CAPÍTULO XXX — Campos de fuerza II
I — En el estudio
Elena abrió la puerta del estudio y dejó que el silencio del espacio la envolviera. El lienzo frente a ella estaba a medio desarrollar, manchas de color que parecían resistirse a organizarse en forma definitiva. El aroma a óleo y madera caliente llenaba el aire. Había algo expectante en ese olor, como si cada partícula de polvo suspendida contuviera la promesa de un descubrimiento inminente.
Se acercó al lienzo con el taburete a un lado, apoyó la mano en la pintura húmeda y respiró hondo. Las decisiones recientes, la conversación con John, la presencia de William, todo se amalgamaba en un espacio que no era emocional ni físico: era mental, concreto y flotante a la vez.
El pincel se movió con lentitud. Cada trazo medía no solo el color, sino la densidad de lo que quería sostener y lo que debía dejar ir. No existía urgencia ni drama; únicamente una exigencia silenciosa: mantener la tensión sin resolverla, como le había dicho William.
Un golpe suave en la puerta la sobresaltó. Era John, por videollamada. La pantalla proyectaba su rostro en la esquina del estudio.
—Hola —dijo él, con una voz que sonaba levemente cansada pero estable.
—Hola —respondió ella, apartando el pincel un instante—. ¿Todo listo allá?
—Sí. Aterrizo mañana en Dakar. Zona de operaciones ya asignada. No te voy a engañar: será intenso.
—Lo sé —replicó Elena, sin mirar la pantalla—. No será fácil para ninguno de los dos.
El silencio que siguió no era incómodo. Era un espacio compartido que contenía la certeza de la distancia y la necesidad de planificarla. John observaba la obra sin interrumpirla. Ella percibió la curiosidad contenida, la atención de alguien que sabe que su presencia puede ser catalizadora sin invadir.
—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Cómo estás con todo esto?
—Trabajando —dijo Elena—. La obra exige más de lo esperado. No me deja pensar demasiado en la distancia.
—Eso me tranquiliza —dijo John—. Siempre encuentro en tu trabajo un refugio y un recordatorio de que todo sigue su curso.
Ella sonrió apenas, consciente de que esa coherencia imperfecta que había mencionado la noche anterior seguía funcionando. La pantalla proyectaba su calma contenida, pero también el vacío de la inminente ausencia.
—Voy a grabar algunas notas de lo que será mi cobertura —dijo John—. Te enviaré mensajes cuando pueda. No quiero que sientas que desaparezco completamente.
—Lo sé —respondió ella—. Solo que hay un límite entre el cuidado y la ocupación. Ambos sabemos dónde está.
Se despidieron sin alargar la conversación. Elena guardó el pincel, se acercó a la ventana y miró la ciudad iluminada. Cada luz parecía un punto de permanencia, firme en su lugar a pesar de la distancia. Sintió cómo su cuerpo se ajustaba, calibrando la tensión que John dejaba atrás.
II — Encuentro inesperado
Al día siguiente, mientras compraba materiales para la obra, lo vio nuevamente. William estaba al otro lado del pasillo, observando piezas de cerámica que ella apenas distinguía. No hubo saludo inicial. El reconocimiento fue inmediato y silencioso.
Se acercó, midiendo su presencia como antes.
—No esperaba encontrarte aquí —dijo él, con naturalidad.
—Yo tampoco —respondió Elena—. Busco algo que no sé nombrar.
—A veces lo que no se nombra es más revelador que lo evidente —comentó William—. Especialmente cuando trabajamos con límites.
Caminaron entre estanterías, cada uno midiendo el espacio que ocupaba el otro. Había curiosidad, sin necesidad de imponerse, un ajuste mutuo que no era ni invasión ni retirada. Elena percibió, sin sorpresa, que la tensión entre ellos mantenía un equilibrio delicado: ni demasiado cercana para incomodar, ni distante para perder información.
—Tu obra —dijo William—. Hay momentos en que parece contener la misma expectativa que tu conversación con John. Una tensión que no se disuelve, solo se reconoce.
Elena asintió. No era comentario halagador ni juicio; era calibración compartida.
Se separaron después de un instante que parecía más largo de lo habitual. No hubo promesas ni gestos dramáticos, solo la conciencia de que la proximidad podía ser medida sin urgencia. Elena continuó su camino, llevando consigo la misma sensación que había tenido la noche de la fiesta: algunas presencias no desordenan; expanden.
III — Ajustes
Al regresar al estudio, cerró la puerta y respiró hondo. El cuaderno estaba sobre la mesa. Lo abrió y escribió:
La distancia no borra la tensión; solo la redefine.
Se recostó unos minutos en el suelo, como la noche anterior, calibrando el peso de su cuerpo contra la pared, midiendo lo que podía sostener y lo que debía posponer. La ciudad seguía viva allá afuera, indiferente y precisa, y Elena reconoció en ese orden imperfecto una oportunidad de mantener coherencia: con su trabajo, con John, con ella misma.
Al levantar la vista, la obra frente a ella parecía diferente. Más desafiante, paciente y posible.
No había certezas. Solo campos de fuerza calibrándose entre presencias, distancias y decisiones.
IV — Cartografía de distancias
Elena se sentó nuevamente frente al lienzo, tomando el pincel con decisión contenida. La obra parecía retarla, como si exigiera una nueva estrategia: no resolver, solo sostener. Cada color, cada mancha, se convirtió en un registro de los últimos días: la conversación con John, la visita inesperada de William, la fiesta, los paseos por la ciudad. Todo calibrado en términos de peso y espacio.
Tomó el cuaderno y empezó a trazar esquemas. No dibujos literales, sino mapas de presencias y ausencias, líneas que indicaban cercanía, puntos que señalaban distancia. Cada trazo tenía su propio ritmo, su densidad específica. Era un ejercicio que combinaba arte y matemáticas, intuición y lógica: una cartografía emocional donde los elementos ocupaban sus lugares sin invadir otros.