Bajo las Estrellas

CAPITULO 11

Tres noches seguidas

La primera noche, Ángel subió a la azotea con el corazón en la garganta.

Cada paso en las escaleras de cemento resonaba como un latido de advertencia. ¿Estará? ¿Habrá desaparecido ya? ¿Será esta la noche en que el universo decida llevársela? Las preguntas giraban en su mente como hojas secas arrastradas por el viento. Al empujar la puerta oxidada, el aire frío de la noche lo abrazó… y allí estaba ella.

Sentada en el borde de la azotea, las piernas colgando sobre el vacío, la espalda recta como un junco bajo la luna. Su cabello castaño con reflejos plateados ondeaba suavemente con la brisa nocturna. Al oírlo, giró el rostro. Sus ojos dorados brillaron con una luz que no venía de las farolas de la calle.

—Hola —dijo, como si lo esperara desde siempre.

Ángel se detuvo a tres pasos de distancia, el aliento contenido.

—¿Cómo sabías que vendría aquí?

Estela sonrió. Una sonrisa pequeña, íntima, que iluminó la oscuridad entre ellos.

—Las estrellas me dijeron dónde encontrarte —respondió, señalando el firmamento con la barbilla—. Dijeron que este es tu santuario. Tu lugar de verdad.

Ángel se acercó despacio, como quien se aproxima a un animal salvaje que podría huir. Se sentó a su lado, dejando un palmo de distancia entre sus hombros. El silencio que los envolvió no fue incómodo. Fue sagrado. Como si el universo entero contuviera el aliento para escucharlos.

—¿Duele? —preguntó al fin, sin mirarla.

—¿El qué?

—Ser… lo que eres. Estar aquí. Saber que cada día te cuesta algo.

Estela bajó la mirada hacia sus manos, entrelazadas sobre las rodillas. Por un instante, Ángel vio cómo sus dedos se volvían translúcidos antes de recuperar su forma.

—Duele —admitió—. Pero no como duele una herida. Duele como duele crecer. Como cuando una semilla se rompe para dar paso a la raíz. Es dolor con propósito.

—No quiero que sufras por mí.

—No es por ti —corrigió suavemente—. Es contigo. Hay diferencia. Elegí venir. Elegí cada segundo de esta fragilidad. Porque tú… tú mereces saber que brillas incluso cuando crees estar apagado.

Ángel sintió que las palabras se le atoraban en la garganta. Miró el cielo. Sirio titilaba con fuerza en el sur. Vega custodiaba el norte. Arturo ardía en tonos dorados.

—Solía escribir poemas —dijo de pronto, las palabras saliendo solas—. Antes de que mi padre se fuera. Los escribía en un cuaderno azul y los leía en el taller literario. Todos decían que tenía talento. Pero un día… dejé de hacerlo. Como si las palabras se hubieran ido con él.

Estela lo miró. Sus ojos dorados reflejaban el firmamento entero.

—¿Las palabras se fueron? —preguntó—. O tú dejaste de escucharlas.

Ángel no respondió. Pero esa noche, al bajar a su habitación, abrió el cajón de su escritorio y sacó el cuaderno azul cubierto de polvo. Lo abrió en una página en blanco. Y escribió una sola línea:

"Hoy una estrella me dijo que mi luz es mía."

La segunda noche, lloviznaba.

Gotas finas que caían del cielo como lágrimas cósmicas. Ángel dudó si subir. Quizás no esté. Quizás el agua la dañe. Pero sus pies lo llevaron escaleras arriba como si tuvieran voluntad propia.

Y allí estaba.

Sentada bajo un pequeño paraguas negro que sostenía con una mano, la otra apoyada en el cemento mojado. Al verlo, sonrió.

—Sabía que vendrías.

—Está lloviendo —dijo Ángel, como si fuera obvio.

—Las estrellas también lloran a veces —respondió ella—. Cuando ven cosas hermosas en la Tierra que no pueden guardar para sí mismas.

Se sentó a su lado, compartiendo el paraguas. El espacio entre ellos era mínimo. Sus hombros se rozaban con cada respiración. Ángel sacó el cuaderno azul de su mochila.

—Escribí algo —murmuró, la voz temblando—. No es bueno. Pero… quería que lo leyeras.

Estela asintió. Sus ojos dorados brillaron con una intensidad que iluminó la página.

Ángel leyó en voz baja, casi un susurro:

"Eres la estrella que eligió caer
no para morir,
sino para enseñarme
que hasta la luz más frágil
puede iluminar la oscuridad más profunda.
No me salvas.
Me recuerdas.
Y en ese recuerdo
renace mi propio brillo."

Cuando terminó, el silencio fue absoluto. Solo el sonido de la lluvia golpeando el paraguas y el latido acelerado de su corazón.

—Ángel —dijo Estela al fin, la voz quebrada—. Eso no es un poema. Eso es un milagro.

—¿Por qué?

—Porque —respondió, tomando su mano con cuidado— las palabras más verdaderas nacen cuando dejamos de tener miedo de ser vulnerables. Y tú… tú acabas de ser más valiente que nunca.

Ángel sintió el calor dorado viajar por su brazo. Pero esta vez, notó algo diferente: el calor era más débil. Más frágil. Como una vela a punto de apagarse.

—Estás desapareciendo —susurró, el terror aferrándose a su pecho.

—Solo un poco —admitió Estela, sin soltar su mano—. Pero mientras quede una chispa… seguiré aquí. Contigo.

Hablaron de poesía hasta que la lluvia cesó. Estela le contó que en el cosmos, las estrellas también "escriben": sus explosiones crean elementos que forman planetas, sus luces viajan millones de años para tocar ojos humanos, sus ciclos son versos escritos en el tiempo. "Cada supernova es un poema cósmico", dijo. "Cada nebulosa, una metáfora de nacimiento y renacimiento."

Cuando Ángel bajó esa noche, el cuaderno azul ya no estaba vacío. Tenía dos poemas. Y por primera vez en años, sintió que las palabras volvían a casa.

La tercera noche, la luna estaba llena.

Plateada, perfecta, colgando del cielo como un faro para almas perdidas. Ángel subió corriendo las escaleras, el cuaderno apretado contra el pecho. Al abrir la puerta de la azotea, el corazón se le detuvo.

Estela estaba de pie en el borde, de espaldas a él, los brazos extendidos como si abrazara el firmamento entero. Su silueta se recortaba contra la luna, translúcida en los bordes, como si el viento pudiera llevarla en cualquier momento.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.