La noche que todo cambió
El cemento de la azotea estaba frío. Ángel no le importó.
Abajo, la ciudad ruidosa seguía su ritmo. Arriba, solo él y las estrellas. Siempre ellas.
Dieciséis años. Notas reprobadas. Una madre que llegaba a casa cuando él ya dormía. Un padre cuyo número ya no contestaba. En la secundaria, nadie pronunciaba su nombre a menos que fuera para regañarlo.
Pero allí, bajo el cielo, respiraba.
Miró hacia arriba, hacia aquellos puntos de luz que nunca le exigían nada. Y sin saber que el universo escuchaba, susurró:
—A veces desearía que alguien como ustedes existiera de verdad. Solo para saber que no todo aquí abajo es tan pesado.
Una estrella fugaz cruzó el firmamento.
Ángel sonrió con tristeza y bajó las escaleras.
No vio cómo, en lo alto, una estrella titiló con fuerza.
No sintió cómo su luz comenzó a viajar hacia la Tierra.
No sabía que, en unos días, una chica de ojos dorados entraría a su salón de clases…
y cambiaría para siempre el significado de la palabra luz.