Capítulo XLI — La llamada
Aquella tarde, Londres había entrado en la pausa que separa dos ritmos del día. El tráfico seguía
su curso en las avenidas principales, mientras las calles secundarias empezaban a llenarse con la
salida de oficinas y comercios. Elena regresó al apartamento con el cuaderno bajo el brazo
y el itinerario doblado en el interior.
Cerró la puerta con cuidado.
El silencio del interior era distinto al de la noche anterior. La indecisión había desaparecido.
Quedaba una calma práctica, propia de los lugares donde una decisión ya ha sido tomada.
Dejó el cuaderno sobre la mesa de la cocina.
Abrió la ventana unos centímetros. El aire llevaba olor a lluvia reciente y a café tostado de la
cafetería de la esquina. En la acera, dos estudiantes discutían junto a una bicicleta apoyada contra
una farola.
Elena miró el reloj.
Quedaban cuatro días para el vuelo.
Sacó el teléfono y se sentó.
Había una llamada que debía hacer antes de cualquier otra cosa.
Marcó el número del consulado británico en Dakar. La línea tardó en conectar. Durante
unos segundos escuchó el tono continuo de la transferencia internacional.
La voz que respondió tenía un acento neutro.
—Consulado británico, sección de asistencia a ciudadanos. ¿En qué puedo ayudarla?
Elena apoyó el codo sobre la mesa.
—Buenas tardes. Mi nombre es Elena Watkins. Llamo desde Londres.
—Sí, señorita Watkins.
—Viajaré a Dakar el martes. Quería confirmar mi llegada.
Hubo una pausa breve al otro lado.
—Sí. Tenemos una nota de la embajada en Londres.
Elena no respondió.
—El embajador Lawson nos informó de su desplazamiento —continuó el hombre—.
Solo necesitamos completar algunos datos.
Elena tomó la hoja del itinerario.
—Llegaré el martes por la tarde. Vuelo desde Londres con escala en París.
—Perfecto. ¿Tiene ya alojamiento?
—Sí. Voy a reservar en el Hilton.
—Es una buena opción. Nos facilita el contacto si fuera necesario.
—Esa es la idea.
El sonido del teclado llegó amortiguado por la línea.
—¿Viaja sola?
—Sí.
—¿Planea permanecer en Dakar durante toda su estancia?
Elena miró el cuaderno cerrado.
—Al principio.
La respuesta no pidió explicación.
El funcionario lo entendió.
—De acuerdo. Si decide desplazarse fuera de la capital, le agradeceríamos que nos lo comunique.
—Lo haré.
—¿Duración aproximada del viaje?
—Aún no lo sé.
—Entonces registraremos su estancia abierta.
Elena dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Quería añadir algo al registro.
—Dígame.
—La persona que busco.
Hubo un silencio breve.
—Sí, señorita Watkins. La embajada también mencionó ese punto.
Elena sostuvo el teléfono con más firmeza.
—Su nombre es John Hardgreaves.
El teclado volvió a sonar.
—Tenemos un registro de consulta anterior sobre él.
—Lo imaginaba.
—La consulta se realizó desde Londres hace dos días.
—Fui yo.
Hubo una pausa más larga que la anterior.
—La información disponible no ha cambiado —dijo finalmente—, aunque… —se detuvo un
instante — el registro no está completo.
Elena no se movió.
—¿A qué se refiere?
—Falta confirmación sobre su último punto de entrada en el país. Hay una referencia a Dakar,
pero no está validada por control fronterizo.
Elena miró la ventana.
—¿Eso significa que puede no haber llegado?
—Significa que no podemos asegurarlo.
Elena dejó pasar un segundo.
—¿Tiene motivos para pensar que se encuentra en Senegal? —preguntó el funcionario.
—Es lo último que sabemos.
—Profesión.
—Periodista.
El hombre exhaló con suavidad.
—Tenemos varios periodistas en la región en este momento.
—John no trabaja para una agencia grande.
—Eso complica localizarlo.
Elena no respondió.
El funcionario continuó.
—Señorita Watkins, nuestra capacidad de intervención depende de la información disponible.
Si el señor Hardgreaves se encuentra fuera de Senegal, la jurisdicción cambia.
—Lo entiendo.
—Aun así, si obtiene datos nuevos, comuníquelos.
—Lo haré.
El sonido del teclado se detuvo.
—Cuando llegue a Dakar, puede pasar por el consulado o llamarnos. Así confirmaremos su presencia.
—¿Está lejos del Hilton?
—No demasiado. Diez minutos en coche si el tráfico lo permite.
Hubo una breve pausa.
—Dependiendo de la hora.
Elena registró la corrección sin comentarla.
—Bien.
—Señorita Watkins.
—Sí.
—Dakar suele parecer tranquila para quien llega por primera vez.
—Eso dicen.
—Las ciudades costeras tienen ese efecto.
Elena guardó silencio.
—El mar crea la impresión de distancia respecto a lo que ocurre tierra adentro —añadió
el funcionario.
—¿Y no es así?
—No siempre.
Elena asintió, aunque el hombre no podía verla.
—Lo tendré presente.
—Es todo lo que podemos decir.
—Es suficiente.
—Entonces registraremos su llegada para el martes.
—Gracias.
—Buen viaje.
—Gracias.
La línea se cortó.
Elena dejó el teléfono sobre la mesa.
La llamada había durado menos de diez minutos. El apartamento seguía en silencio, pero la
sensación de claridad tenía ahora un borde menos definido.
Abrió el cuaderno.
Escribió en una página nueva:
Consulado británico — Dakar.
Debajo anotó el número de contacto.
Añadió una línea más, separada:
Registro incompleto.
Cerró el cuaderno y lo guardó en la mochila.
Se levantó y caminó hacia la ventana.
La tarde avanzaba. El cielo tenía un tono gris claro. La luz se reflejaba en los cristales de los
edificios de enfrente.