Los últimos días
El jueves amaneció con un sol tenue que luchaba por atravesar una neblina gris. Ángel lo notó al abrir la ventana: el aire olía a humedad y a promesas incumplidas. Pero algo en su pecho latía diferente. Más ligero. Como si la verdad revelada ayer hubiera limpiado el camino para lo que vendría.
Bajó a la cocina con la lágrima estelar colgando de su cuello bajo la camiseta y los tres puntos dorados latiendo suavemente sobre su corazón. Su madre ya estaba allí, preparando café con una calma que Ángel no había visto en años.
—Buenos días, mi amor —dijo sin voltear—. Hoy hace frío. Ponte una sudadera.
Ángel asintió. Se sentó a la mesa y la miró —realmente la miró— por primera vez en meses. Sus ojos ya no estaban nublados por el cansancio. Sus hombros ya no estaban hundidos por el peso del mundo. Era como si la presencia de Estela en su vida hubiera sanado no solo a él, sino también a quienes lo amaban.
—Mamá —dijo al fin, la voz suave pero firme—. ¿Podemos hablar?
Su madre se detuvo. Volteó a mirarlo con los ojos muy abiertos, como si no esperara esas palabras de su boca.
—Claro, mi amor —respondió, sentándose frente a él—. ¿Qué pasa?
Ángel respiró hondo. Miró sus manos entrelazadas sobre la mesa. Los tres puntos dorados brillaban suavemente bajo la luz del amanecer.
—Sé que las cosas han sido difíciles —comenzó—. Sé que papá se fue y que tú has tenido que cargar con todo. Y sé que yo… yo no he sido fácil estos últimos años.
Su madre contuvo el aliento. Las lágrimas asomaron en sus ojos.
—Ángel…
—Déjame terminar —interrumpió él, levantando la vista—. Quiero que sepas que te veo. Te veo todos los días. Te veo trabajar turnos dobles. Te veo cocinar aunque estés agotada. Te veo guardar mis fotos en el álbum familiar aunque digas que no tienes tiempo. Y quiero que sepas… quiero que sepas que te amo. Más de lo que las palabras pueden contener.
Las lágrimas de su madre cayeron libres. Se levantó de la mesa y lo abrazó con fuerza —un abrazo que olía a café y a hogar, a años perdidos y a segundas oportunidades.
—Yo también te amo, mi niño —susurró contra su cabello—. Más de lo que tú crees. Y perdóname si alguna vez te hice sentir invisible. Nunca fue mi intención.
—Lo sé —respondió Ángel, apretándola con fuerza—. Lo sé, mamá.
Se quedaron así hasta que el sol se elevó lo suficiente para iluminar la cocina entera. Hasta que los tres puntos dorados en las manos de Ángel brillaron con una intensidad que iluminó las paredes como un latido de estrellas.
En la secundaria, el aire olía a despedida.
Ángel buscó a Estela en el salón 3-B con el corazón en la garganta. Y allí estaba. Sentada en su pupitre, la espalda recta, el cuaderno azul abierto sobre la mesa. Pero algo era profundamente distinto.
Estela estaba casi completamente translúcida. Podía ver el pizarrón a través de su hombro izquierdo. Podía ver el cuaderno a través de sus manos. Podía ver el mundo entero a través de ella.
—Hola —dijo cuando él se sentó a su lado.
—Hola —respondió Ángel, la voz apenas un susurro—. ¿Cómo estás?
Estela sonrió. Una sonrisa frágil, casi transparente.
—Cumpliendo —respondió—. Cada segundo me acerca un poco más a casa. Pero también me acerca un poco más a ti.
La clase de literatura transcurrió como en un sueño. El profesor Valdez anunció que el periódico escolar estaba aceptando colaboraciones para la próxima edición. "Poemas, ensayos, historias cortas. Todo es bienvenido", dijo.
Ángel sintió que algo se removía en su pecho. Miró a Estela. Ella asintió, leyendo sus pensamientos como si fueran páginas abiertas.
—Deberías enviar algo —susurró—. Tienes tanto que decir.
—No sé si estoy listo —respondió él, la voz temblando.
—Estás más listo de lo que crees —corrigió Estela, tomando su mano—. Y yo… yo estaré allí cuando lo hagas.
El recreo llegó como un respiro necesario.
Ángel caminó hacia las escaleras traseras —su lugar— con el cuaderno azul apretado contra el pecho. Estela lo siguió en silencio, sus pasos casi inaudibles como si ya no pertenecieran del todo a este mundo.
Pero antes de que pudieran sentarse, Sofía apareció en lo alto de las escaleras. Sus ojos cafés estaban húmedos, su rostro pálido, sus manos temblando ligeramente.
—Necesito hablar contigo —dijo, mirando directamente a Estela.
Estela asintió. Se sentó en el tercer escalón y señaló el espacio a su lado.
—Siéntate, Sofía —dijo—. Sé que tienes preguntas.
Sofía se sentó. Miró a Estela con una intensidad que Ángel nunca había visto en ella.
—¿Te gusta Ángel? —preguntó al fin, sin rodeos.
Estela no se inmutó. Sonrió con tristeza.
—Eso… ¿te incumbe? —respondió suavemente.
—Sí —asintió Sofía, sin titubear—. Porque él es mi mejor amigo. Y porque… porque yo también lo amo. A mi manera. Y necesito saber si lo que sientes por él es real… o solo parte de tu "misión".
Ángel sintió que el mundo se detenía. Miró a Sofía, sorprendido por la intensidad en sus palabras. Miró a Estela, esperando su respuesta.
Estela respiró hondo. Cerró los ojos. Y cuando los abrió, su mirada contenía todo el firmamento y toda la eternidad.
—Lo amo —dijo, y cada palabra cayó como una estrella fugaz en el silencio entre ellos—. Lo amo más de lo que las palabras pueden contener. Lo amo con la luz que me queda… y con la que ya no tengo. Lo amo desde antes de que las estrellas tuvieran nombre. Desde antes de que el tiempo existiera.
Sofía contuvo el aliento. Las lágrimas corrían libres por su rostro.
—Entonces… ¿por qué te vas? —preguntó, la voz quebrándose—. Si lo amas tanto… ¿por qué lo abandonas?
—No lo abandono —corrigió Estela, con una voz que no admitía réplica—. Lo libero. Hay diferencia. Vine con un propósito: ayudarlo a brillar por sí mismo. Y lo logré. Míralo: escribe poemas de nuevo. Habla con su madre. Sonríe sin forzarlo. Mi trabajo aquí está terminado. Y aunque duele irme… duele más no irme. Porque el amor verdadero no es egoísta. Es generoso.