Bajo las Estrellas

CAPÍTULO 6

La nueva

El viernes amaneció distinto.

Ángel lo sintió antes de abrir los ojos: una calma extraña flotaba en el aire del departamento, como si el universo hubiera respirado hondo durante la noche y decidido perdonarlos a todos. Su madre ya no estaba en casa —el turno matutino la había arrastrado antes del amanecer— pero sobre la mesa había un desayuno completo: huevos revueltos, frijoles calientes, tortillas recién hechas y un vaso de jugo de naranja. Junto al plato, una nota escrita con letra más cuidadosa de lo habitual:

"Perdóname por ayer. Estaba cansada. Tú no eres invisible para mí. Nunca lo serás. Te amo. —Mamá"

Ángel leyó la nota tres veces. La dobló con cuidado y la guardó en el bolsillo de su pantalón, junto a la del día anterior. No eran excusas. Eran puentes. Y por primera vez en días, sintió que quizás… quizás podía cruzarlos.

Comió en silencio frente a la ventana. El sol bañaba la ciudad con una luz dorada que hacía brillar los vidrios de los edificios como espejos rotos. Terminó cada bocado. Lavó el plato. Dejó la nota de su madre sobre el alféizar, donde el sol pudiera besarla.

Al salir del edificio, notó algo más: el cielo. Estaba despejado, azul intenso, sin una sola nube. Y aunque era de día, Ángel tuvo la extraña sensación de que las estrellas seguían allí, esperando su turno, vigilando en silencio.

Fue un sueño, se dijo mientras caminaba hacia la secundaria. Todo lo de ayer… la colina, las lágrimas, esa sensación de que alguien me escuchó… fue solo un sueño.

Pero en el fondo, algo en su pecho latía diferente. Más ligero. Como si una grieta diminuta se hubiera abierto en la oscuridad que lo envolvía… y por ella estuviera entrando luz.

El bullicio de la secundaria lo recibió como siempre: lockers que se abrían y cerraban con estruendo, risas que rebotaban en los pasillos, el olor a desinfectante y sudor adolescente. Pero hoy, algo era distinto.

Hoy no caminó con los hombros caídos.

Hoy levantó la mirada al cruzar el umbral del salón 3-B. Hoy saludó con un gesto de cabeza a Carlos, el chico que vendía dulces en el recreo. Hoy sonrió —apenas un esbozo— cuando Sofía le lanzó un churro de canela desde su pupitre.

—¡Prometí churros y churros habrá! —exclamó ella, señalando el envoltorio de papel—. Aunque ayer casi me da un infarto cuando no llegaste a primera hora.

Ángel tomó el churro y lo mordió. La canela le explotó en la lengua como una promesa dulce.

—Perdón —dijo, y esta vez las palabras salieron con sinceridad—. Ayer… fue un mal día.

Sofía lo miró fijamente, los ojos entrecerrados como si intentara leer entre sus costillas.

—¿Hablaste con tu mamá?

—No. Pero… dejé una nota. Creo que hoy hablaremos.

Ella asintió, satisfecha. Abrió la boca para decir algo más, pero el profesor Valdez entró al salón con un maletín bajo el brazo y una expresión seria que silenció al grupo entero.

—Buenos días —dijo, colocando el maletín sobre el escritorio—. Antes de comenzar con la clase de hoy, tenemos una incorporación.

El murmullo recorrió el aula como una ola. Nuevos alumnos en marzo eran raros. Casi todos los rostros se volvieron hacia la puerta, expectantes.

Y entonces ella entró.

Ángel no supo describirlo después. No fueron sus rasgos —aunque eran hermosos— ni su ropa —sencilla, una blusa blanca y jeans azules— ni siquiera su postura —erguida pero sin arrogancia. Fue algo más profundo, más visceral: como si el aire del salón se hubiera vuelto más denso, más cálido, como si el tiempo mismo hubiera decidido respirar más despacio al verla pasar.

Piel clara como la luz de luna filtrada por una ventana cerrada. Cabello castaño con reflejos plateados que parecían contener destellos de algo cósmico. Ojos dorados —no café, no miel, sino dorados, como si hubieran atrapado la luz del amanecer y decidido guardarla para siempre.

Se detuvo frente al pizarrón y sonrió. Una sonrisa pequeña, tímida, que no llegó a sus ojos pero que iluminó el salón entero.

—Hola —dijo, y su voz era como el susurro del viento entre las hojas—. Me llamo Estela. Me acabo de mudar a la ciudad. Espero llevarme bien con todos.

El profesor Valdez asintió.

—Estela se incorpora a nuestro grupo con excelentes calificaciones. Confío en que la recibirán como corresponde. —Miró al salón, buscando un pupitre libre—. Veamos… ah, sí. Morales, junto a ti hay espacio.

Ángel sintió que el mundo se detenía.

Estela caminó hacia su pupitre con pasos suaves, casi flotando. Al acercarse, sus ojos dorados se encontraron con los de él. Y en ese instante —un instante que duró menos que un latido— Ángel sintió algo imposible: un calorcillo en el pecho, como si alguien hubiera encendido una pequeña lámpara dentro de su corazón.

Ella tomó asiento sin decir nada. Dejó su mochila sobre el pupitre con cuidado, como si cada movimiento tuviera que ser perfecto. Sacó un cuaderno de tapa azul —el mismo color que el mío, notó Ángel con asombro— y una pluma plateada que brilló bajo la luz fluorescente del salón.

—Hola —dijo ella de pronto, volteando hacia él.

Ángel parpadeó, sorprendido.

—Hola —respondió, la voz más ronca de lo que pretendía.

—¿Tú eres Ángel? —preguntó Estela, y sus labios formaron su nombre como si ya lo hubieran pronunciado antes en secreto.

—Sí. ¿Cómo…?

—El profesor dijo tu apellido cuando me indicó dónde sentarme —mintió ella, y Ángel supo que era una mentira porque sus ojos dorados no parpadearon. Miraron directo a los suyos, sin titubear, como si ya lo conocieran de otra vida.

—Ah —dijo él, sin saber qué más añadir.

Estela sonrió de nuevo. Esta vez, la sonrisa llegó a sus ojos.

—Me gusta tu nombre —dijo—. Ángel. Como los seres que cuidan a los perdidos.

Ángel sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Nadie —nadie en toda su vida— le había dicho algo así. Para todos, su nombre era solo un nombre. Para ella, parecía una promesa.




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