Bajo las luces de Londres

Capítulo XL - El inicio del camino

Capítulo XL - El inicio del camino

Aquella noche tras su llegada a Londres, Elena no logró dormir.

El apartamento permanecía en silencio. No era una calma profunda, sino la que dejan las ciudades cuando bajan el ritmo sin detenerse. En contadas ocasiones llegaba desde la calle el paso de un coche tardío, el golpe seco de una puerta en el edificio vecino, el rumor lejano del metro atravesando las entrañas de la ciudad.

Ella se movía entre las habitaciones con una lentitud que no nacía del cansancio. Era una vigilia sin dramatismo. La luz de la cocina permanecía encendida. Sobre la mesa había dejado el cuaderno negro, el teléfono y el pasaporte.

Se sentó.

Abrió el cuaderno por la página donde había escrito una sola palabra.

Senegal.

Se quedó mirando la palabra más tiempo del necesario. No recordaba haberla escrito con esa firmeza. Cerró el cuaderno sin convencerse del todo de que aquello fuera una decisión, aunque ya no supiera volver atrás.

La tinta se había secado. La palabra parecía más firme que cuando la escribió en el avión, como si el papel hubiera aceptado su peso.

Se levantó y caminó hacia la ventana. Londres estaba cubierto por una nube baja. Las farolas dibujaban círculos amarillos sobre el asfalto húmedo. Un autobús nocturno cruzó la avenida con su interior casi vacío.

Apoyó la frente contra el cristal y pensó en John.

No en una escena concreta. Más bien en la forma en que él escuchaba. Tenía la costumbre de inclinar un poco la cabeza cuando alguien hablaba, como si quisiera captar algo que se escapaba al resto.

También recordó el viento de la última llamada. El ruido del aire atravesando el teléfono y luego el corte.

La memoria no ofrecía más.

Elena se apartó de la ventana.

Miró el reloj. Las tres y media.

El sueño no llegaría.

Encendió la cafetera. El sonido del agua al calentarse llenó la cocina. Preparó una taza y se sentó otra vez en la mesa.

Bebió despacio.

El tiempo pasó sin forma definida.

A las cinco comenzó a clarear. La nube gris que cubría la ciudad perdió densidad y dejó pasar una claridad débil. El cielo adoptó ese tono pálido que precede al día.

Dejó la taza en el fregadero.

Preparó algo ligero para comer. Pan tostado, un poco de queso, una manzana cortada en cuatro. No tenía hambre, pero el cuerpo reclamaba un gesto normal.

Después se duchó.

El agua caliente cayó sobre sus hombros y recorrió la espalda con una sensación de limpieza que no borraba el cansancio acumulado. Cerró los ojos unos segundos.

Cuando salió del baño, la ciudad ya estaba despierta.

El tráfico había ganado presencia. Voces en la acera. Un camión de reparto detenido frente al edificio.

Se vistió con ropa sencilla: vaqueros, una camisa clara y una chaqueta fina. Se recogió el cabello con una banda elástica y regresó a la cocina.

El teléfono seguía sobre la mesa.

Lo miró durante unos segundos.

Después marcó.

Patrick respondió al cuarto tono.

—Elena.

Su voz llevaba la gravedad de quien reconoce el número antes de contestar.

—Hola, Patrick.

—William me dijo que habías llegado anoche.

—Sí.

—¿Cómo estás?

La joven tomó aire.

—Necesito hablar contigo.

Hubo un breve silencio.

—Supongo que tiene que ver con John.

—Sí.

—Pensé que llamarías.

Elena apoyó el codo sobre la mesa.

—He hablado con la embajada en Dakar.

—¿Y?

—No saben dónde está.

Él exhaló despacio al otro lado de la línea.

—Eso no es una buena señal.

—Tampoco una sentencia.

—Depende del terreno.

Ella no respondió.

Patrick continuó.

—¿Qué te dijeron exactamente?

—Que la hipótesis principal es Boko Haram. Sin confirmación. Ningún contacto verificable.

—Eso encaja con lo que escuché.

—¿Qué escuchaste?

Hubo un momento de duda antes de que Patrick hablara.

—Un convoy interceptado en el norte hace unos meses. No hubo comunicado oficial. Solo rumores entre periodistas locales.

—¿Había extranjeros?

—No lo sé.

Elena miró el cuaderno cerrado sobre la mesa.

—Voy a Senegal.

La palabra salió antes de que pudiera suavizarla.

Le molestó haberla dicho con tanta claridad.

Él no respondió al instante.

—¿Lo dices en serio?

—Sí.

—Elena…

—No voy a quedarme aquí esperando un informe que quizá no llegue.

Se dio cuenta, al decirlo, de que ya no estaba esperando respuesta. Eso la incomodó más de lo que quiso admitir. Aun así, no retrocedió.

Patrick dejó escapar una pequeña risa sin humor.

—Esto no es una exposición ni un reportaje de revista.

—No lo estoy tratando como una.

—El norte del país está lleno de zonas donde nadie responde por lo que ocurre.

—Precisamente por eso voy.

—Entonces entiendes el riesgo.

—Sí, y aun así voy a ir.

Lo dijo sin alzar la voz, pero sintió cómo le cambiaba el pulso al terminar la frase.

El silencio volvió a abrirse entre los dos.

Él habló con un tono más bajo.

—John nunca habría querido que hicieras esto.

—John habría hecho lo mismo.

—Eso es diferente.

—No tanto.

Patrick dejó pasar unos segundos.

—¿Cuándo piensas viajar?

—En unos días.

—¿Tienes contactos allí?

—No todavía.

—Eso es un problema.

—Por eso te llamo.

Él suspiró.

—Sabía que acabaríamos en este punto.

—¿Puedes ayudarme?

—Tal vez.

—Necesito saber por dónde empezar.

Patrick se levantó de su silla; Elena escuchó el roce de la madera al otro lado de la línea.

—En Dakar conozco a un fotógrafo senegalés. Se llama Mamadou Diop. Trabaja con varias agencias internacionales.

—¿Confías en él?

—Le salvé de un lío hace años en Nigeria. Desde entonces me debe algún favor.

—Eso puede servir.




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