Bajo las luces de Londres

Capítulo XXXI - Líneas de deriva

CAPÍTULO XXXI — Líneas de deriva

I — Superficies compartidas

La galería estaba llena antes de que Elena llegara. No estaba llena de gente —al menos aún—, sino de presencias latentes: luces encendidas, mesas cubiertas con telas blancas, vasos alineados, el eco tenue de pasos que ya habían pasado. Todo se disponía como un escenario que aguarda sin ansiedad.

Elena se detuvo en el umbral, apoyando la mano derecha en el marco de la puerta, no por inseguridad, sino por calibración. Aún llevaba en la piel el olor del estudio: aceite, madera, pigmento húmedo. Aquí el aire era distinto, más neutro e impersonal, con una nota metálica que le recordó hospitales o aeropuertos, lugares donde nada pertenece del todo a nadie.

Avanzó despacio. El suelo de cemento pulido devolvía una frescura ligera a la planta de sus pies, incluso a través de las suelas. A cada paso, sentía cómo su cuerpo reajustaba el centro de gravedad, como si el espacio exigiera una postura distinta.

William estaba junto a una de las paredes laterales, conversando con una mujer que Elena no reconocía. No la miraba. O, cuando lo hacía, era de un modo que no reclamaba respuesta. Esa era una de sus cualidades más inquietantes: podía percibir sin capturar.

Se acercó a una mesa con catálogos. Tocó uno al azar, más por anclaje táctil que por interés real. El papel tenía una textura ligeramente áspera, una resistencia mínima que se oponía a la yema de los dedos. Le agradó ese detalle: algo que no cedía al contacto inmediato.

—No sabía que vendrías tan temprano —dijo una voz detrás de ella.

Elena no se volvió de inmediato. Reconoció el timbre de William, esa mezcla de neutralidad y atención que nunca parecía dirigida del todo.

—No lo decidí —respondió—. Simplemente ocurrió.

Giró entonces. William la observaba con la cabeza apenas ladeada, como si midiera no su rostro, sino la distancia exacta entre ambos. No sonreía. Tampoco adoptaba expresión seria. Era un estado intermedio, de suspensión.

—La galería se ve distinta cuando aún no ha sido ocupada —comentó él—. Como una hoja antes del primer trazo. —O como un mapa sin rutas —añadió ella. —Ambos sirven para proyectar —replicó William—. Pero ninguno obliga.

Ella dejó el catálogo en la mesa, alineándolo con un gesto breve, casi meticuloso. Luego apoyó el dorso de la mano en el borde, sin descansar del todo el peso.

—¿Vas a quedarte mucho? —preguntó. —Lo suficiente para observar cómo se llena el espacio —respondió—. No por curiosidad social, sino por dinámica.

Elena asintió. Comprendía lo que quería decir. Había lugares que solo revelaban su verdadera estructura cuando alguien más entraba en ellos.

La mujer con la que William hablaba antes se había alejado. Ahora el espacio entre Elena y él estaba limpio, sin interferencias visibles. Aun así, ella percibía una vibración sutil, una especie de presión que no empujaba, pero tampoco se retiraba.

—John llegó a Dakar —comentó Elena, sin mirarlo directamente.

William guardó silencio un instante. Bajó la vista hacia el suelo, examinando una grieta casi invisible en el cemento.

—¿Y eso cambia algo ahora mismo? —preguntó finalmente. —No lo sé —admitió ella—. Por eso lo menciono.

Él alzó la mirada. No había juicio en sus ojos. Tampoco expectativa.

—A veces nombrar algo es una forma de ubicarlo —dijo—. Cómo colocar un objeto en una habitación para no tropezar con él después.

Elena notó cómo su respiración se ajustaba. Una inspiración más larga de lo habitual, seguida de una exhalación que soltó sin darse cuenta.

—Aquí hay demasiadas cosas todavía sin colocar —indicó, mirando alrededor. —Por eso es interesante —replicó William—. Un espacio saturado de posibilidades resulta más honesto que uno que se cree ya definido.

Un sonido de copas al chocar, al fondo, anunció que la gente empezaba a llegar. Voces superpuestas, risas tenues, pasos. La galería comenzaba a llenarse.

Elena sintió el cambio de inmediato. No como amenaza, sino como una alteración del campo: más cuerpos, temperaturas y vectores.

William dio un ligero paso atrás, no para alejarse, sino para permitir que el flujo los rodeara.

—Esto es lo que quería contemplar —afirmó—. Cómo se comportan las superficies cuando ya no están vacías.

Elena lo observó mientras otras personas se interponían entre ellos, cortando y restableciendo la línea de visión. Pensó que quizás esa era la verdadera prueba: no la proximidad, sino la coexistencia.

II — Señales superpuestas

El teléfono vibró en el bolso de Elena cuando estaba frente a una de las piezas centrales de la exposición. No lo sacó de inmediato. Dejó que la vibración se disipara sola, como una onda que pierde energía al expandirse.

La obra era una estructura de metal y tela translúcida. Capas superpuestas dejaban entrever lo que había detrás, sin mostrarlo por completo. Una coincidencia demasiado evidente para ser mera casualidad.

Sacó el teléfono. Un mensaje de John: “Conexión inestable. Todo sigue según lo previsto. Pienso en ti”.

Elena leyó despacio. No importaba la extensión, sino que cada palabra tenía un peso específico. Sintió una presión leve en el pecho, apenas perceptible, no desagradable, pero sí tangible. Una presencia que no estaba allí, y sin embargo ocupaba un espacio determinado.

—¿Noticias? —preguntó una mujer a su lado, una curadora según recordaba vagamente. —De lejos —respondió Elena.

Guardó el teléfono sin contestar aún. No por cálculo, sino por necesidad de un margen: un espacio entre estímulo y respuesta.

William reapareció a su lado, como si hubiera leído el cambio en su postura. Tenía una copa en la mano, sostenida por el tallo, sin apretarla ni beber.

—Algo se movió —dijo. —Siempre se mueve algo —replicó ella. —No así —insistió—. No con ese tipo de densidad.

Elena lo miró. Sus ojos no estaban en ella, sino ligeramente a un costado, como si observara una línea invisible que los atravesaba.




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