intentado dormir varias veces, pero cada vez que cerraba los ojos aparecía la misma imagen: Kian entrando por aquella puerta, encontrándome, arrodillándose frente a mí y diciéndome que todo había terminado.
Me aferraba tanto a esa fantasía que por unos segundos conseguía sentir su mano sobre mi mejilla, escuchar su voz y recordar el olor de su camisa cuando me abrazaba, hasta que una arcada me devolvía a la realidad y comprendía que seguía sola.
Mi cuerpo necesitaba algo que no podía darle y mi bebé estaba dependiendo de que yo consiguiera mantenerme en pie. Deslicé lentamente una mano hasta mi vientre y acaricié la curva.
—Aguanta conmigo, cariño. Solo un poquito más.
Sentí un movimiento suave y eso me llenó de alegría.
—Ahí estás... Sabía que estabas ahí.
Mi cuerpo se tensó de inmediato.
La puerta se abrió y entraron los dos hombres, ninguno parecía tener prisa. Eso fue lo que más miedo me dio. La tranquilidad con la que caminaban hacia mí resultaba mucho más aterradora que cualquier grito.
—¿Dónde está Axel? —pregunté.
—No necesitas saberlo. No hemos venido a conversar.
Uno sostenía un cubo de plástico negro lleno de agua con un montón de hielos y el otro, el de la cicatriz, llevaba una pequeña batería portátil de voltaje regulable con dos pinzas de cocodrilo colgando del cable.
—El jefe dice que tu metabolismo está demasiado lento —dijo el de la cicatriz, dejando la batería en el suelo con un golpe sordo—. Dice que a este paso vas a tardar doce horas más en entrar en crisis, y no tenemos tanto tiempo.
—No... por favor... —supliqué—. Ya no tengo fuerzas... no me hagan nada...
—No te preocupes, pequeña, no te vamos a disparar —sonrió el más alto, agarrando el cubo—. Axel fue muy claro, solo hay que acelerar el estrés biológico. Pero cuando Kian llegue, no quiere que ese niño siga con vida.
Sin darme tiempo a reaccionar, me agarró del cabello con fuerza, jalándome la cabeza hacia atrás, y el otro me vació el cubo de agua helada directamente sobre la cara y el pecho.
El impacto del agua congelada contra mi piel febril me cortó el aire de golpe. Inhalé por la boca en un espasmo involuntario, tragando agua, ahogándome, mientras el frío extremo congelaba mi vestido delgado contra mi vientre.
—¡Agh! ¡No! —grité, ahogada, escupiendo el agua mientras tiritaba de una forma incontrolable, violentísima.
—Eso es. Que baje la temperatura corporal —dijo el alto, soltándome el pelo.
El golpe seco de mi cara contra el suelo húmedo me dejó sin aliento, pero el frío del hielo inundando mi vestido congeló instantáneamente mis articulaciones. Tiritaba con tanta violencia que mis dientes chocaban entre sí.
—Por favor... —conseguí balbucear, ahogándome con la mezcla de agua helada y bilis que me llenaba la boca—. Mi bebé... por favor, no le hagan esto a mi bebé...
El hombre de la cicatriz ni se inmutó.
—Si tú enfermedad del embarazo no lo liquida rápido, lo hacemos nosotros por la vía corta.
—¡Es solo un bebé! ¡Es un ser inocente, por Dios!
—¡Cierra la boca! —gruñó el alto, pegando su cara a la mía. Tenía un aliento pesado a tabaco y café—. ¿Te crees muy importante porque llevas sangre real en el vientre? Para nosotros solo eres el boleto de retiro que nos prometió.
Me soltó de golpe y el mareo me hizo ver destellos negros.
El alto me sujetó la pierna izquierda con fuerza. Intenté patalear, sacar fuerzas de donde ya no tenía, pero mi cuerpo deshidratado y agotado no era rival.
—A ver si con esto te dejas de mover, princesita.
Caí de lado, jadeando, abrazando instintivamente mi vientre con el brazo que me quedaba libre, intentando hacer de escudo humano entre los mercenarios y la vida de mi hijo.
Me arrastraron hasta la pared del fondo y me empujaron contra ella. Sentí un movimiento dentro de mí, un aleteo asustado, y lloré de alivio y de terror al mismo tiempo.
Intenté patalear, pero el de la cicatriz me sujetó las tobillos mientras el otro me ataba las muñecas con unas tiras de tela gruesa que habían traído.
Cuando terminaron, quedé completamente inmovilizada. Los brazos por encima de la cabeza, las piernas separadas y sujetas.
—No lo toquen —supliqué—. Por favor… es un bebé… no ha hecho nada…
—Exacto, no ha hecho nada. Y no va a hacer nada nunca. Esta habitación está insonorizada. ¿Sabías que la usaban para torturar a los delincuentes hace más de doscientos años?
Me miraron los dos un momento, evaluándome. Yo apenas podía mantener los ojos abiertos y dentro de mí, ese pequeño movimiento que se negaba a detenerse.
—El frío cala rápido. Aceleremos el shock —murmuró el hombre de la cicatriz mientras se agachaba junto a la batería y tomaba las pinzas metálicas.
No, no, no.
El frío me helaba los huesos, obligando a mi organismo a luchar desesperadamente por mantener la temperatura. Apenas podía articular palabra mientras los temblores sacudían mi cuerpo.
—Mi bebé... por favor... —balbuceé, luchando por tomar aire—. Por favor, tiene cinco meses. Ni siquiera entiende lo que está pasando. No sabe quién es Kian, no sabe quién es Axel, no sabe nada de sus malditas coronas ni de sus familias. Es solamente un bebé.
—El cuerpo empieza a priorizar la supervivencia de la madre. El útero es lo primero que se sacrifica, niña —murmuró, levantando una de las pinzas de cocodrilo hacia mi piel húmeda.
—Basta... paren, se los ruego... —supliqué, con la vista nublada.
El de la cicatriz estaba a punto de enganchar el cable cuando un teléfono vibró con fuerza en su bolsillo. Se detuvo, sacó el aparato y contestó de inmediato.
—Habla.
Escuchó en silencio durante tres segundos. Su rostro, frío e inexpresivo, se endureció un poco más.
—Entendido. Ya está hecho el primer paso.
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Editado: 14.09.2026