Bajo las luces de Londres

Capítulo XXIX - Campos de fuerza

CAPÍTULO XXIX — Campos de fuerza

I — La fiesta

La invitación llegó una tarde de jueves, cuando el trabajo ya había consumido la mayor parte de la energía disponible. No fue formal ni solemne: un comentario lanzado al paso, una sonrisa compartida en el pasillo, una frase breve —“Deberías venir”— pronunciada con naturalidad. Elena no respondió de inmediato. Guardó el convite en el mismo lugar mental donde archivaba todo aquello que no sabía aun si aceptar.

La fiesta se celebraría en un espacio alquilado por el museo, una antigua fábrica reacondicionada en el distrito de Brooklyn. Un lugar amplio, con techos altos y paredes que conservaban marcas del uso industrial, ahora suavizadas por iluminación cálida y música cuidadosamente seleccionada para no imponerse. Asistirían artistas de distintas disciplinas, procedentes de todo el país. Algunos nombres le resultaban conocidos; otros no le decían nada. Ese detalle no le preocupaba.

Decidió ir el mismo día, al cerrar el estudio. No se preparó con especial atención. Eligió ropa sobria, cómoda, con la intención de no destacar ni desaparecer. Mientras se recogía el cabello frente al espejo, observó su propio gesto con una distancia casi técnica. No buscaba aprobación externa. Tampoco aislamiento total. La decisión respondía a algo más elemental: exponerse lo justo.

Al llegar, percibió de inmediato el cambio de ritmo. El murmullo colectivo, las conversaciones cruzadas, el tintinear de copas, el movimiento constante de cuerpos que se acercaban y se separaban sin fricción aparente. Saludó a varios compañeros del museo. Los intercambios fueron breves, cordiales. Nadie le pidió explicaciones sobre su trabajo y ninguno intentó deslumbrarla. Eso le permitió relajarse lo suficiente para permanecer.

Recorrió el espacio con una copa en la mano, sin beber todavía. Observaba. El aroma a madera envejecida y a barniz recién aplicado se mezclaba con la fragancia tenue de los perfumes; bajo sus pies, el suelo conservaba el eco de antiguos pasos industriales. Reconocía gestos profesionales, maneras de ocupar el lugar. Algunos artistas hablaban con las manos; otros medían cada palabra. Había entusiasmo, competitividad soterrada, curiosidad genuina. Un ecosistema complejo, no hostil.

Fue entonces cuando lo vio.

William estaba de espaldas, conversando con un pequeño grupo. No necesitó que nadie lo presentara para notar su presencia. No era solo cuestión de atractivo físico —que lo era—, sino de una forma particular de estar: erguido sin rigidez, atento sin tensión. Su risa aparecía espaciada, contenida. Cuando se giró, Elena reconoció su rostro de inmediato. Sintió un leve estremecimiento en los hombros, como si su cuerpo registrara algo que su mente aún procesaba. Había visto imágenes suyas en revistas especializadas, entrevistas, catálogos. Escultor. Internacional. Reconocible.

No sintió impacto emocional inmediato. Lo que apareció fue una alerta suave, una activación perceptiva. William la vio casi al mismo tiempo. Sus miradas se cruzaron durante un segundo más de lo habitual. No hubo sonrisa automática. Solo reconocimiento mutuo.

—Elena —dijo una voz a su lado—. Quería presentarte a alguien.

La presentación fue simple. William estrechó su mano con firmeza medida. No prolongó el gesto. No invadió.

—He visto parte de tu trabajo —comentó—. Hay una tensión interesante entre control y deriva.

Ella inclinó ligeramente la cabeza. No respondió de inmediato.

—Trabajo para que esa tensión no se resuelva —dijo al fin—. Si se estabiliza, deja de ser útil.

William sonrió apenas. No era una sonrisa de cortesía.

—Eso se nota —replicó—. En escultura es más difícil sostenerlo. La materia siempre quiere imponerse.

Hablaron durante varios minutos. De procesos, no de trayectorias. De límites autoimpuestos, no de éxitos. William escuchaba con atención real. Cuando hablaba, no lo hacía para ocupar espacio. Elena percibió ese equilibrio y lo valoró. No había coqueteo evidente. Tampoco distancia defensiva. Algo se ajustaba en un punto intermedio.

Durante un instante impreciso, Elena tuvo la sensación de estar calibrando algo que no pertenecía del todo al lugar ni al momento, y esa ligera desubicación —más física que emocional— la obligó a ajustar la postura, como si el cuerpo hubiera llegado a una conclusión antes que ella. Un segundo la hizo preguntarse si esa facilidad para calibrar su presencia no era también un aviso de cuánto podía trastocar su equilibrio habitual. Se enderezó apenas, liberando un brazo que había mantenido tenso, mientras respiraba con más profundidad, midiendo la figura que ocupaba el aire entre ellos.

El ruido de la fiesta parecía atenuarse alrededor. No desaparecía; se volvía fondo. Elena notó su propio cuerpo más presente: el peso del vaso en la mano, la postura de los hombros, la respiración acompasada. No era nerviosismo. Era conciencia.

—¿Te abruma este tipo de encuentros? —preguntó William, con naturalidad.

—No —respondió ella—. Me fatiga la superficialidad, no la gente.

—Entonces estamos en el mismo sitio —dijo él.

No intercambiaron números. No hicieron promesas implícitas. Cuando se separaron, fue sin gesto dramático. Elena se quedó un rato más; luego se marchó. Caminó de regreso a casa sin prisa. Pensó en la conversación, no en el hombre. En la forma en que algunas presencias no desordenan, sino que amplían el campo. No le incomodaba esa ampliación. Lo que le resultaba menos familiar era la facilidad con la que había aceptado no cerrarla.

Esa noche durmió con facilidad.

II — Senegal

La llamada de John llegó tres días después, temprano. Elena estaba en el estudio, revisando una obra que empezaba a adquirir densidad propia. El teléfono vibró. Lo tomó sin mirar la pantalla.

—Hola —dijo.

—Hola —respondió él—. ¿Tienes un momento?

La forma de preguntar ya contenía la noticia.




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