Bajo las Estrellas

CAPITULO 10

La grieta en la máscara

El miércoles amaneció con un sol tenue que luchaba por atravesar una neblina gris. Ángel lo notó al abrir la ventana: el aire olía a humedad y a promesas incumplidas. Pero lo que realmente le heló la sangre fue la ausencia.

Estela no estaba en el salón cuando él llegó.

Su pupitre —su pupitre, el segundo desde atrás junto a la ventana— permanecía vacío. La silla perfectamente alineada. El cuaderno de tapa azul ausente. El espacio a su lado, frío y silencioso como una tumba recién cavada.

—¿Dónde está Estela? —preguntó a Sofía en cuanto la vio entrar.

—No lo sé —respondió ella, dejando caer la mochila sobre su mesa—. Nadie la ha visto desde ayer al mediodía. Ni siquiera el profesor Valdez sabe nada.

Ángel sintió un nudo en el estómago. No era preocupación normal. Era algo más profundo, más visceral: como si una cuerda invisible que los unía se hubiera aflojado de golpe.

La clase de literatura transcurrió en un limbo. El profesor hablaba de metáforas y símiles, pero las palabras rebotaban en los oídos de Ángel sin dejar huella. Su mirada volvía una y otra vez al pupitre vacío. ¿Está enferma? ¿Se mudó? ¿Se arrepintió de ayudarme? Cada pregunta era un puñal clavado en su pecho recién sanado.

Cuando sonó el timbre del recreo, corrió hacia la oficina de orientación.

—¿Sabe dónde está Estela? —preguntó al secretario, sin aliento.

—¿La alumna nueva? —El hombre revisó un registro—. Sí, su madre llamó ayer. Dijo que tenía fiebre alta. Le dio permiso para faltar hoy.

Ángel asintió, aliviado. Fiebre. Era lógico. Humano. Normal. Pero al regresar al salón, algo en su interior no terminaba de calmarse. Estela no parecía el tipo de persona que enfermaba. Ella era… diferente. Como si el frío y el calor no la tocaran igual que a los demás.

Al día siguiente, ella regresó.

Entró al salón cinco minutos después del inicio de la clase, con el cabello ligeramente despeinado y una palidez que contrastaba con su piel habitualmente luminosa. Llevaba la misma blusa blanca de siempre, pero hoy parecía colgar de sus hombros como si hubiera perdido peso en veinticuatro horas.

—Perdón por la tardanza —dijo al profesor, con una voz que sonaba más débil de lo habitual.

El profesor asintió y le indicó su lugar. Al pasar junto a Ángel, sus ojos dorados se encontraron con los de él. Y en ese instante, Ángel vio algo que lo dejó sin aliento: miedo. Un miedo antiguo, cósmico, que no pertenecía a una chica de dieciséis años.

—¿Estás bien? —susurró cuando ella se sentó.

—Sí —respondió Estela, pero sus dedos temblaban al abrir el cuaderno—. Solo cansada.

Durante la clase de matemáticas, Ángel la observó de reojo. Notó cómo apretaba los labios cada vez que el profesor escribía una fórmula en el pizarrón. Notó cómo su respiración se volvía superficial, como si el aire del salón no fuera suficiente. Notó cómo, al levantar la mano para responder una pregunta, su brazo tembló ligeramente antes de estabilizarse.

—Estela —dijo el profesor Rojas—. Resuelve este problema en el pizarrón.

Ella se levantó con movimientos lentos, casi ceremoniales. Caminó hacia el frente con la espalda recta, pero Ángel vio cómo sus hombros se tensaban con cada paso. Tomó la tiza. Escribió los primeros números. Y entonces…

Sucedió.

Por dos segundos —dos segundos que Ángel juraría después que duraron una eternidad— el cuerpo de Estela se volvió translúcido. No completamente invisible, pero sí… difuminado. Como si alguien hubiera bajado el brillo de su existencia. Las letras del pizarrón se veían a través de su brazo. El murmullo del salón se detuvo. Todos lo notaron. Todos excepto el profesor, que daba la espalda corrigiendo exámenes.

—¿Estela? —preguntó una compañera desde atrás, con voz temblorosa.

Ella parpadeó. Sacudió la cabeza. Y en un instante, volvió a ser sólida. Completa. Real.

—Perdón —dijo, con una sonrisa forzada—. Me mareé un poco.

Terminó el problema con manos temblorosas y regresó a su asiento. Ángel la miró fijamente. Ella evitó su mirada, clavando los ojos en el cuaderno como si las palabras pudieran salvarla.

El recreo llegó como un respiro forzado.

Ángel la siguió hasta las escaleras traseras. Estela caminaba más lento de lo habitual, apoyando una mano en la pared como si necesitara sostén.

—¿Qué fue eso? —preguntó Ángel cuando estuvieron solos.

—¿Qué cosa? —respondió ella sin voltear.

—Lo que pasó en clase. Te volviste… transparente.

Estela se detuvo. Se sentó en el tercer escalón —su escalón— y apoyó la frente en las rodillas. Sus hombros temblaban ligeramente.

—Ángel —dijo, la voz apenas un hilo—. A veces el cuerpo humano es… complicado para mí.

—¿Complicado? —repitió él, arrodillándose frente a ella—. Estela, no fue complicado. Fue imposible. Nadie se vuelve transparente por "complicaciones". ¿Estás enferma? ¿Tienes alguna condición?

Ella levantó la vista. Sus ojos dorados estaban húmedos, pero no de lágrimas. De algo más profundo: de una tristeza que parecía contener galaxias enteras.

—No es una enfermedad —susurró—. Es… el precio.

—¿El precio de qué?

—De estar aquí —respondió, y en esas palabras cabía todo un universo de sacrificio—. Cada día que paso en la Tierra me cuesta algo. Primero fue el calor. Luego la estabilidad. Ahora… ahora es la solidez.

Ángel sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.

—¿Qué estás diciendo?

Estela tomó su mano. Y en ese contacto, Ángel sintió algo diferente: no el calor dorado habitual, sino un frío helado que viajó por su brazo como una advertencia.

—No soy como tú, Ángel —dijo, y por primera vez no sonrió—. Vine de allá arriba. De donde nacen las estrellas. Y cada segundo que paso aquí… me aleja un poco más de casa.

—Estás delirando —murmuró Ángel, aunque su corazón latía con una certeza aterradora—. Es la fiebre. Necesitas descansar.




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