CAPÍTULO XXXIII — Ecos de ausencias
Elena volvió a su apartamento con la sensación de vacío acumulado. El teléfono yacía silencioso sobre la mesa, inútil y distante; cada vibración imaginaria se transformaba en sobresalto, la luz ausente recordándole que John no había llamado. Durante días había intentado comunicarse: llamadas sin respuesta, mensajes sin confirmación, la pantalla siempre quieta. La inquietud se alojaba en el pecho, entre las costillas y la clavícula, tensando la respiración sin que ella lo notara del todo.
Se sentó en el sillón junto a la ventana, con el café tibio sobre la mesita. Observó cómo la luz del atardecer filtraba los cristales, difusa y melancólica, como un matiz que no terminaba de definirse. Las sombras avanzaban con lentitud, subrayando la ausencia de señales, la incertidumbre que se adhería a cada rincón del apartamento. Intentó distraerse: recorrió con la mirada los libros, los lienzos apoyados en la pared, el polvo suspendido en los haces de luz. Todo estaba en silencio, excepto por los ruidos mínimos del edificio: el ascensor crujía a lo lejos, un goteo irregular de agua, pasos que nunca coincidían con su propio ritmo.
El teléfono vibró con un sobresalto súbito. Elena contuvo la respiración, anticipando el nombre en pantalla. Era William. La sorpresa se mezcló con tensión nerviosa; el llamado parecía inesperado y, al mismo tiempo, oportuno. Atendió con voz medida:
—Hola.
—Elena —dijo él, casual pero firme—. ¿Te apetecería comer fuera hoy? He reservado un lugar en las afueras de Nueva York, un club privado para artistas. No suelo invitar a nadie, pero… pensé en ti.
Elena dudó. Sus labios se apretaron; su mirada recorrió la habitación buscando justificación para declinar. Sin embargo, algo en la claridad de su voz la hizo asentir:
—Está bien. Iré.
El trayecto en coche fue silencioso. La ciudad giraba con normalidad, indiferente al malestar que se había instalado en su interior. William conducía con calma, manos firmes sobre el volante, comentando de manera ocasional detalles de exposiciones recientes, obras del club y la ejecución de los artistas. Elena escuchaba, pero su atención estaba fragmentada: los semáforos, las curvas, cada reflejo del entorno urbano a través de los cristales la devolvía al teléfono mudo, a la ausencia de John, a la posibilidad de que algo hubiera cambiado sin su conocimiento.
Mientras atravesaban puentes y avenidas secundarias, notó cómo la luz del atardecer se transformaba en un resplandor metálico sobre los edificios. Sus hombros se tensaron con la repetición de cada semáforo, y el olor del cuero del asiento mezclado con el café todavía tibio del termo le recordaba que estaba viva, atrapada en la espera. La respiración parecía sincronizarse con el tic-tac del reloj del tablero del coche, convirtiendo el trayecto en una especie de ritual silencioso.
Llegaron al club. La fachada discreta y elegante contrastaba con la intensidad de lo que sentía. La puerta giró en sus dedos y un aroma a madera barnizada, especias sutiles y un perfume indefinible flotaba por las esculturas y pinturas, acariciando el aire con un dejo intangible. La iluminación, cálida y regulada, evitaba reflejos directos, dirigiendo la atención hacia las obras. Elena respiró profundo, absorbiendo matices: la textura de la alfombra bajo sus pies, el peso del mantel sobre sus palmas al sentarse, la temperatura que oscilaba entre lo acogedor y lo ligeramente intrusivo.
El menú estaba dispuesto con esmero. Los platos parecían una pequeña escultura, una composición de colores y texturas que desafiaba el orden habitual. Mientras William hablaba de los matices de las exposiciones, Elena notó la respiración ligera del camarero al servir el primer plato, el tintineo de cubiertos sobre la porcelana y el aroma profundo del vino que se deslizaba entre sus manos. Su cuerpo seguía alerta, midiendo cada movimiento propio y ajeno, consciente de la tensión que John ausente dejaba en su pecho.
Durante la comida, él hablaba con fluidez contenida, casi ritual. Cada frase parecía calibrada, insinuando cercanía, generando complicidad sin invadirla. Elena respondía con economía, dejando espacios entre las palabras. Sus dedos jugaban con la servilleta, dibujando pliegues que nadie notaría. Su mirada alternaba alrededor de la ventana, los cuadros y los movimientos de William, evaluando gestos, pausas y tonalidades.
—Elena —dijo él, bajando la voz apenas—, me gustaría verte más a menudo. No hablo solo de exposiciones, sino de… compartir tiempo.
Elena tragó con dificultad. Sus manos se cerraron sobre la copa de agua, percibiendo el frío del vidrio. La propuesta no era inesperada, pero la ausencia de John añadía un lastre intangible a su respuesta. Su corazón latía con ritmo controlado, intentando equilibrar prudencia y cortesía.
—William… —empezó, suave pero firme—, hay algo que no puedo ignorar. John no ha dado señales. No puedo… no sería justo.
Él asintió, sin insistir, pero su mirada transmitía algo más que comprensión: interés persistente, contenido, respetuoso. Los minutos transcurrieron sin prisa; Elena probaba la comida, saboreando cada bocado sin abandonarse al placer por completo. El aroma y sabor amplificaba la conciencia de su indecisión.
Después de comer, caminaron por un pequeño jardín interior. Las luces bajas proyectaban sombras alargadas sobre los muros, haciendo que las esculturas parecieran moverse ligeramente. Elena se permitió unos segundos de tranquilidad, absorbiendo la textura de la piedra, el aroma a tierra húmeda y la brisa apenas perceptible. William permanecía cerca, a una distancia respetuosa, atento a cada gesto y micro -expresión.
—Elena —dijo al final—, entiendo tu posición. Pero me gustaría que consideraras… aunque sea poco a poco.
Ella lo miró, evaluando la sinceridad de sus palabras, la tensión que se había instalado en su pecho durante días. Sintió que su cuerpo respondía: un hormigueo en los hombros, presión en la base del cráneo, la leve inclinación hacia él sin quererlo del todo. La respuesta surgió con calma: