CAPÍTULO 13
Sofía desconfía
El viernes amaneció con un silencio que pesaba más que el ruido.
Ángel lo sintió al abrir los ojos: la piedra lunar colgaba fría contra su pecho, pero los tres puntos dorados en su piel brillaban con una intensidad que iluminaba la habitación antes del amanecer. Se levantó despacio, como si cada movimiento pudiera romper el hechizo de la noche anterior. Al mirarse al espejo del baño, contuvo el aliento.
Los tres puntos dorados no estaban solo en sus manos.
Ahora formaban una constelación diminuta sobre su corazón.
Exactamente donde la piedra había descansado toda la noche.
—¿Ángel? —llamó su madre desde la cocina—. ¿Ya estás despierto?
—Sí —respondió, cubriendo los puntos con la camiseta.
Pero al bajar, su madre lo detuvo en el pasillo. Sus ojos, antes nublados por el cansancio, ahora brillaban con una claridad que lo desconcertó.
—Ven aquí —dijo, tomando su mano.
Ángel intentó esconder el dorso, pero era tarde. Los tres puntos dorados brillaban suavemente bajo la luz del amanecer.
—¿Qué es esto? —preguntó su madre, la voz temblando.
—Nada —mintió Ángel—. Tinta. De un marcador.
Su madre negó con la cabeza. Lágrimas asomaron en sus ojos.
—No mientas, mi amor. Por favor. No después de todo lo que hemos pasado. —Tomó su rostro entre las manos—. Ayer dijiste que una chica había cambiado tu vida. Hoy veo luces en tu piel. No soy tonta. Y no soy ciega. ¿Quién es ella, Ángel? ¿Qué es?
Ángel sintió que las palabras se le atoraban en la garganta. Miró a su madre —a esa mujer que trabajaba turnos dobles, que lloraba contra el fregadero, que aún guardaba fotos de su padre en el álbum familiar— y supo que no podía mentirle más.
—Se llama Estela —dijo al fin—. Y no es de aquí. Vino… vino de las estrellas. Para ayudarme.
Su madre lo miró largo rato. Sin reír. Sin regañarlo. Solo viéndolo.
—¿Y te hace feliz? —preguntó al fin.
—Más de lo que creía posible.
—Entonces —dijo ella, secando una lágrima—. No necesito entenderlo. Solo necesito saber que estás bien. Y hoy… hoy veo que estás mejor que en años.
Lo abrazó con fuerza. Un abrazo que olía a café y a esperanza. Un abrazo que Ángel guardó en su memoria para siempre.
—Gracias, mamá —susurró contra su hombro.
—Gracias tú —respondió ella—. Por dejarme verte de nuevo.
En la secundaria, el aire olía a tensión.
Ángel buscó a Estela en el salón 3-B con el corazón en la garganta. Pero su pupitre estaba vacío. Otra vez. El nudo en su estómago se apretó como un puño. Corrió a la oficina de orientación.
—¿Estela vino hoy? —preguntó al secretario, sin aliento.
—No —respondió el hombre, revisando el registro—. Su madre llamó temprano. Dijo que no vendría esta semana. Problemas de salud.
Problemas de salud. La mentira perfecta. La excusa humana para algo que no tenía nombre.
Ángel regresó al salón con las manos temblando. Se sentó en su lugar, mirando el pupitre vacío como si pudiera hacerla aparecer con la fuerza de su mirada. Durante la clase de literatura, el profesor Valdez anunció que analizarían un poema de Neruda. "Puedo escribir los versos más tristes esta noche". Las palabras resonaron en los oídos de Ángel como una profecía.
Cuando sonó el timbre del recreo, Sofía lo esperaba recargada contra su pupitre, los brazos cruzados, el ceño fruncido.
—Tenemos que hablar —dijo.
—No estoy de humor —respondió Ángel, guardando sus cosas.
—No es una sugerencia —insistió ella, agarrando su brazo—. Es una necesidad.
Lo arrastró hasta las escaleras traseras —su lugar— pero hoy no había paz en esos escalones. Sofía se detuvo en el tercer peldaño y lo enfrentó con los ojos brillando de emoción contenida.
—¿Estás loco? —explotó—. ¿Te besó? ¿En serio? ¿Después de todo lo que te dijo sobre irse?
Ángel bajó la mirada. Los tres puntos dorados en su mano brillaron bajo la luz del sol.
—No fue mi idea —murmuró—. Ella… ella solo quería que supiera.
—¡Claro que quería que supieras! —gritó Sofía, las lágrimas asomando en sus ojos—. ¡Quería que supieras lo que perderías! ¿No lo entiendes, Ángel? ¡Es una despedida! ¡Está preparándote para el dolor!
—¡No necesito que me prepares para el dolor! —gritó él de vuelta—. ¡Necesito vivir lo que tengo mientras lo tengo!
—¡Pero te va a destruir! —sollozó Sofía, agarrando su camiseta—. ¡Ya te destruyó tu padre! ¡Ya te destruyó la soledad! ¡No puedo verte pasar por eso de nuevo! ¡No puedo!
Ángel sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. Miró a Sofía —a esa chica que lo había acompañado desde los nueve años, que le había compartido churros cuando no tenía hambre, que lo había defendido cuando todos lo ignoraban— y vio el miedo en sus ojos. No era desconfianza hacia Estela. Era miedo por él.
—Sofía… —susurró.
—¡No me digas "Sofía" con esa voz! —exclamó ella, soltándolo—. ¡Sé lo que sientes! ¡Sé que la amas! ¡Pero también sé lo que pasa cuando alguien que amas se va! ¡Lo vi en ti durante dos años! ¡No quiero verlo de nuevo!
Se sentó en el escalón de abajo, abrazando sus rodillas contra el pecho. Las lágrimas corrían libres por su rostro.
—Ayer, cuando vi esos puntos dorados en tus manos… —dijo entre sollozos—. Sentí algo que nunca había sentido. No fue miedo de que fuera magia. Fue miedo de que terminara. Porque tú… tú finalmente volviste. Volviste a sonreír. Volviste a escribir. Volviste a vivir. Y ahora… ahora viene alguien que te hace brillar más que nunca… solo para apagarte de nuevo.
Ángel se arrodilló frente a ella. Tomó sus manos entre las suyas. Los tres puntos dorados brillaron al contacto.
—Escúchame —dijo, la voz firme a pesar de las lágrimas—. Estela no me va a apagar. Me está encendiendo. Cada día con ella es un día que aprendo a brillar sin ella. ¿No lo ves? No vine a esta escuela para encontrarla. Vine para encontrarme a mí mismo. Y ella… ella solo me está mostrando el camino.