Casa vacía
El edificio donde vivía Ángel tenía cinco pisos, paredes desconchadas y un ascensor que llevaba tres meses en reparación. "Pronto", decía el letrero amarillo pegado con cinta adhesiva. "Pronto" era una palabra que en ese edificio significaba "nunca".
Subió las escaleras despacio, contando cada peldaño como si fueran los latidos de un corazón que ya no sabía si era el suyo o el del edificio mismo. Uno. Dos. Tres. El olor a humedad y a cloro barato lo acompañó hasta el quinto piso. Cuatro. Cinco. Seis. En el rellano del tercer piso, una vecina regaba sus geranios y le sonrió con los ojos, no con la boca. Ángel asintió sin detenerse. Siete. Ocho. Nueve.
Al llegar al quinto, sacó la llave del bolsillo. La metió en la cerradura con el movimiento automático de quien ha repetido ese gesto miles de veces. La puerta chirrió al abrirse, como siempre. Como si también ella estuviera cansada.
El departamento olía a silencio.
No era un silencio vacío, sino uno denso, espeso, como el humo después de que se apaga el fuego. Olía a café frío de la mañana, a ropa tendida dentro por la lluvia de la noche anterior, a ese aroma dulzón de los ambientadores de pino que su madre compraba en el supermercado porque eran los más baratos.
—¿Mamá? —preguntó Ángel, aunque ya sabía la respuesta.
El silencio no respondió.
Dejó la mochila junto a la puerta, exactamente en el mismo lugar donde la había dejado ayer, y ayer, y el día anterior. Caminó por el pasillo estrecho hacia la cocina. Sobre el refrigerador, una nota escrita con marcador rojo:
"Doble turno hoy. No volveré hasta después de las once. Hay frijoles en el refri y tortillas en la bolsa. Caliéntalos 40 segundos. NO MÁS. Te quiero. —Mamá"
Debajo, un corazón dibujado con prisa. Las líneas temblorosas delataban la mano cansada que lo había trazado.
Ángel abrió el refrigerador. Los frijoles en un tupperware transparente. Las tortillas en una bolsa de plástico con el panadero aún visible. Una botella de agua a medio terminar. Un yogurt caducado que nadie había tirado. La nevera de una casa donde la vida pasaba de visita, no de residente.
Calentó los frijoles exactamente cuarenta segundos. Sacó dos tortillas, las dobló con cuidado y las puso en un plato de loza blanca con una rosa descolorida en el centro. Se sentó a la mesa redonda que en teoría cabía para cuatro personas, pero que hacía años solo albergaba a uno.
Comió en silencio.
El televisor estaba encendido en la sala contigua, pero sin volumen. Imágenes mudas de un noticiero: gente corriendo, políticos serios, gráficos de colores chillones. Ángel miraba de reojo mientras masticaba. A veces imaginaba qué dirían los labios de los presentadores. "Hoy el mundo sigue girando", fingía que decían. "Hoy nadie notó que un chico de dieciséis años se siente invisible". "Hoy las estrellas brillaron igual que ayer, sin importar cuántos corazones se rompieron bajo ellas".
Terminó la comida. Lavó el plato, el tenedor, la cuchara. Los dejó secar en el escurreplatos junto a otros tres platos idénticos que su madre había usado en sus turnos anteriores. Una pequeña torre de vidas paralelas que nunca se cruzaban.
El departamento tenía dos recámaras, un baño minúsculo y una sala-comedor-cocina que todo se fundía en un mismo espacio. La recámara de su madre estaba al fondo del pasillo, la puerta siempre cerrada cuando él llegaba de la escuela. La suya, la primera a la derecha, tenía la puerta entreabierta como la había dejado por la mañana.
Entró. La cama deshecha. El edredón gris arrugado hacia un lado. Sobre la mesa de noche, un libro de poesía prestado de la biblioteca escolar: "Veinte poemas de amor y una canción desesperada" de Neruda. Lo había leído tres veces. Las páginas donde más se detenía estaban marcadas con dobleces suaves en las esquinas.
Se dejó caer sobre la cama. El colchón emitió un suspiro de resortes cansados. Cerró los ojos y escuchó.
El edificio respiraba a su alrededor. El vecino del 502 veía la televisión con el volumen alto. Una pareja en el 504 discutía en susurros que se filtraban por las paredes delgadas. En la calle, un auto frenó con un chirrido agudo. Un niño gritó "¡mamá!" desde algún balcón lejano.
Tanto ruido. Tanta vida ajena.
Y dentro de esas cuatro paredes, solo él.
Abrió los ojos y miró el techo. Contó las grietas de nuevo. La grande que cruzaba de norte a sur como un río seco. La pequeña en forma de Y cerca del interruptor. La mancha de humedad en la esquina que, si entrecerraba los ojos, parecía la constelación de Lyra.
¿Cuántas veces había contado esas grietas? ¿Cuántas noches había pasado mirándolas hasta que el sueño lo vencía? No lo sabía. Solo sabía que eran más familiares para él que el rostro de su padre en los últimos años.
Su teléfono vibró sobre la mesa de noche. Una notificación de Sofía:
"¿Viste que el profe de mate puso ceros a todos los que no hicieron el examen? JAJA sufrimos juntos 😂 ¿Cómo estás?"
Ángel leyó el mensaje tres veces. Digitó "bien" y lo borró. Digitó "solo cansado" y lo borró también. Al final, solo respondió con un emoji de pulgar hacia arriba. 👍
Sofía respondió al instante: "Mañana churros. No faltes. O te los doy a Lucas."
Lucas era el chico que se sentaba dos filas adelante y que una vez había llamado a Ángel "el fantasma" porque decía que pasaba por los pasillos sin hacer ruido. Ángel nunca le había dicho nada. Solo había guardado ese apodo en algún rincón oscuro de su mente, donde acumulaba todas las cosas que le dolían pero no podía nombrar.
Volvió a dejar el teléfono boca abajo.
Eran las siete y veintitrés de la tarde cuando decidió subir a la azotea.
Primero, llenó un vaso con agua del grifo y lo dejó sobre la mesa para su madre. "Por si acaso tiene sed cuando llegue", pensó. Luego tomó su cuaderno de tapa azul —el que usaba solo para escribir cosas que nadie más leería— y salió del departamento.