La verdad a medias
El sábado amaneció con un silencio diferente.
Ángel lo sintió al abrir los ojos: los tres puntos dorados sobre su corazón latían suavemente, como si tuvieran vida propia. Se levantó y caminó hasta la ventana. El cielo estaba despejado, azul intenso, sin una sola nube. Y en algún lugar de ese azul, sabía que Estela estaba mirando el mismo horizonte.
Su teléfono vibró sobre la mesita de noche. Un mensaje:
"¿Podemos vernos hoy? Hay algo que debo decirte. —E"
El corazón le dio un vuelco. Algo que debo decirte. Las palabras podían significar mil cosas: una despedida, una confesión, una advertencia. Pero mientras se vestía con la camiseta menos arrugada que tenía, Ángel eligió creer en la esperanza. Quizás… quizás quiere decirme que se queda.
La colina al este de la ciudad los recibió con el sol alto y el viento suave.
Ángel llegó primero. Se sentó en la hierba alta donde había llorado semanas atrás, donde había susurrado al cielo su deseo más profundo. Ahora, ese mismo lugar olía a esperanza. A promesas. A antes y después.
—Hola.
La voz de Estela lo hizo girar. Ella subía por el sendero con pasos lentos, casi flotando. Llevaba un vestido blanco que ondeaba con la brisa como si fuera hecho de nubes. Pero algo en ella era distinto: su piel estaba más translúcida que nunca, como si el sol pudiera atravesarla. Sus ojos dorados brillaban con una intensidad que dolía de tan hermosa.
—Estás… —comenzó Ángel, sin saber cómo terminar la oración.
—Desapareciendo —completó ella, sentándose a su lado—. Sí. Lo sé.
Se hizo el silencio. Solo el susurro del viento entre los pinos y el latido acelerado de sus corazones.
—¿Por qué me citaste aquí? —preguntó Ángel al fin, la voz temblando.
Estela lo miró. Sus ojos dorados contenían todo el firmamento y toda la tristeza del universo.
—No vine a esta ciudad por casualidad —dijo, y cada palabra cayó como una estrella fugaz en el silencio entre ellos—. Vine… por ti.
Ángel sintió que el mundo se detenía.
El corazón le latía con fuerza en los oídos. Las manos le temblaban. Miró a Estela —a esa chica de piel clara y ojos dorados que había cambiado su vida en semanas— y vio algo que nunca había visto: vulnerabilidad. Miedo. Amor.
—¿Qué quieres decir? —susurró.
—Quiero decir —continuó Estela, tomando su mano con cuidado— que no fue coincidencia que llegara el día después de que subieras a esta colina. No fue casualidad que me sentara junto a ti en el salón. No fue azar que supiera tu nombre antes de que el profesor lo dijera. Vine… porque tú me llamaste.
Ángel sintió que las lágrimas pugnaban por salir. Recordó esa noche en la colina: las lágrimas en la hierba, el susurro al cielo, el deseo roto de que alguien lo viera. ¿Ella lo había escuchado? ¿De verdad?
—Pensé que era un sueño —murmuró—. Pensé que el universo no escuchaba a chicos como yo.
—El universo escucha a todos —corrigió Estela, acariciando su mejilla con un dedo helado—. Pero muy pocos tienen el coraje de hablar con el corazón roto. Tú lo hiciste. Y yo… yo no pude ignorarlo.
Ángel sonrió. Una sonrisa grande, genuina, que iluminó su rostro por primera vez en años.
—Entonces… —dijo, la voz llena de esperanza—. Entonces esto es real. Lo que siento… lo que sentimos… no es casualidad. Es destino.
Estela bajó la mirada. Sus labios temblaron ligeramente.
—Es real —susurró—. Pero no es destino. Es elección. Yo elegí venir. Yo elegí cada segundo a tu lado. Yo elegí… amarte.
—¡Yo también te amo! —exclamó Ángel, agarrando sus manos—. Desde el primer momento. Desde que entraste al salón y tus ojos me encontraron entre todos. Sabía que eras especial. Sabía que eras mía.
Estela contuvo el aliento. Una lágrima dorada escapó por su mejilla y se evaporó antes de tocar la hierba.
—Ángel… —comenzó, la voz quebrándose—. Hay algo que debes entender…
—No me importa —interrumpió él, apasionado—. No me importa de dónde vienes. No me importa si eres humana o estrella o ángel o lo que sea. Te amo. Y si te vas… si te vas, llevaré tu luz conmigo para siempre. Pero mientras estés aquí… déjame amarte. Déjame ser feliz contigo.
Estela lo miró largo rato. Sus ojos dorados reflejaban el sol, las nubes, el alma de Ángel entera.
—Eres tan valiente —susurró—. Tan valiente que duele.
—No soy valiente —corrigió él—. Solo estoy cansado de tener miedo. Cansado de creer que no merezco ser amado. Y tú… tú me hiciste creer que sí merezco. Que todos merecemos.
Los tres puntos dorados en sus manos brillaron con fuerza al contacto. Una constelación diminuta flotó entre ellos por un instante: tres estrellas conectadas por hilos de luz, idénticas a las de la piedra lunar.
—Esta es nuestra constelación —dijo Estela, señalando el destello—. Ángel y Estela. Nació el día que nos besamos. Y permanecerá en el firmamento mucho después de que yo me vaya.
—Entonces no te vayas —rogó Ángel, la voz quebrada—. Por favor. Hay tantas cosas que quiero hacerte. Tantos lugares que quiero mostrarte. Tantos poemas que quiero escribir contigo.
Estela sonrió con tristeza. Una sonrisa que contenía mil noches solitarias y una eternidad de amor.
—No puedo quedarme —dijo—. Pero puedo amarte ahora. Con todo lo que soy. Con toda la luz que me queda.
Y lo besó.
No fue un beso de despedida.
No fue un beso de promesa.
Fue un beso de presencia pura.
De este momento es todo lo que tenemos y es suficiente.
Sus labios sabían a lágrimas doradas y a estrellas lejanas.
A luz de luna y a promesas escritas en el lenguaje del universo.
Cuando se separaron, Ángel vio algo que lo partió en dos: Estela estaba translúcida. Completamente. Podía ver las hojas de los pinos a través de su vestido blanco. Podía ver el cielo a través de su rostro.
—Estela… —susurró, el terror aferrándose a su pecho.
—Shhh —lo calmó ella, apoyando un dedo helado sobre sus labios—. No tengas miedo. Esto no es el fin. Es solo… un cambio de forma.