Bajo las Estrellas

CAPÍTULO 17

El adiós anunciado

El miércoles amaneció con un silencio que pesaba más que el ruido.

Ángel despertó antes del alba, la lágrima estelar apretada contra su pecho, los tres puntos dorados latiendo suavemente bajo la piel. Al levantarse, notó algo nuevo: la constelación en su muñeca izquierda brillaba con una intensidad que iluminaba la habitación antes del amanecer. Ángel y Estela. Tres estrellas conectadas por hilos de luz que latían al ritmo de su corazón.

Se miró al espejo. Sus ojos ya no estaban hundidos. Su rostro ya no estaba pálido. Por primera vez en años, se reconoció. No como el chico invisible que dibujaba estrellas en los márgenes de sus exámenes. No como el hijo abandonado que subía a la azotea a hablar con el cielo. Sino como Ángel. El chico que había amado a una estrella. El chico que había sido amado de vuelta. El chico que había aprendido a brillar.

—Hoy es el día —susurró a su reflejo.

Y aunque las palabras dolieron, también sanaron. Porque hoy no era solo un adiós. Era una transformación. Una promesa. Un renacimiento.

En la cocina, su madre preparaba café con una calma que Ángel no había visto en años. Al verlo entrar, sonrió —una sonrisa que no tenía prisa, solo presencia.

—Buenos días, mi amor —dijo, señalando el plato con huevos y tortillas—. Hoy cociné para dos.

Ángel se sentó. Comieron en silencio, pero no fue un silencio vacío. Fue el tipo de silencio que solo existe entre quienes saben que algo sagrado está por suceder.

—¿Vas a subir a la azotea esta noche? —preguntó su madre al terminar.

—Sí —respondió Ángel—. Ella… ella me dijo que las estrellas tienen algo que decirme hoy.

Su madre asintió. Tomó su mano sobre la mesa. Los tres puntos dorados brillaron al contacto, iluminando la cocina con una luz cálida que danzó sobre las paredes como un latido de estrellas.

—Cuídate —susurró—. Y dile… dile que gracias.

Ángel apretó su mano con fuerza. No necesitó preguntar gracias por qué. Lo sabía. Gracias por devolverme a mi hijo.

En la secundaria, el aire olía a despedida.

Ángel buscó a Estela en el salón 3-B con el corazón en la garganta. Y allí estaba. Sentada en su pupitre, la espalda recta, el cuaderno azul abierto sobre la mesa. Pero algo era profundamente distinto.

Estela estaba completamente translúcida.

Su piel era como cristal. Su cabello castaño con reflejos plateados ondeaba como si estuviera bajo el agua. Sus ojos dorados brillaban con una intensidad que iluminaba el salón entero —como si toda la luz que le quedaba se concentrara en ellos como un último acto de valentía.

—Hola —dijo cuando él se sentó a su lado.

—Hola —respondió Ángel, la voz apenas un susurro—. Hoy es el día, ¿verdad?

Estela asintió. Una lágrima dorada escapó por su mejilla y se evaporó antes de tocar el suelo.

—Sí —susurró—. Hoy es el día. Pero no es un adiós, Ángel. Es una… transformación.

La clase de literatura transcurrió como en un sueño. El profesor Valdez hablaba de metáforas y símiles, pero las palabras rebotaban en los oídos de Ángel sin dejar huella. Su mirada volvía una y otra vez a Estela —a esa chica que había cambiado su vida en semanas, que ahora se desvanecía frente a sus ojos como niebla bajo el sol.

Cuando sonó el timbre del recreo, Estela tomó su mano con cuidado.

—Ven conmigo —dijo—. Hay algo que debo decirte.

Lo llevó por los pasillos vacíos hasta las escaleras traseras —su lugar— donde el sol del mediodía calentaba los escalones de concreto. Se sentaron en el tercer escalón, espalda contra espalda, mirando el cielo en direcciones opuestas.

—Mi misión aquí estaba clara —comenzó Estela, la voz suave como el susurro del viento—. Ayudarte a sanar. A brillar por ti mismo. A encontrar tu luz sin depender de nadie.

Ángel sintió que el corazón se le detenía.

—¿Tu misión? —repitió, como si no entendiera.

—Sí —asintió Estela—. Vine con un propósito. No por casualidad. No por destino. Por elección. Las estrellas escucharon tu deseo aquella noche en la colina. Y yo… yo elegí ser quien te respondiera.

—Pero… —balbuceó Ángel, las lágrimas pugnando por salir—. Pero yo te necesito. No puedo perderte. No ahora que te conozco de verdad.

Estela se giró para mirarlo. Sus ojos dorados brillaban con una intensidad que iluminó el pasillo entero.

—No vine para quedarme, Ángel —dijo, con una voz que no admitía réplica—. Vine para que aprendieras a no necesitarme.

—¡Eso no es justo! —explotó él, las lágrimas cayendo libres—. ¡No es justo que llegues, que cambies mi vida, que me hagas creer en el amor… y luego te vayas! ¡No es justo!

Estela no se inmutó. Solo lo miró con esa calma que parecía no pertenecer a este mundo.

—El amor no es justo, Ángel —dijo—. El amor es valiente. Y a veces… la valentía más grande no es quedarse. Es saber cuándo soltar.

—¡No te vayas! —rogó él, agarrando sus manos con fuerza—. ¡Por favor! ¡Yo… yo te necesito!

—No me necesitas —corrigió Estela, con una dulzura que partía el alma—. Creías necesitarme. Pero ya no. Mírate: escribes poemas de nuevo. Hablas con tu madre. Sonríes sin forzarlo. Miras al cielo y ves conexión, no soledad. Mi trabajo aquí está terminado. Y aunque duele irme… duele más no irme. Porque el amor verdadero no es egoísta. Es generoso. Y mi amor por ti… mi amor por ti es tan grande que elige soltarte para que puedas volar.




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