Bajo las Estrellas

CAPITULO 15

El precio de la luz

El lunes amaneció con un silencio que pesaba más que el ruido.

Ángel despertó antes del alba, la lágrima estelar apretada contra su pecho, los tres puntos dorados latiendo suavemente bajo la piel. Al levantarse, notó algo nuevo: una constelación diminuta brillaba en su muñeca izquierda —tres estrellas conectadas por hilos de luz, idénticas a las de la piedra lunar. La constelación de Nosotros, pensó, acariciando los puntos con el pulgar. Ya está grabada en mí. Para siempre.

En la cocina, su madre preparaba café sin el cansancio de antes. Al verlo entrar, sonrió —una sonrisa que no tenía prisa, solo calma.

—Buenos días, mi amor —dijo, señalando el plato con huevos y tortillas—. Hoy cociné para dos.

Ángel se sentó. Comieron en silencio, pero no fue un silencio vacío. Fue el tipo de silencio que solo existe entre quienes se han reconciliado con el tiempo perdido.

—¿Vas a subir a la azotea esta noche? —preguntó su madre al terminar.

—Sí —respondió Ángel—. Ella… ella me dijo que las estrellas tienen algo que decirme hoy.

Su madre asintió. Tomó su mano sobre la mesa. Los tres puntos dorados brillaron al contacto, iluminando la cocina con una luz cálida que danzó sobre las paredes como un latido de estrellas.

—Cuídate —susurró—. Y dile… dile que gracias.

Ángel apretó su mano con fuerza. No necesitó preguntar gracias por qué. Lo sabía. Gracias por devolverme a mi hijo.

En la secundaria, el aire olía a despedida.

Ángel buscó a Estela en el salón 3-B con el corazón en la garganta. Y allí estaba. Sentada en su pupitre, la espalda recta, el cuaderno azul abierto sobre la mesa. Pero algo era distinto.

Estela estaba translúcida.

No completamente. Pero lo suficiente como para que Ángel viera el pizarrón a través de su hombro izquierdo. Su cabello castaño con reflejos plateados parecía hecho de niebla bajo la luz fluorescente. Sus ojos dorados brillaban con una intensidad que dolía de tan hermosa —como si toda la luz que le quedaba se concentrara en ellos.

—Hola —dijo cuando él se sentó a su lado.

—Hola —respondió Ángel, la voz temblando—. ¿Estás… bien?

Estela sonrió. Una sonrisa frágil, casi transparente.

—Estoy cumpliendo —corrigió suavemente—. Hay diferencia.

La clase de matemáticas comenzó con el profesor Rojas escribiendo una ecuación compleja en el pizarrón. "Resuelvan esta en parejas", dijo. Ángel tomó el lápiz, pero Estela colocó su mano sobre la de él.

—Hoy tú lideras —dijo—. Yo solo… observo.

Ángel asintió. Comenzó a resolver la ecuación paso a paso, recordando las metáforas estelares que ella le había enseñado: "La X² es el núcleo. El 5x es la luz que emite. El -6 es la gravedad que la sostiene". Mientras escribía, sintió que su mano temblaba. No de miedo. De certeza.

—Lo estás haciendo perfecto —susurró Estela.

—Es porque tú me enseñaste —respondió él, sin dejar de escribir.

—No —corrigió ella, con una voz que ya sonaba lejana—. Es porque aprendiste. Yo solo sostuve el espejo. Tú viste tu propia luz.

En ese momento, algo imposible sucedió.

Pequeños destellos dorados —como polvo de estrellas— comenzaron a escapar de las manos de Estela. Flotaron en el aire entre ellos, iluminando el pupitre, el libro de matemáticas, el rostro de Ángel. Un destello se posó en su mejilla. Caliente. Dulce. Real.

—¿Lo ven? —susurró Ángel, mirando alrededor.

El profesor Rojas pasó junto a sus pupitres. Miró los destellos dorados flotando en el aire. Parpadeó. Sacudió la cabeza como si viera una ilusión óptica. Continuó caminando.

—Solo quienes tienen el corazón abierto para verlo —murmuró Estela, repitiendo las palabras que le había dicho días atrás.

Pero entonces, algo cambió.

Estela se desvaneció.

No fue gradual. Fue instantáneo. Un segundo estaba allí, con los destellos dorados escapando de sus dedos. Al siguiente, su cuerpo se volvió completamente translúcido —como si fuera hecha de cristal y luz. Ángel podía ver el pupitre a través de su pecho. Podía ver el cuaderno azul a través de sus manos. Podía ver el mundo entero a través de ella.

—Estela… —susurró, el terror aferrándose a su garganta.

Ella sonrió. Una sonrisa que ya no pertenecía a este mundo.

—No tengas miedo —dijo, su voz resonando como un eco lejano—. Esto no es el fin. Es solo… el comienzo de mi regreso.

—¡No te vayas! —rogó Ángel, agarrando el aire donde ella había estado.

Pero sus dedos atravesaron su cuerpo como si fuera niebla. Frío. Vacío. Real.

—Mírame, Ángel —pidió Estela, y aunque su cuerpo era translúcido, sus ojos dorados brillaban con una intensidad que iluminó el salón entero—. Mírame y recuerda esto: cada destello que ves escapar de mí… es una semilla. Una semilla de luz que plantaré en tu corazón. Y cuando yo ya no esté… esas semillas florecerán en poemas. En sonrisas. En noches donde mires al cielo y sepas que no estás solo.

Ángel sintió que las lágrimas corrían libres por su rostro. Pero no eran lágrimas de desesperación. Eran lágrimas de comprensión. Porque en ese momento, entendió algo fundamental: Estela no se estaba muriendo. Se estaba transformando. Y su transformación era el regalo más grande que jamás le darían.

—Te amo —susurró, las palabras saliendo puras, verdaderas, eternas.

—Y yo te amo —respondió Estela, con una voz que ya sonaba a estrellas lejanas—. Desde antes de que las estrellas tuvieran nombre. Desde antes de que el tiempo existiera. Te amo con la luz que me queda… y con la que ya no tengo.

Y entonces, sucedió el milagro.

Los destellos dorados que escapaban de su cuerpo se unieron en el aire sobre el pupitre. Formaron una constelación diminuta: tres estrellas conectadas por hilos de luz. Ángel y Estela. Flotó allí, brillando con una intensidad que iluminó el salón entero por tres segundos. Tres segundos que Ángel grabó en su alma para siempre.




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