Capítulo XLII — El ruido de fondo
El amanecer en Heathrow tuvo la consistencia de una pantalla mal sintonizada. El gris de la niebla londinense se mezclaba con el reflejo de los paneles fluorescentes sobre el suelo de linóleo de la Terminal 5. Elena caminó por el pasillo de la zona de seguridad con el pasaporte en la mano izquierda y la mochila al hombro. Cumplió con los ritos automáticos del viajero contemporáneo: despojarse del abrigo, colocar el ordenador en la bandeja de plástico gris, cruzar el arco del escáner biométrico bajo la mirada neutra de un funcionario de aduanas. Todo ocurrió en un silencio operativo, roto solo por el pitido lejano de los carritos eléctricos y el murmullo de los pasajeros de negocios que facturaban hacia Fráncfort o Nueva York.
En la puerta de embarque del vuelo de Air France con destino a París, Elena se sentó frente a las cristaleras. Fuera, los aviones de fuselaje ancho se alineaban en las pistas como cetáceos varados bajo la llovizna. Miró su teléfono. No había mensajes nuevos. La ausencia de John seguía manifestándose de esa forma: un espacio vacío en las aplicaciones de mensajería, una última hora de conexión que se alejaba en el tiempo como un objeto arrojado al mar.
El primer tramo del viaje fue corto e irrelevante. El salto sobre el canal de la Mancha apenas duró una hora. En el aeropuerto Charles de Gaulle, la escala se redujo a una larga caminata por pasillos circulares de hormigón visto y alfombras descoloridas, un laberinto de controles donde el idioma cambió del inglés al francés sin que se alterara la temperatura del aire acondicionado.
A las trece horas, el Boeing 777 en dirección a Dakar inició el rodaje. Elena ocupó un asiento de pasillo en la sección central. A su lado, un hombre de negocios senegalés con un traje impecable leía un informe financiero en una tableta. A la izquierda, una pareja de cooperativistas franceses discutía en voz baja sobre la logística de un pozo en la región de Matam. Ella apoyó la cabeza en el respaldo de tela azul. Cuando el avión alcanzó la altitud de crucero, la pantalla individual del asiento delantero comenzó a trazar una línea roja sobre el mapa del norte de África. París, Burdeos, el cruce del Mediterráneo, la inmensidad ocre de Mauritania.
A través de las ventanillas ajenas, la luz fue perdiendo el tono pálido del invierno europeo. Se volvió una claridad blanca, dura, que obligó a los pasajeros a bajar las persianas de plástico. En el interior de la cabina, el aire se secó. Elena intentó leer el cuaderno de notas que llevaba en la mochila, pero sus ojos se fijaban en las mismas frases sin registrar el significado. Registro incompleto. Las palabras del funcionario consular de la tarde anterior regresaban con el zumbido constante de los motores.
Cinco horas después, el avión inició el descenso. El mapa en la pantalla mostraba la silueta de la península de Cabo Verde, el punto más occidental del continente. La megafonía anunció la llegada al Aeropuerto Internacional Blaise Diagne.
Cuando la escotilla se abrió, el aire de Senegal entró en la cabina como un golpe físico. No era solo el calor, que rozaba los treinta grados a pesar de la hora, sino la densidad: un vapor cargado de salitre, queroseno y el polvo sahariano en suspensión que los lugareños llamaban harmattan. Elena avanzó por el pasillo de la terminal, un edificio moderno de líneas limpias que parecía flotar en mitad de un páramo de tierra roja y baobabs secos, a cincuenta kilómetros del centro de Dakar.
El control de pasaportes fue lento. El funcionario examinó el documento de Elena bajo una lámpara de escritorio, introdujo los datos en el sistema con una cadencia deliberada y estampó el sello de entrada con un golpe seco de la tinta azul. Recogió su maleta de la cinta transportadora y se dirigió hacia la salida general. Las puertas automáticas de cristal se abrieron.
El vestíbulo de llegadas era un hervidero de ruido y rostros, pero el caos se concentró en un punto exacto en cuanto ella traspasó la línea de seguridad.
—¡Señorita Watkins! —El grito llegó desde la izquierda, en un inglés con acento francés—. ¡Elena! ¡Aquí!
Antes de que pudiera localizar la fuente de la voz, una ráfaga de flashes iluminó el vestíbulo. Media docena de fotógrafos se desplazaron en cuña, flanqueando a tres reporteros con micrófonos de mano cubiertos de espuma negra. La distancia de seguridad del aeropuerto saltó por los aires. Los objetivos de las cámaras se situaron a escasos centímetros de su rostro.
—¿Sabe si John Hardgreaves sigue retenido por las milicias en la frontera? —preguntó un hombre joven con una acreditación de prensa internacional colgada del cuello.
—¿Ha venido a pagar un rescate, señorita Watkins? —inquirió otra periodista, empujando un micrófono hacia sus labios—. El Foreign Office niega que haya una negociación en marcha. ¿Tiene un canal directo con los captores?
Elena se detuvo en seco. La maleta chocó contra sus talones. La luz de las cámaras le impedía ver el resto del vestíbulo. No daba crédito a lo que estaba ocurriendo. La sensación de anonimato en la que había viajado durante todo el día se disolvió en un segundo. ¿Cómo sabían que estaba en ese vuelo? La llamada al consulado de la tarde anterior había sido confidencial. O al menos eso creía ella. El pánico comenzó a cerrarse en torno a su garganta, no por el acoso físico, sino por la implicación de las preguntas: milicias, frontera, rescate. Nada de eso figuraba en las escuetas notas que la embajada le había proporcionado en Londres.
—No tengo declaraciones —alcanzó a decir, pero su voz fue sepultada por el estruendo de un nuevo grupo de preguntas. Un fotógrafo tropezó con un carrito de equipaje, provocando un estrépito metálico que aumentó la tensión en el pasillo.
—¡A un lado, por favor! —Una voz autoritaria, netamente británica, cortó el tumulto—. Aparten las cámaras. Seguridad del consulado. Muévanse.