Bajo las luces de Londres

Capítulo XXXVI - El peso de una noche perfecta

Capítulo 36 - El peso de una noche perfecta

Montreal

El avión descendió sobre Montreal con una suavidad que resultó ofensiva. Desde la ventanilla, la ciudad se desplegaba en líneas precisas de luz blanca y ámbar, una cuadrícula ordenada que no admitía caos. Elena sostuvo la mirada en ese dibujo geométrico como si pudiera encontrar en él una señal.

Cuando las ruedas tocaron la pista, el leve impacto la atravesó con una claridad inesperada.

Estoy aquí. Él no.

No era culpa. Era una fisura. William no habló hasta que el avión se detuvo por completo.

—Ya hemos llegado.

Elena asintió. Llegar no significaba nada. El tiempo no se medía en kilómetros.

El trayecto hacia el centro fue silencioso. Montreal respiraba una noche limpia, casi cortante. Los edificios del downtown se alzaban con una elegancia contenida, cristal y piedra iluminados con precisión matemática. Nada parecía improvisado o roto.

El Ritz-Carlton emergía sobrio, aristocrático, con una fachada de piedra clara que no necesitaba exagerar su prestigio. Un portero abrió la puerta con un gesto exacto. El interior olía a flores blancas y madera encerada. Todo estaba diseñado para que nada perturbara.

Elena sintió una incomodidad física ante tanta perfección.

—Bienvenidos, señor Hale —dijo la recepcionista—. Sus habitaciones están listas.

"Habitaciones".

William no la miró al oír la palabra, pero ella lo notó. El ascensor ascendió con un murmullo apenas perceptible. En el espejo, su reflejo parecía el de alguien que había olvidado cómo habitar su propio rostro.

Cuando la puerta de su habitación se cerró, el silencio fue inmediato. No tenía la densidad del apartamento en Nueva York; era una calma neutral, de hotel de lujo, donde ninguna historia pesa más que otra.

El dormitorio era amplio, tonos marfil y azul profundo, sábanas impecables, cortinas gruesas como telones. Todo impecable y ajeno.

Dejó el bolso y se miró en el espejo. Se tocó el pómulo, la garganta, como si comprobara que seguía allí.

Él podría estar atado. Con frío. Con miedo.

La idea no llegó con dramatismo; lo hizo con precisión. Entró al baño. Mármol blanco. Grifería cromada. Toallas dobladas con una exactitud casi militar.

Abrió la ducha.

El agua cayó con fuerza constante. Se desnudó despacio, sintiendo el peso de cada prenda al desprenderse. Cuando estaba caliente, tocó su piel; el cuerpo reaccionó antes que la mente: tensión, temblor, un nudo que subía desde el estómago hasta la garganta.

Apoyó las manos contra la pared de mármol.

No estoy abandonándote.

El vapor ascendía, envolviéndola en una niebla íntima. Cerró los ojos. El agua recorría su espalda, sus hombros, sus clavículas tensas. Sintió una punzada de rabia inesperada.

No puedo hacer nada.

Esa era la verdad desnuda. El llanto no fue violento. Fue silencioso, casi disciplinado, mezclado con el sonido del agua. Una liberación mínima que no resolvía nada.

Se obligó a respirar hondo. A sentir el aire entrar. A contar.

Uno. Dos. Tres.

Cerró el grifo. El silencio regresó. Esta vez menos hostil.

En la habitación contigua, William se quitó la chaqueta y se acercó a la ventana. La ciudad brillaba con una seguridad casi arrogante.

Sacó el móvil. Buscó un restaurante. No algo agradable: algo impecable. Algo que obligara a la mente de Elena a desplazarse unos centímetros fuera del abismo.

Reservó en un restaurante de alta cocina francesa, discreto, exclusivo.

—Esta noche. Dos personas.

Confirmado. Dejó el teléfono y permaneció inmóvil unos segundos. Sabía que nada de eso resolvía el secuestro. Pero quedarse quieto era aceptar la impotencia absoluta.

Y eso tampoco podía permitírselo.

Cuando Elena salió del baño, el cabello húmedo cayendo sobre los hombros, se sentía levemente anestesiada. Se había puesto un vestido negro sencillo. No era seducción. Era armadura.

Llamaron a la puerta:

—¿Estás bien? —preguntó William.

—Sí.

Abrió.

Él la observó con atención silenciosa. No había maquillaje suficiente para ocultar el agotamiento.

—He reservado mesa para cenar.

—Está bien.

No había entusiasmo, ni resistencia. La noche era fría, limpia. El aire despejó su mente con una claridad casi dolorosa. Las luces de las vitrinas, conversaciones en francés, pasos rápidos sobre la acera.

Elena caminaba con la sensación de que todo pertenecía a otro plano de realidad.

—No tienes que fingir —dijo William.

—No estoy fingiendo.

—Entonces estás resistiendo.

Ella lo miró.

—Resistir no es lo mismo que estar bien.

Él aceptó la precisión.

El restaurante estaba iluminado con una calidez controlada. Cristalería perfecta. Manteles blancos sin una sola arruga. El aroma a mantequilla, vino y hierbas tostadas flotaba en el aire.

El maître los condujo a la mesa. Elena reconoció, sin quererlo, rostros familiares: un actor internacional cuya imagen había visto en portadas; una actriz famosa inclinándose hacia alguien con una sonrisa estudiada.

La vida seguía. Con lujo. Con risas.

El contraste le provocó un vértigo leve.

Pidieron vino. Elena lo llevó a los labios. El sabor era complejo, profundo. No logró tragar con naturalidad.

El primer plato llegó como una pieza escultórica. Sabores precisos, equilibrados. William habló sobre la técnica culinaria, intentando ofrecer una conversación que no exigiera emociones.

Ella lo escuchaba a medias.

John analizaría la textura. Haría una broma sobre la porción.

La imagen fue tan vívida que tuvo que dejar el tenedor.

—Lo estás pensando —dijo William, sin acusación.

—Siempre.

La palabra quedó suspendida.

Él dejó los cubiertos.

—No quiero ocupar ningún espacio que no me corresponde.

—No puedes —respondió ella, sin dureza.




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