KIAN HARRINGTON
El silencio en nuestra habitación era sofocante.
La cama todavía tenía las sábanas revueltas del último día que dormimos juntos. Su bata seguía colgada en el respaldo de la silla, el frasco de sus pastillas para las náuseas estaba sobre la mesita, a medio usar. El aire olía a ella. A su perfume suave, a la crema que se ponía en las manos, a esa mezcla de hogar que ahora se sentía como una bofetada.
Permanecía inmóvil junto a la enorme ventana que daba a los jardines traseros del palacio. Tenía los nudillos blancos por la fuerza con la que apretaba el teléfono contra mi oreja. Llevaba la camisa desabotonada en el cuello, las mangas arremangadas de forma descuidada y los ojos me ardían, cruzados por hilos de sangre por culpa del insomnio y la furia.
—Dime que tienes algo, Axel.
—He vuelto a revisar los registros, Kian. Mis hombres peinaron la ruta hacia el valle y no hay rastro de vehículos sospechosos. Nada.
—No se pudo haber evaporado, carajo —mascullé, apretando la mandíbula hasta que los músculos de la cara me dolieron—. Nyssa no estaba bien, necesita su medicación. Se agota rápido, Axel... y está embarazada. No puede estar en la calle, no puede...
—Lo sé, hermano. Créeme que lo sé. Por eso mismo tenemos que ser realistas. Si nadie ha pedido un rescate aún, si no han dejado una nota ni han contactado al Consejo, esto no es una jugada política interna. Es un secuestro por dinero. Alguien vio la oportunidad, aprovechó la brecha de seguridad mientras tú estabas en la reunión y se la llevó.
—Si es por dinero, ya habrían llamado. Exigirían millones, pedirían garantías... ¡algo!
—Dales tiempo —respondió con una calma exasperante—. Esa gente sabe a quién tiene. Saben que tú moverías cielo y tierra y que el Consejo pagaría cualquier suma con tal de no desestabilizar la familia. Estarán esperando a que la presión te quiebre del todo para pedir una cifra astronómica. Déjame el sector este a mí. Mantendré a mis hombres vigilando las propiedades en la frontera. Tú quédate en el palacio por si entabla contacto el intermediario.
—Si le pasa algo a ella... si le pasa algo al bebé... te juro que voy a quemar este territorio hasta los cimientos.
—Lo haremos. Mantén la calma, Kian. No cometas una estupidez.
La llamada se cortó.
Bajé el brazo lentamente. Me quedé mirando la pantalla oscura del teléfono antes de tirarlo con violencia sobre la cama deshecha. El aparato rebotó contra los cojines sin hacer ruido, me llevé ambas manos a la cabeza, enterrando los dedos en mi cabello oscuro. Me dejé caer en el borde de la cama, apoyando los codos sobre las rodillas y mirando fijamente el suelo de madera.
Habían pasado dos días, sin saber si mi esposa respiraba, si tenía frío, si estaba sufriendo. Cada hora que transcurría era una tortura psicológica que me estaba mutilando por dentro.
Visualizaba su rostro pálido, sus ojos oscuros llenos de pánico, su mano pequeña buscando la mía en medio de la penumbra. Y lo peor de todo era esta puta impotencia.
Un golpe suave y vacilante en la puerta de madera rompió el penoso silencio.
—Dije que no quiero ver a nadie —gruñí.
La puerta se abrió despacio de todos modos, Aurora entró a la estancia con pasos cortos y temblorosos. Llevaba una pequeña bandeja de plata entre las manos, sobre la que descansaba una taza de té humeante. Aurora era la única persona en todo el complejo que podía atreverse a romper una orden directa mía sin temer una respuesta violenta, habíamos crecido juntos, compartiendo tutores, entrenamientos y secretos desde que éramos niños.
Sin embargo, en ese momento, Aurora no lucía como la mujer firme y resuelta de siempre. Tenía los hombros caídos, la piel inusualmente pálida y los ojos fijos en la bandeja, como si temiera mirarme a la cara.
—Solo te traje esto —dijo con voz diminuta, cerrando la puerta con el talón—. No has probado bocado desde ayer, Kian. Si te colapsas, no vas a poder buscarla.
—No quiero nada, Aurora —respondí sin cambiar de posición, mirando el piso con una fijación enfermiza.
Caminó lentamente hacia la mesa de noche y dejó la bandeja. El tintineo de la porcelana contra la madera resonó demasiado fuerte. Se quedó de pie a un lado de la cama, observándome.
—¿Hablaste con Axel?
—Sí. Dice lo mismo de siempre. Que no hay rastro en las fronteras, probablemente sea un grupo de mercenarios buscando un rescate económico. Que me quede aquí y espere. Y yo… yo estoy aquí, en esta habitación que todavía huele a ella, sintiendo que se me está pudriendo el pecho por dentro.
Afuera el cielo estaba gris, como si el mundo entero estuviera de luto conmigo.
—Estoy furioso. Furioso y… vacío. Las dos cosas al mismo tiempo. Quiero romper algo, quiero salir a la calle y empezar a derribar puertas hasta encontrarla.
Aurora no respondió de inmediato. Se mordió el labio inferior, apartando la mirada hacia la ventana.
—¿Y tú le crees? —murmuró.
Fruncí el ceño y levanté la cabeza despacio, fijando mis ojos rojos y cansados en mi amiga.
—¿Qué dijiste?
—Nada... solo que... es extraño, ¿no crees?
La analicé detenidamente. Conocía a Aurora desde hacía más de quince años. Sabía cómo respiraba cuando estaba tranquila, cómo caminaba cuando estaba enfadada y, sobre todo, cómo actuaba cuando guardaba algo que la devoraba por dentro. En ese instante, parecía a punto de romper a llorar o de salir corriendo.
—¿Puedo… decirte algo? Aunque suene loco, aunque quizás no signifique nada.
—Cualquier cosa. Absolutamente cualquier cosa que pueda servir para encontrarla. No me importa lo loca que suene, habla.
—Estoy preocupada por ti, Kian. Por Nyssa. Por todo este desastre.
—No, no es solo eso —di un paso hacia ella, cerrando la distancia—. Conozco esa cara. Sé cuándo me estás ocultando algo. Si sabes algo de Nyssa, si viste algo, habla ahora mismo.
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Editado: 14.09.2026