Bajo las luces de Londres

Capítulo XLIII - Kermel

Capítulo XLIII — Kermel

La escalera de servicio del Hilton olía a pintura plástica reciente y a desinfectante industrial. Elena bajó los cuatro pisos evitando el ascensor, cuyos avisos sonoros habrían resonado en el pasillo central. La puerta de salida de emergencia daba a un callejón lateral donde se alineaban los contenedores de basura del hotel y los grandes compresores del sistema de aire acondicionado, que zumbaban con la fuerza de un motor de aviación. El calor la recibió de golpe, denso, cargado de la humedad del Atlántico que se condensaba en las paredes de hormigón.

Caminó rápido hacia la verja exterior, alejándose de la entrada principal donde el coche patrulla de la policía turística mantenía las luces encendidas. No miró atrás. A unos cien metros, en la avenida de los Almadies, una hilera de taxis amarillos y negros esperaba junto a la acera. Los conductores fumaban de pie, agrupados bajo la luz mortecina de una farola.

Elena se acercó al primero de la fila. El coche era un Peugeot 405 destartalado, con el parachoques sujeto con alambre y el parabrisas agrietado en el ángulo del pasajero.

—Al Mercado Kermel —dijo en francés—. Al centro.

El conductor, un hombre enjuto con una túnica azul oscura, la miró por encima del hombro antes de abrirle la puerta desde dentro.

—Dos mil francos CFA —dijo con voz monótona—. Por la autopista es más rápido, pero el peaje corre de su cuenta.

—Está bien. Muévase, por favor.

El motor arrancó con un traqueteo metálico que pareció sacudir todo el chasis. El taxi se incorporó a la avenida dejando atrás la burbuja fortificada de Almadies, con sus embajadas, sus villas de muros altos coronados con alambre de espino y sus restaurantes de cocina fusión para expatriados.

A medida que el coche avanzaba hacia el sur, devorando los kilómetros de la autopista urbana, el Dakar nocturno se desplegaba a través de la ventanilla como una radiografía de cemento y arena. No había el orden lineal de Londres, pero tampoco el caos pintoresco que la literatura de viajes solía asignarle a la región. Era una ciudad puramente funcional, dura, que crecía a golpes de necesidad económica. Enormes vallas publicitarias de compañías telefónicas iluminaban extensiones de terrenos baldíos donde varios jóvenes jugaban al fútbol a oscuras; más allá, las siluetas de las mezquitas de barrio recortaban el cielo grisáceo con sus minaretes iluminados con luces de neón verde.

Elena apoyó la cabeza en el marco de la ventanilla. El aire que entraba al coche estaba caliente y sabía a hollín. Pensó en la tarjeta de Miller que había dejado sobre la mesa de noche del hotel. Al salir de la zona de seguridad, había roto el contrato implícito con su propio gobierno. Si el taxi sufría un percance o si Ousmane Diallo resultaba ser una trampa, su nombre pasaría de la categoría de "familiar cooperante" a la de "imprudencia consular". El pensamiento no le produjo miedo; solo una vaga sensación de limpieza. El tablero se había simplificado.

El coche abandonó la vía rápida y se adentró en el distrito del Plateau, el viejo corazón colonial de la ciudad. Aquí las calles se volvían más estrechas, flanqueadas por edificios de tres plantas con balcones de hierro forjado carcomidos por el salitre y arcadas donde los comercios de telas de los libaneses ya habían bajado las persianas metálicas. La luz escaseaba. Los faros del Peugeot iluminaban intermitentemente a los peatones que caminaban por los márgenes de la calzada: hombres con hiyabs blancos, mujeres con vestidos de estampados geométricos que cargaban palanganas de plástico y perros famélicos que husmeaban entre los restos de los puestos de fruta.

El taxi se detuvo en una esquina oscura, a pocos metros de la silueta circular del Mercado Kermel. El edificio, una estructura de ladrillo visto de estilo mudéjar construida por los franceses a principios del siglo pasado, parecía una fortaleza dormida bajo la noche. Los puestos exteriores de artesanía y pescado estaban cubiertos con lonas azules atadas con cuerdas.

—Es aquí —dijo el conductor—. El café Le Progrès está detrás, en el callejón que baja hacia los muelles del puerto. No le aconsejo que camine despacio por esa zona a estas horas, señorita.

Elena le entregó un billete de cinco mil francos y no esperó el cambio. Bajó del coche. El ruido del motor del Peugeot alejándose la dejó a solas con el sonido del mar, que golpeaba los muelles invisibles a unas pocas manzanas de distancia. El olor a pescado podrido y a gasóleo era casi sólido.

Caminó por el lateral del mercado. El suelo estaba húmedo, cubierto de restos de verduras machacadas y escamas que brillaban bajo la única bombilla de la esquina. Unos pasos más adelante, un cartel de plástico descolorido con el logotipo de una marca de refrescos local indicaba la entrada de Le Progrès.

El local era apenas un pasillo de hormigón que se abría hacia un patio trasero. En el interior, tres hombres jugaban a las damas en una mesa de formica utilizando chapas de botella como fichas. Un televisor sin sonido, colgado del techo con cadenas, emitía un partido de fútbol de la liga francesa. El aire olía a tabaco de liar y a café de puchero.

Elena entró. Los jugadores ni siquiera levantaron la vista de las chapas, pero la atmósfera se volvió densa de inmediato. Cruzó el pasillo hacia el fondo, buscando la salida de servicio que Ousmane había mencionado. Allí, en un rincón en penumbra iluminado únicamente por el reflejo de la calle posterior, un hombre estaba sentado solo ante una botella de cerveza Gazelle a medio terminar.

Era robusto, de hombros anchos y piel muy oscura, vestido con una chaqueta de lona militar sin insignias y una camisa blanca de cuello abierto. Tenía el pelo rapado al cero y unas cicatrices sutiles en los pómulos, marcas de filiación étnica que delataban su origen en la región de la Alta Casamance. Sus ojos, pequeños y extremadamente vivos, siguieron a Elena desde que pisó el patio.




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