Bajo las Estrellas

CAPÍTULO 1

Lunes gris

El despertador sonó a las 6:15 a.m.
Ángel no lo apagó. Lo dejó vibrar sobre la mesita de noche hasta que el silencio volvió a llenar la habitación como un líquido espeso. Solo entonces abrió los ojos.

El techo blanco, las grietas finas que formaban mapas de países que nunca visitaría, la mancha de humedad en la esquina que parecía una constelación torcida. Todo igual que ayer. Todo igual que siempre.

Se incorporó despacio, como si cada movimiento le costara más energía de la que tenía. El frío del piso le mordió los pies al bajar de la cama. En el pasillo, el aroma a café instantáneo y a prisa le indicó que su madre ya se había ido. Sobre la mesa de la cocina, una nota escrita con letra apurada:

"Hay pan tostado. Leche en el refri. Te quiero. —Mamá"

Ángel calentó el pan en el microondas. Comió de pie, mirando por la ventana. El cielo aún tenía un tono azul pálido, como si también le costara despertar. Terminó en tres bocados, lavó el plato y lo dejó secar al aire. Nadie lo vería sucio después.

El camino a la secundaria era siempre el mismo: tres cuadras caminando junto a la avenida principal, cruzando entre autos que no frenaban por nadie, esquivando charcos de la lluvia de la noche anterior. Ángel caminaba con los hombros ligeramente encorvados, como si llevara una mochila más pesada de lo que aparentaba.

A su alrededor, el mundo despertaba con prisa. Chicas riendo en grupos de tres, chicos lanzando sus mochilas al hombro como si fueran capas de superhéroe, parejas tomadas de la mano que compartían audífonos y secretos. Ángel pasaba entre ellos como un fantasma. Nadie lo miraba dos veces. Nadie lo saludaba.

No era que fuera feo o extraño. Era… invisible. Como esos objetos que están tanto tiempo en el mismo lugar que los ojos dejan de registrarlos. Una silla en la esquina. Un cuadro desvaído. Un chico de dieciséis años con camiseta negra y mirada perdida.

Al entrar al plantel, el bullicio lo envolvió como una ola. Lockers que se abrían y cerraban con estruendo, voces que se superponían, el olor a desinfectante barato y a sudor adolescente. Ángel caminó hacia su salón con la cabeza baja, contando los pasos: cuarenta y siete hasta la puerta del 3-B.

—¡Morales! —gritó el profesor Rojas desde el umbral—. Otra vez llegando al límite. Un minuto más y te anoto tardanza.

Ángel murmuró un "perdón" que ni él mismo escuchó y se deslizó hasta su pupitre, el segundo desde atrás, junto a la ventana. Su lugar. Su refugio dentro del refugio.

Abrió el cuaderno de matemáticas. Las páginas estaban llenas de números, símbolos, ecuaciones que parecían jeroglíficos de una civilización que nunca entendería. En los márgenes, sin embargo, había algo distinto: constelaciones dibujadas con tinta azul. Orión con su cinturón perfecto. La Osa Mayor como una cazuela torcida. Cassiopeia en su trono de cinco estrellas.

—¿Otra vez dibujando en vez de estudiar? —susurró Sofía, que se sentaba frente a él.

Ángel no respondió. Solo cerró el cuaderno con suavidad, como si protegiera algo frágil.

Sofía suspiró. Era la única que aún intentaba. La única que recordaba que, hace dos años, Ángel reía más fuerte, levantaba la mano en clase y escribía poemas que leía en voz alta en el taller literario. La única que había visto cómo su padre se fue de casa y cómo, poco a poco, la luz en los ojos de Ángel se fue apagando.

—Hoy es examen de álgebra —dijo ella, girándose apenas—. ¿Estudiaste?

Ángel negó con la cabeza. Ni siquiera había abierto el libro en toda la semana.

El profesor repartió los exámenes. Hojas blancas que aterrizaban sobre los pupitres como sentencias. Ángel tomó la suya y sintió el peso familiar de la derrota antes de leer siquiera la primera pregunta.

X² + 5x – 6 = 0. Encuentra el valor de x.

Miró los números. Parpadeó. Volvió a mirar. Las cifras bailaban frente a sus ojos sin formar sentido. Su mente estaba en otro lugar: en la azotea de su edificio, en el frío del cemento bajo su espalda, en el silencio que solo rompían las estrellas.

Dibujó una estrella pequeña junto al margen del examen. Luego otra. Y otra. Hasta que formaron la Cruz del Sur, aunque sabía que desde su ciudad nunca podría verla completa.

Entregó el examen en blanco salvo por las estrellas.

El recreo llegó como un alivio y una tortura a la vez. Alivio porque escapaba de las cuatro paredes del salón. Tortura porque significaba enfrentar la soledad en público.

Mientras los demás se agrupaban en el patio principal —compartiendo papas fritas, chismes, risas—, Ángel caminó hacia las escaleras traseras del edificio, esas que daban al estacionamiento de bicicletas y que nadie usaba a menos que quisiera estar solo.

Se sentó en el tercer escalón, sacó su teléfono y abrió la cámara. No para tomarse una selfie —nunca lo hacía— sino para enfocar el cielo entre los cables de electricidad. Aún era de día, pero a veces, si entrecerraba los ojos, imaginaba que veía las estrellas más brillantes. Sirio. Vega. Arturo.

—¿Otra vez aquí?

Sofía apareció con dos envoltorios de papel aluminio en la mano. Se sentó a su lado sin pedir permiso.

—Torta de jamón. La señora de la cafetería me dio dos por el precio de una. Dice que hoy tenía hambre de hacer un milagro.

Ángel no sonrió, pero tomó la torta. Comió en silencio mientras ella hablaba de cosas sin importancia: el nuevo profesor de arte, el rumor de que cancelarían el baile de fin de año, la serie que estaba viendo en streaming.

Él asentía de vez en cuando. No escuchaba realmente. Pero agradecía el esfuerzo.

—Ángel —dijo Sofía de pronto, dejando de hablar de golpe—. ¿Qué pasó anoche?

Él se tensó.

—Nada.

—Mentira. Tus ojos están más oscuros. Como cuando tu papá… —se cortó, mordiéndose el labio—. Como cuando pasó lo de tu papá.

Ángel terminó la torta y envolvió el papel con cuidado, como si cada gesto tuviera que ser perfecto para no romperse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.