CAPÍTULO 16
El origen
El martes amaneció con el cielo cubierto de nubes grises que parecían algodón sucio. Ángel lo notó al abrir la ventana: ni rastro de azul, ni promesa de sol. Solo una capa uniforme de gris que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Como su estado de ánimo.
Bajó a la cocina con la lágrima estelar colgando de su cuello bajo la camiseta y los tres puntos dorados latiendo suavemente sobre su corazón. Su madre ya estaba allí, preparando café con una calma que Ángel no había visto en años.
—Buenos días, mi amor —dijo sin voltear—. Hoy hace frío. Ponte una sudadera.
Ángel asintió. Comieron en silencio, pero no fue un silencio vacío. Fue el tipo de silencio que solo existe entre quienes saben que algo grande está por suceder.
—¿Vas a subir a la azotea esta noche? —preguntó su madre al terminar.
—No lo sé —respondió Ángel, la voz temblando—. Ella… ella dijo que hoy sería el último día.
Su madre tomó su mano sobre la mesa. Los tres puntos dorados brillaron al contacto, iluminando la cocina con una luz cálida que danzó sobre las paredes.
—Entonces —dijo ella, con una voz que no temblaba—. Vive hoy como si fuera eterno. Porque los últimos días… los últimos días son los que más brillan.
Ángel apretó su mano con fuerza. Y en ese contacto, sintió algo que nunca había sentido: paz. No era la paz de quien no siente dolor. Era la paz de quien acepta el dolor como parte del amor.
En la secundaria, el aire olía a lluvia y a despedida.
Ángel buscó a Estela en el salón 3-B con el corazón en la garganta. Y allí estaba. Sentada en su pupitre, la espalda recta, el cuaderno azul abierto sobre la mesa. Pero algo era profundamente distinto.
Estela estaba casi completamente translúcida.
Su piel parecía hecha de cristal y luz. Su cabello castaño con reflejos plateados ondeaba como si estuviera bajo el agua. Sus ojos dorados brillaban con una intensidad que iluminaba el salón entero —como si toda la luz que le quedaba se concentrara en ellos como un último acto de valentía.
—Hola —dijo cuando él se sentó a su lado.
—Hola —respondió Ángel, la voz apenas un susurro—. Hoy es el día, ¿verdad?
Estela asintió. Una lágrima dorada escapó por su mejilla y se evaporó antes de tocar el suelo.
—Sí —susurró—. Hoy es el día. Pero no es un adiós, Ángel. Es una… transformación.
La clase de literatura transcurrió como en un sueño. El profesor Valdez hablaba de metáforas y símiles, pero las palabras rebotaban en los oídos de Ángel sin dejar huella. Su mirada volvía una y otra vez a Estela —a esa chica que había cambiado su vida en semanas, que ahora se desvanecía frente a sus ojos como niebla bajo el sol.
Cuando sonó el timbre del recreo, Estela tomó su mano con cuidado.
—Ven conmigo —dijo—. Hay algo que debo mostrarte.
Lo llevó por los pasillos vacíos hasta las escaleras de emergencia que conducían al techo de la escuela. Subieron en silencio, con el eco de sus pasos rebotando en las paredes de concreto. Al empujar la puerta del techo, la lluvia los recibió como un abrazo frío y necesario.
El cielo estaba cubierto de nubes oscuras. La lluvia caía suave pero constante, mojando sus rostros, sus cabellos, sus ropas. Estela caminó hasta el centro del techo, donde el agua se acumulaba en pequeños charcos que reflejaban el gris del cielo.
—¿Por qué aquí? —preguntó Ángel, abrazándose a sí mismo contra el frío.
—Porque aquí nadie nos escuchará —respondió Estela, volteando a mirarlo—. Y porque la lluvia… la lluvia lava las mentiras. Hoy solo habrá verdad entre nosotros.
Ángel sintió que el corazón se le detenía. Verdad. La palabra resonó en sus oídos como un trueno lejano.
—Estela… —comenzó, pero no supo qué decir.
Ella sonrió. Una sonrisa triste, frágil, pero real.
—No vine a esta ciudad por casualidad —dijo, repitiendo las palabras que le había dicho días atrás—. Vine… por ti. Pero no como crees.
—¿Cómo? —preguntó Ángel, el terror aferrándose a su pecho.
Estela respiró hondo. Cerró los ojos. Y cuando los abrió, su mirada contenía todo el firmamento y toda la eternidad.
—No soy de aquí, Ángel —dijo, y cada palabra cayó como una estrella fugaz en el silencio entre ellos—. Vine de allá arriba. De donde nacen las estrellas. De donde la luz es pura y el tiempo no existe.
Ángel sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.
—Estás delirando —murmuró, aunque su corazón latía con una certeza aterradora—. Es el cansancio. Necesitas descansar.
—¡Mírame! —exclamó Estela, agarrando su rostro con ambas manos—. ¿Crees que inventaría esto? ¿Crees que querría decirte que cada día que paso a tu lado me acerca un paso más a desaparecer?
Ángel la miró. Realmente la miró. Y vio lo que antes había ignorado: las ojeras profundas bajo sus ojos dorados. La palidez que ya no era belleza, sino agotamiento cósmico. Las manos que temblaban incluso en reposo. La forma en que su cuerpo se volvía translúcido cada pocos segundos, como si la realidad misma se resistiera a contenerla.
—No te creo —susurró, las lágrimas mezclándose con la lluvia en su rostro—. No puedo creerte.
Estela asintió. Lágrimas doradas corrían por sus mejillas, evaporándose antes de tocar el suelo.
—No espero que me creas —dijo—. Solo espero que sientas la verdad. Porque la verdad… la verdad no se demuestra con palabras. Se siente con el alma.
Y entonces, algo imposible sucedió.
Estela extendió la palma de su mano hacia el cielo. Y sobre ella, una pequeña esfera de luz dorada comenzó a formarse. Flotaba en el aire, brillando con una intensidad que iluminó el techo entero a pesar de la lluvia y las nubes. Era cálida. Viva. Real.
—Esto —dijo Estela, señalando la esfera— es lo que queda de mí. Mi esencia. Mi luz. Cada día que paso en la Tierra, esta esfera se hace más pequeña. Hasta que un día… desaparecerá por completo.