Bajo las luces de Londres

Capítulo XXXV - La cortesía del abismo

Capítulo XXXV - La cortesía del abismo

La llamada no terminó. Se disolvió. No hubo cierre, solo una suspensión metálica que dejó el aire vibrando como un cable tenso.

Las palabras oficiales cayeron una tras otra: crisis, protocolos, multilaterales, discreción, gestión consular. Cada término levantó un muro nuevo entre Elena Watkins y John. La voz institucional no mentía: simplemente no sentía. Esa ausencia de temperatura resultó más violenta que cualquier grito.

Cuando colgó, el silencio dejó de ser vacío: adquirió relieve. Traía mapas, armas, carreteras polvorientas y un nombre que respiraba hostilidad: norte de Senegal. No era solo un lugar en un mapa: era un terreno donde la política, la ley y la violencia se entrelazaban, y cualquier movimiento en falso podía empeorar lo irreversible. Elena lo entendía con claridad, aunque su cuerpo se negara a reaccionar.

William la sostuvo antes de que su cuerpo cediera. No la abrazó: la ancló. Su mano en la espalda no pedía nada; ofrecía gravedad.

—¿Qué ha pasado? —susurró, como si el edificio pudiera delatarla. —Lo han secuestrado.

La frase fue limpia, casi clínica. Precisamente por eso, devastadora.

A su alrededor, la embajada seguía funcionando con la precisión de una máquina bien aceitada: pasos medidos, puertas suaves, murmullos calculados. Nadie la miraba de frente, pero todos sabían que su mundo acababa de fracturarse.

Un funcionario apareció, menos pulido, más humano, con una carpeta azul que parecía un escudo.

—Señora Watkins… este es un momento extremadamente difícil.

Elena lo observó sin verlo.

—No lo entiende nadie —respondió—. Ninguno que no esté aquí.

El hombre respiró con cautela:

—Lo más prudente es que regrese a su domicilio. El proceso ya está en marcha.

William intervino sin levantar la voz:

—¿Y si ella necesita quedarse?

La respuesta llegó envuelta en cortesía y hielo:

—Su presencia aquí no cambia nada… salvo su sufrimiento.

La frase cayó como una sentencia invisible.

Elena lo miró:

—Así que debo volver a casa y esperar. —Por ahora —dijo él—. Es lo más responsable.

Responsable. Una palabra que salva sistemas, no vidas.

William se inclinó hacia ella.

—No estás en condiciones de seguir aquí. —¿Quieres que me vaya? —Quiero que estés a salvo. No es lo mismo.

Elena aceptó sin asentir. Asentir habría sido rendirse.

El coche avanzó por una ciudad intacta: gente que reía, semáforos obedientes, repartidores con cajas idénticas. La normalidad se volvió obscena.

Elena miraba sin ver. La palabra secuestro empezó a vaciarse y, al hacerlo, se volvió más terrible.

William habló sin urgencia:

—No tienes que hablar, pero tampoco callar. —Todo suena inútil. —No tiene que ser útil, solo ser tuyo.

La frase la atravesó. El apartamento ya no era refugio: era archivo de una ausencia. La taza con poso oscuro. El reloj detenido, como un corazón que se negó a seguir el ritmo del mundo. El teléfono vibrando con mensajes que no llegaban.

—Llevo días mirándolo —dijo—. Esperando un nombre que ya sé que no vendrá.

William no mintió para consolarla:

—Quizá no ahora. Pero el ahora no es el final.

Ella lloró sin ruido, como quien teme romper algo irrecuperable.

—No quiero ser fuerte —susurró. —Entonces no lo seas —respondió él.

El teléfono volvió a sonar. Número desconocido. La misma voz institucional, neutra, impecable:

—No hay novedades. Manténgase disponible.

Elena colgó y miró a William.

—Nada. —Era lo esperable —contestó—. Aun así es cruel.

Se sentaron en penumbra. El reloj seguía detenido. La ciudad respiraba sin ellos.

Antes del amanecer, Elena habló sin abrir los ojos:

—Tengo miedo… también por mí. —Eso es lo más honesto que has dicho hoy —respondió William.

Fuera, el mundo continuó. Dentro, comenzó la espera. No era pasiva: era resistencia silenciosa. Aunque el abismo permaneció abierto.

William condujo sin música. El motor respiraba con una regularidad casi insultante: nada en el mundo debería funcionar con tanta precisión después de lo sucedido esa mañana. El parabrisas devolvía una luz tibia de media tarde que no encajaba con el peso en su pecho. La ciudad parecía empeñada en seguir viva con una alegría insolente.

Pensó en Elena antes que en sí mismo, en su casa, en el teléfono que ahora era un instrumento de tortura. Después en Canadá.

La convención llevaba meses programada: galeristas, curadores, críticos internacionales, artistas consagrados exhibiendo sus últimas obras como si el mundo aún pudiera permitirse la belleza sin temblar. Su nombre figuraba en el programa principal. Había preparado su intervención con disciplina casi militar: bocetos, diapositivas, notas conceptuales, un discurso medido sobre la relación entre memoria y materia.

De pronto, todo le pareció irreal. Casi indecente.

El semáforo cambió a rojo. William apoyó la frente en el volante un segundo que se estiró demasiado. El coche detrás pitó con impaciencia. Levantó la cabeza, avanzó… y metros después giró bruscamente en una rotonda sin mirar atrás.

Regresó.

La casa lo recibió con la calma traicionera de siempre: fachada limpia, persianas alineadas, jardín que olía a humedad reciente. Aparcó torcido, como si el orden ya no le importara.

Entró y dejó el maletín junto a la puerta. La casa olía a pintura seca y café helado. En el estudio, los lienzos lo miraban como testigos mudos: azules profundos, grises cortados por líneas de óxido, figuras humanas casi borradas por la textura.

Se sentó frente al caballete. No pintó. No dibujó. Se quedó mirando un punto invisible en la pared, escuchando el eco de la voz de Elena en su cabeza: “Nada”.

Sacó el móvil. Abrió el chat con el organizador de la convención. Escribió, borró, volvió a escribir:

Urgencia personal. Viajaré más tarde. Confirmo mañana.




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