Bajo las Estrellas

CAPITULO 19

La nota en el pupitre

El viernes amaneció con un silencio que pesaba más que el ruido.

Ángel despertó antes del alba, el corazón latiendo con fuerza en su pecho como si algo importante estuviera por suceder. Se levantó despacio, como si cada movimiento pudiera romper el hechizo de la noche. Al mirarse al espejo, contuvo el aliento.

Los tres puntos dorados sobre su corazón brillaban con una intensidad que iluminaba la habitación antes del amanecer. La constelación en su muñeca izquierda latía al ritmo de su pulso. La lágrima estelar colgaba de su cuello, fría al tacto pero cálida en el alma.

Pero algo era diferente.

Algo faltaba.

No podía explicarlo con palabras. Era una sensación en el pecho, como si una cuerda invisible que lo conectaba con algo —con alguien— se hubiera aflojado de golpe. Como si el mundo entero contuviera el aliento esperando algo que él aún no entendía.

—Hoy —susurró a su reflejo—. Hoy es el día.

En la cocina, su madre preparaba café con una calma que Ángel no había visto en años. Al verlo entrar, sonrió —una sonrisa que no tenía prisa, solo presencia.

—Buenos días, mi amor —dijo, señalando el plato con huevos y tortillas—. Hoy cociné para dos.

Ángel se sentó. Comieron en silencio, pero no fue un silencio vacío. Fue el tipo de silencio que solo existe entre quienes saben que algo sagrado está por suceder.

—¿Vas a subir a la azotea esta noche? —preguntó su madre al terminar.

—No lo sé —respondió Ángel, la voz temblando—. Ella… ella dijo que hoy sería el último día.

Su madre asintió. Tomó su mano sobre la mesa. Los tres puntos dorados brillaron al contacto, iluminando la cocina con una luz cálida que danzó sobre las paredes como un latido de estrellas.

—Entonces —dijo ella, con una voz que no temblaba—. Vive hoy como si fuera eterno. Porque los últimos días… los últimos días son los que más brillan.

Ángel apretó su mano con fuerza. Y en ese contacto, sintió algo que nunca había sentido: paz. No era la paz de quien no siente dolor. Era la paz de quien acepta el dolor como parte del amor.

En la secundaria, el aire olía a ausencia.

Ángel caminó hacia el salón 3-B con el corazón en la garganta. Cada paso en los pasillos resonaba como un latido de advertencia. ¿Estará? ¿Habrá desaparecido ya? ¿Será esta la mañana en que el universo decida llevársela?

Al entrar al salón, el mundo se detuvo.

El pupitre de Estela estaba vacío.

No era un vacío normal. Era un vacío absoluto. Como si nadie hubiera estado allí nunca. Como si ella nunca hubiera existido. El cuaderno azul no estaba. La pluma plateada no estaba. Ni siquiera el aroma a lluvia y estrellas lejanas que siempre la acompañaba permanecía en el aire.

—¿Dónde está Estela? —preguntó a Sofía en cuanto la vio entrar.

Sofía negó con la cabeza, los ojos húmedos.

—No lo sé —respondió—. Nadie la ha visto desde ayer al mediodía. Ni siquiera el profesor Valdez sabe nada.

Ángel sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. Corrió hacia la oficina de orientación.

—¿Sabe dónde está Estela? —preguntó al secretario, sin aliento.

—¿La alumna nueva? —El hombre revisó un registro—. Sí, su madre llamó ayer. Dijo que tenía fiebre alta. Le dio permiso para faltar hoy.

Ángel asintió, aliviado. Fiebre. Era lógico. Humano. Normal. Pero al regresar al salón, algo en su interior no terminaba de calmarse. Estela no parecía el tipo de persona que enfermaba. Ella era… diferente. Como si el frío y el calor no la tocaran igual que a los demás.

Se sentó en su pupitre con las manos temblando. Miró el espacio vacío a su lado. El silencio era ensordecedor. Cada segundo sin ella era una eternidad.

La clase de literatura comenzó con el profesor Valdez escribiendo en el pizarrón: "Metáforas del adiós". Las palabras resonaron en los oídos de Ángel como una profecía.

—Hoy analizaremos poemas sobre despedidas —dijo el profesor—. Porque a veces… el adiós es la metáfora más hermosa del amor.

Ángel sintió que las lágrimas pugnaban por salir. Miró el pupitre vacío a su lado. ¿Dónde estás, Estela? ¿Por qué no viniste? ¿Acaso ya te fuiste sin despedirte?

Cuando sonó el timbre del recreo, corrió hacia las escaleras traseras —su lugar— con el corazón latiendo con fuerza en sus sienes. Subió los escalones de dos en dos, ignorando el dolor en sus piernas. Al llegar al tercer escalón, se detuvo.

Nadie.

El espacio estaba vacío. El sol del mediodía calentaba el concreto, pero no había rastro de ella. Ni su aroma a lluvia y estrellas. Ni su risa suave como el susurro del viento. Ni siquiera el eco de su presencia.

—¡Estela! —gritó, la voz quebrándose—. ¡Estela, responde!

Solo el silencio respondió.

Corrió hacia el techo de la escuela, donde habían compartido la verdad bajo la lluvia. Empujó la puerta de emergencia con fuerza. El viento lo recibió como un abrazo frío y necesario. Pero ella no estaba allí. Solo el cielo azul y las nubes blancas flotando como algodón.

—¡Estela! —gritó de nuevo, las lágrimas cayendo libres—. ¡Por favor! ¡No te vayas sin despedirte!

Pero el viento se llevó sus palabras como si nunca hubieran existido.

Bajó las escaleras con las piernas temblando. Regresó al salón 3-B con el corazón roto. Se sentó en su pupitre y apoyó la cabeza sobre los brazos cruzados. Las lágrimas mojaron el cuaderno azul mientras el mundo continuaba girando a su alrededor como si nada hubiera cambiado.




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