Bajo las Estrellas

CAPÍTULO 8

La primera ayuda

El martes llegó con el peso de un examen de matemáticas que Ángel no había estudiado.

Lo supo al entrar al salón: el profesor Rojas ya tenía los exámenes impresos sobre su escritorio, hojas blancas que parecían sudarios esperando cuerpos. Ángel sintió el estómago revolverse. Intentó repasar las fórmulas en su libreta durante los primeros minutos de clase, pero los números bailaban frente a sus ojos sin formar sentido. X² + 5x – 6 = 0. Letras y cifras que parecían jeroglíficos de una civilización que nunca entendería.

—¿Nervioso? —susurró Estela a su lado.

—No —mintió Ángel, cerrando la libreta con brusquedad.

Ella no insistió. Solo asintió suavemente y sacó su cuaderno de tapa azul. Mientras el profesor repartía los exámenes, Ángel notó que Estela no abría su libro de texto. No necesitaba hacerlo. Sus manos descansaban sobre el pupitre con una calma que rayaba en lo inhumano.

—Treinta minutos —anunció el profesor—. Sin calculadora. Sin hablar. Comiencen.

Ángel tomó el lápiz con manos temblorosas. Leyó la primera pregunta. Luego la segunda. Luego la tercera. Las respuestas no llegaban. Su mente estaba en blanco, como un cielo sin estrellas. Dibujó una pequeña estrella en el margen del examen. Luego otra. Y otra. Hasta que formaron la Osa Mayor —su constelación favorita cuando era niño.

—No vas a aprobar así —dijo Estela en un susurro apenas audible.

Ángel la miró con fastidio.

—No pedí tu opinión.

Ella no se ofendió. Solo sonrió con tristeza y volvió a su examen. Terminó en veinte minutos. Entregó la hoja al profesor y regresó a su asiento sin una sola mirada de triunfo. Mientras esperaba que el tiempo terminara, sacó un libro pequeño de su mochila —El Principito— y comenzó a leer.

Ángel sintió una punzada de enojo. No era justo. Ella llegaba de la nada, ocupaba su espacio, sabía cosas que nadie más sabía… y encima sacaba diez en matemáticas sin esfuerzo. ¿Quién se cree que es?, pensó con amargura.

Cuando sonó el timbre, entregó su examen en blanco salvo por las estrellas dibujadas en los márgenes.

—Reprobaste —dijo Estela esa tarde, mientras caminaban juntos hacia las escaleras traseras.

—¡Claro que reprobé! —explotó Ángel, más fuerte de lo que planeaba—. No estudié. No entendí nada. Y tú ahí, sentada como si las ecuaciones cuadráticas fueran poesía.

Estela lo miró sin inmutarse.

—Podría ayudarte.

—¿Ayudarme? —repitió Ángel con una risa seca—. ¿Para qué? ¿Para que todos piensen que soy tan inútil que necesito que una recién llegada me enseñe a sumar?

—No es sumar —respondió ella con calma—. Es entender. Hay diferencia.

—¡No quiero tu ayuda! —gritó, y las palabras salieron cargadas de todo el dolor que llevaba meses acumulando: el padre ausente, la madre agotada, los exámenes reprobados, la soledad que lo perseguía como una sombra—. ¡No quiero que nadie me ayude! ¡Menos tú, que apareciste de la nada como si… como si supieras quién soy sin siquiera conocerme!

Estela no retrocedió. No bajó la mirada. Solo lo observó con esos ojos dorados que parecían contener todo el firmamento.

—Tienes miedo —dijo al fin.

—¡No tengo miedo!

—Sí lo tienes —insistió ella, suave pero firme—. Miedo a que alguien te vea intentarlo y fallar. Miedo a que alguien te vea débil. Miedo a que, si aceptas ayuda, ya no podrás culpar al mundo por tus fracasos. Tendrás que enfrentar que quizás… solo quizás… puedes hacerlo mejor.

Ángel sintió que le habían arrancado la piel. Esas palabras dolieron porque eran verdad. Una verdad que él mismo no se atrevía a nombrar.

—Vete —murmuró, dándole la espalda—. No quiero hablar contigo.

Estela no se fue. Se sentó en el tercer escalón —su escalón— y abrió su cuaderno.

—Estaré aquí —dijo—. Cuando estés listo.

Ángel caminó lejos. Hasta el patio principal, donde los grupos de chicos jugaban fútbol y las chicas compartían audífonos y secretos. Se sentó en una banca vacía y sacó su teléfono. No tenía ganas de ver redes sociales. Solo quería que el tiempo pasara rápido. Que el día terminara. Que Estela desapareciera como había aparecido: sin explicación.

Pero cuando alzó la vista, la vio. Estaba sentada en las escaleras traseras, sola, leyendo su libro bajo el sol del atardecer. No parecía molesta. No parecía herida. Solo… presente. Como si supiera que él regresaría. Como si tuviera toda la paciencia del universo.

¿Por qué no se enoja?, pensó Ángel con frustración. ¿Por qué no me grita como todos los demás?

Porque, en el fondo, sabía la respuesta: Estela no estaba ahí para ganar una discusión. Estaba ahí para ganar su luz.

El miércoles, Ángel evitó sentarse junto a ella. Llegó tarde a propósito y ocupó el único pupitre libre al frente del salón. Estela no dijo nada. Solo asintió cuando él pasó a su lado, como si entendiera su resistencia sin juzgarla.

En el recreo, la buscó con la mirada. Estaba sentada en las escaleras traseras, pero esta vez no estaba sola. Sofía conversaba con ella, gesticulando con las manos mientras hablaban de algo que hacía reír a ambas. Ángel sintió una punzada extraña en el pecho —no era celos, era miedo. Miedo a que Estela encontrara a alguien más interesante. Alguien que no fuera tan difícil como él.

Se acercó sin saber por qué.

—Hola —dijo, deteniéndose a un metro de distancia.

Sofía lo miró con una sonrisa pícara.

—Miren quién decidió unirse al mundo de los vivos.

Estela cerró su libro y lo miró. Sin reproche. Sin expectativas. Solo con esa calma que parecía no pertenecer a este mundo.

—Hola, Ángel.

—¿De qué hablan? —preguntó, sentándose en el escalón de abajo sin invitarlo.

—De estrellas —respondió Sofía—. Estela sabe más de astronomía que el profesor de ciencias.

—No es astronomía —corrigió Estela suavemente—. Es… familiaridad.




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