Bajo las luces de Londres

Capítulo XXXIV - Geografía del silencio

CAPÍTULO XXXIV — Geografía del silencio

La mañana en que Elena decidió acudir a la embajada británica amaneció con un cielo opaco, de un gris suspendido que no prometía lluvia pero tampoco claridad. Se levantó antes de que sonara el despertador; el cuerpo había incorporado la vigilia como una disciplina impuesta por la inquietud. El teléfono permanecía inmóvil encima de la mesilla, sin señales nuevas, sin variaciones en el registro de llamadas. John continuaba siendo una ausencia compacta, cerrada sobre sí misma, sin fisuras visibles por donde entrar.

Se preparó con movimientos precisos, casi administrativos. La ducha fue breve; eligió ropa sobria, funcional, y recogió el cabello sin esmero. No buscaba consuelo estético ni una imagen que la protegiera del mundo exterior: necesitaba eficacia, una forma de orden que compensara el desajuste interno. Mientras cerraba el apartamento, pensó en la paradoja que la empujaba hacia la embajada: acudir a una institución extranjera para reclamar noticias de alguien que, en teoría, había viajado por voluntad propia, amparado por credenciales, protocolos y una agenda internacional cuidadosamente diseñada. Sin embargo, esa arquitectura de seguridad llevaba días desmoronándose.

El trayecto hasta la sede diplomática transcurrió entre calles congestionadas y silencios interiores. Observó los escaparates, los peatones detenidos en los cruces, los semáforos que regulaban con precisión el flujo de una ciudad ajena a su ansiedad. Pensó en Dakar, en la distancia geográfica y simbólica que separaba ese punto del mapa de su rutina cotidiana. La palabra comitiva resonaba en su mente con una seguridad engañosa: grupo, organización, respaldo. Ninguna de esas nociones había impedido el silencio.

El edificio de la embajada se alzaba con una sobriedad calculada. Fachada limpia, bandera discretamente visible, vigilancia constante aunque no ostentosa. Al cruzar el control de acceso, Elena sintió un leve temblor en las manos; no era miedo, sino la conciencia de ingresar en un territorio donde el lenguaje debía medirse con exactitud. Allí, cada palabra podía abrir o cerrar puertas, activar mecanismos o bloquearlos.

La condujeron a una sala de espera de tonos neutros. Una mujer revisaba documentos con gesto concentrado; un hombre hojeaba un folleto sin atención real. El reloj marcaba el tiempo con una puntualidad implacable, ajena a la urgencia subjetiva. Cuando pronunciaron su nombre, Elena se levantó de inmediato.

—Señora —dijo el funcionario al recibirla—, por favor, tome asiento.

Rondaba los cincuenta años. Traje oscuro, expresión entrenada para la escucha sin implicación visible. Se presentó con un tono correcto, casi aséptico.

—¿En qué podemos ayudarla?

Elena respiró hondo antes de responder. Había ensayado mentalmente ese momento, pero las frases se reorganizaron al salir, despojadas de toda retórica.

—Mi pareja, John Hargreaves, ciudadano británico, viajó hace más de dos semanas a Dakar como parte de una comitiva periodística internacional. Desde entonces no tengo noticias suyas. No responde llamadas ni mensajes. Necesito saber si existe algún registro, alguna información oficial.

El funcionario asintió con lentitud. Tomó nota, pidió datos adicionales, solicitó fechas, nombres de medios, acreditaciones. Elena entregó copias de pasaporte y documentos de prensa. Mientras él revisaba los papeles, el silencio se espesó.

—¿El señor Hargreaves notificó su itinerario completo al consulado antes del desplazamiento? —preguntó sin levantar la vista.

Elena dudó apenas un segundo.

—Informó de los lugares previstos y de la duración aproximada del viaje. No de cada movimiento. Era una misión periodística, no una operación oficial.

El hombre levantó la mirada, evaluando el matiz de la respuesta.

—Comprendo. Se lo explico para que tenga el marco completo: cuando un ciudadano británico se desplaza al extranjero por motivos profesionales, especialmente a regiones con cierto grado de inestabilidad, existen protocolos de seguimiento. No siempre son inmediatos ni visibles para terceros, y dependen en gran medida de la información previa disponible.

—Lo entiendo —respondió Elena, conteniendo la impaciencia—, pero el silencio no estaba previsto. John solía comunicarse con regularidad. Esto no es normal.

El funcionario asintió de nuevo.

—Tomamos nota de ello. Iniciaremos una verificación con nuestro consulado en Senegal y con las autoridades locales competentes. Necesitaremos algo de tiempo.

—¿Días? —preguntó ella.

—No puedo precisarlo —contestó con diplomacia—. Depende de la información disponible en terreno.

Elena aceptó la respuesta sin discutir. Antes de marcharse, añadió:

—Si hubiera cualquier novedad, por mínima que sea, le agradecería que se pusieran en contacto conmigo.

—Así lo haremos.

Al salir, tuvo la sensación de haber depositado su angustia en un sistema que no se regía por la urgencia emocional. El aire exterior le pareció más denso. Se apoyó unos segundos contra la pared del edificio; un mareo leve la obligó a cerrar los ojos. Respiró despacio hasta recuperar el equilibrio.

William la esperaba a unos metros, apoyado en su coche. Había insistido en acompañarla sin invadir, ofreciendo presencia sin interrogatorios. Al verla, se incorporó de inmediato.

—¿Cómo ha ido?

Elena negó suavemente con la cabeza.

—Han tomado los datos. Dicen que contactarán con Dakar.

William frunció el ceño.

—Eso significa que, al menos, el proceso está en marcha.

—Sí —respondió ella—. Pero todo se mueve a un ritmo que no tiene nada que ver con lo que siento.

Caminaron sin rumbo fijo durante unos minutos. El silencio se tensó hasta que William habló con cautela.

—Elena, no quiero sobrepasar ningún límite, pero te veo agotada. Esto te está consumiendo.

—No sé cómo no iba a hacerlo —replicó ella—. Es como sostener una conversación unilateral con el vacío.




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