Bajo las Estrellas

CAPÍTULO 4

La llamada del padre

El miércoles llegó con un sol tímido que se asomaba entre nubes dispersas. Ángel lo notó al abrir la ventana: rayos dorados que cortaban el gris como cuchillos de luz. Por un segundo, sintió algo parecido a la esperanza. Pero duró exactamente lo que tardó en ver el examen de historia doblado sobre su escritorio, el 4.2 aún visible en la esquina como una herida abierta.

Bajó a la calle sin prisa. El pan tostado de su madre seguía intacto sobre la mesa —esta vez acompañado de un plátano maduro y una nota nueva: "Come algo. Por favor. Te amo. —Mamá". Ángel tomó el plátano, lo peló con los dedos y lo comió de pie frente a la ventana. El dulzor le supo a ceniza.

En la secundaria, el día transcurrió en un limbo gris. Clases que pasaban como nubes sin forma. Voces de profesores que se convertían en zumbidos lejanos. Risas de compañeros que sonaban a otro idioma. Ángel flotaba entre paredes y pupitres como un fantasma que aún no sabe que está muerto.

Sofía intentó hablarle en el recreo. Le mostró un meme en su teléfono, le ofreció compartir sus papas fritas, le preguntó si quería ir al cine el fin de semana. Ángel respondió con monosílabos. "No". "Sí". "Quizás". Palabras vacías que no contenían intención ni emoción. Sofía lo miró con tristeza, pero no insistió. A veces el silencio era la única compañía que Ángel aceptaba.

Al salir de la última clase —literatura, su única materia donde aún levantaba la mano para responder—, el teléfono vibró en su bolsillo. Número desconocido. Lo ignoró. Volvió a vibrar. Y otra vez. Y otra.

Al cuarto intento, sacó el teléfono con fastidio. Deslizó para contestar sin decir nada. Solo el silencio al otro lado de la línea.

—¿Ángel? —preguntó una voz masculina, ronca, como si hubiera estado fumando o llorando. O ambas.

El estómago de Ángel se contrajo como un puño.

Era su padre.

No había escuchado esa voz en tres meses. Once semanas. Setenta y siete días. Lo sabía porque los había contado los primeros treinta, hasta que el dolor se volvió tan constante que dejar de contar fue la única forma de sobrevivir.

—¿Ángel? ¿Estás ahí? —repitió la voz.

—Sí —respondió él, la garganta seca.

Silencio. Solo el zumbido de la línea y el latido acelerado en sus sienes.

—¿Cómo… cómo has estado? —preguntó su padre al fin.

Ángel caminó hacia las escaleras traseras del plantel, lejos de los grupos de chicos que se despedían con abrazos y planes. Se sentó en el tercer escalón —su escalón— y apretó el teléfono contra su oreja como si temiera que la voz se desvaneciera.

—Bien —mintió.

—Tu mamá me dijo que… que las cosas en la escuela no van muy bien.

Ángel cerró los ojos. Claro. Su madre. Por supuesto que le había contado. No por traición, sino por desesperación. Una madre agotada que trabaja turnos dobles no puede luchar sola contra el silencio de su hijo. Necesita refuerzos. Aunque los refuerzos sean un hombre que eligió irse.

—¿Y tú cómo estás? —preguntó Ángel, porque el silencio era peor que las palabras.

—Trabajando mucho. Aquí en Guadalajara hay mucho movimiento en la construcción. A veces termino a las diez de la noche.

—Ah.

Nuevo silencio. Más largo. Más pesado.

—Oye… —dijo su padre, y Ángel sintió que venía lo peor—. Quería preguntarte si… si te gustaría que fuéramos a cenar este fin de semana. Yo podría tomar el autobús el sábado en la mañana, estaríamos aquí al mediodía, y…

—¿Vas a dormir aquí? —interrumpió Ángel, sin poder contener la pregunta.

El silencio al otro lado fue respuesta suficiente.

—Es que… el trabajo me espera el domingo temprano —dijo su padre, la voz cargada de excusas que ambos sabían falsas—. Pero podríamos ir al cine. O a ese restaurante de mariscos que tanto te gustaba cuando eras pequeño.

Ángel recordó ese restaurante. Mesa junto a la ventana. Su padre contándole historias de cuando era niño en el puerto. El olor a limón y ajo. Las manos de su padre, grandes y callosas, partiendo el pan para compartirlo. Tenía ocho años entonces. Antes de que las grietas aparecieran en el matrimonio de sus padres. Antes de que las discusiones nocturnas se filtraran por debajo de su puerta. Antes de que un día su padre dejara una maleta junto a la puerta y dijera "necesito tiempo".

Nunca volvió a vivir bajo el mismo techo.

—No sé —respondió Ángel, la voz quebrándose—. Tengo… tengo mucho que estudiar.

—Claro, claro —dijo su padre rápido, como aliviado de no tener que enfrentar una negativa directa—. Entiendo. La escuela es lo primero.

No, quiso gritar Ángel. Lo primero sería que estuvieras aquí. Lo primero sería que me llamaras más de una vez cada tres meses. Lo primero sería que no tuvieras que "entender" mi vida porque nunca has estado en ella.

Pero no dijo nada. Solo escuchó la respiración de su padre al otro lado de la línea, ese sonido que antes lo arrullaba por las noches y ahora le dolía como una cuchillada lenta.

—Oye —dijo su padre de pronto, cambiando el tono—. Vi tu poema en el periódico escolar. El de las estrellas.

Ángel contuvo el aliento.

—¿Lo leíste?

—Sí. Me gustó mucho. Escribes muy bonito, hijo.

Hijo. La palabra resonó en su pecho como un eco distante. Cuánto había extrañado escucharla de esa boca. Cuánto había soñado con que su padre le dijera esas palabras mientras le revolvía el cabello o le ponía una mano en el hombro.

—Gracias —susurró.

—De verdad —insistió su padre—. Me recordó a cuando te enseñaba a ver las constelaciones en el patio de atrás. ¿Te acuerdas? Te señalaba Orión y tú decías que parecía un gigante bailando.

Ángel cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas pugnaban por salir, pero las contuvo. No iba a llorar. No por él. No ahora.

—Me acuerdo —dijo, la voz apenas un hilo.

—Algún día… —comenzó su padre, y Ángel sintió que venía la promesa vacía, la que siempre llegaba al final de estas llamadas—. Algún día volveremos a hacerlo. Te lo prometo.




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