Bajo las Estrellas

CAPITUL0 12

El primer destello

El jueves amaneció con el peso de una promesa no dicha.

Ángel despertó antes del alarma, la piedra lunar de Estela apretada contra su pecho bajo la camiseta. La había colocado en una cadena de hilo rojo que su abuela le regaló años atrás —"para protegerte de los malos sueños", le había dicho— y ahora colgaba justo sobre su corazón, fría al tacto pero cálida en el alma. Al levantarse, notó algo extraño: donde la piedra había descansado toda la noche, su piel mostraba tres pequeños puntos dorados, casi imperceptibles, como si la luz de Estela hubiera dejado una huella en su cuerpo.

No es posible, pensó, frotándose el pecho. Pero los puntos permanecieron.

En la cocina, su madre ya estaba desayunando. Sin uniforme. Sin ojeras profundas. Con una taza de café humeante entre las manos y una sonrisa genuina al verlo entrar.

—Buenos días, mi amor —dijo—. ¿Dormiste bien?

—Sí —respondió Ángel, y por primera vez en meses, fue verdad—. Soñé con estrellas.

Su madre lo miró fijamente. Sus ojos, antes nublados por el cansancio, ahora brillaban con una claridad que Ángel no veía desde antes de la partida de su padre.

—Tu padre me llamó anoche —dijo ella, bajando la voz—. Hablamos largo rato. Me dijo que quiere verte. De verdad. No solo por teléfono.

Ángel sintió que el mundo se detenía.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dije que cuando estés listo… él estará esperando —respondió su madre, tomando su mano—. Pero Ángel… esto no es por él. Es por ti. Porque mereces sanar. Y porque… —tragó saliva—. Porque veo algo en ti estos días. Una luz que no había visto en mucho tiempo.

Ángel bajó la mirada. Los tres puntos dorados en su pecho latían suavemente bajo la camiseta.

—Es por una chica —admitió.

—Lo imaginé —sonrió su madre—. Cuéntame de ella.

Y Ángel lo hizo. Le habló de Estela sin decir su nombre. Le contó cómo había llegado de la nada, cómo lo ayudaba con las matemáticas, cómo entendía sus silencios. No mencionó lo de las estrellas. No mencionó lo de la transparencia. Pero su madre, con esa intuición que solo tienen las madres, asintió como si entendiera más de lo que él decía.

—A veces —dijo al terminar— el universo manda ángeles disfrazados de personas comunes. Solo tenemos que estar dispuestos a verlos.

Ángel guardó esas palabras en el bolsillo del corazón. Ángeles disfrazados de personas comunes.

En la secundaria, Estela estaba más pálida que nunca.

Su piel, antes luminosa como la luz de luna, ahora parecía translúcida bajo la luz fluorescente del salón. Sus ojos dorados habían perdido parte de su brillo, como si la llama que los habitaba se estuviera apagando lentamente. Pero su sonrisa… su sonrisa seguía siendo la misma: pequeña, íntima, llena de promesas no dichas.

—Buenos días —dijo cuando Ángel se sentó a su lado.

—Buenos días —respondió él, y sin pensarlo, tomó su mano sobre el pupitre.

Estela contuvo el aliento. Sus dedos temblaron ligeramente bajo los de él.

—¿Estás bien? —preguntó Ángel, preocupado.

—Sí —susurró ella—. Solo… no esperaba que me tomaras de la mano así.

—Necesitaba sentir que estás aquí —admitió él, la voz quebrándose—. Después de anoche… después de lo que dijiste… necesito saber que eres real.

Estela entrelazó sus dedos con los de él. Y en ese momento, algo imposible sucedió.

Un destello dorado —suave, cálido, brillante como el sol al amanecer— brotó de donde sus manos se unían. Flotó en el aire entre ellos como polvo de estrellas, iluminando el pupitre, sus rostros, el libro de literatura abierto frente a ellos. Duró apenas tres segundos. Pero fue suficiente.

—¿Lo viste? —susurró Ángel, los ojos muy abiertos.

Estela asintió, lágrimas doradas acumulándose en sus ojos.

—Es la primera vez que pasa —dijo—. Nunca… nunca había sentido algo así.

—¿Qué es?

—Es nosotros —respondió ella, apretando su mano con fuerza—. Es la luz que nace cuando un humano y una estrella se reconocen. No es magia, Ángel. Es verdad. La verdad más pura que existe.

El profesor Valdez pasó junto a sus pupitres en ese momento. Se detuvo. Miró sus manos entrelazadas, el destello dorado que aún flotaba en el aire como un eco luminoso.

—¿Todo bien, Morales? —preguntó, frunciendo el ceño.

—Sí, profesor —respondió Ángel, soltando la mano de Estela.

Pero el destello no desapareció. Flotó hacia el techo del salón y se disolvió lentamente, como una estrella fugaz a cámara lenta. El profesor parpadeó, sacudió la cabeza como si hubiera visto una ilusión óptica, y continuó caminando.

—Nadie más lo vio —murmuró Estela—. Solo quienes tienen el corazón abierto para verlo.

El recreo llegó como un respiro necesario.

Ángel llevó a Estela hasta las escaleras traseras, lejos de miradas curiosas. Se sentaron en el tercer escalón —su escalón— y él tomó sus manos entre las suyas de nuevo.

—Hazlo otra vez —pidió.

Estela negó con la cabeza, una lágrima dorada escapando por su mejilla.

—No puedo forzarlo —dijo—. Solo pasa cuando el alma lo necesita. Cuando dos corazones laten al mismo ritmo sin fingir.

—Entonces déjame intentarlo —insistió Ángel.

Cerró los ojos. Respiró hondo. Recordó la primera vez que la vio entrar al salón. Recordó cómo sus ojos dorados lo encontraron entre todos. Recordó las noches en la azotea, las palabras susurradas al cielo, la piedra lunar contra su pecho. Recordó cada momento en que ella lo había visto cuando nadie más lo veía.

Y entonces, abrió los ojos y la miró.

No como un chico mira a una chica.
No como un humano mira a una estrella.
Sino como un alma reconoce a otra alma.

—Te veo —susurró—. Te veo de verdad.

Y sucedió.

Un destello dorado más intenso que el anterior brotó de sus manos entrelazadas. Esta vez, no fue un simple brillo. Formó una pequeña constelación entre ellos: tres estrellas conectadas por líneas de luz, idénticas a las grabadas en la piedra lunar. Flotó en el aire como una promesa escrita en el lenguaje del universo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.