La lluvia caía con una fuerza despiadada sobre la ciudad de Valdoria, una metrópolis donde el lujo convivía con la corrupción y donde el poder no se medía por el dinero que aparecía en los bancos, sino por el miedo que inspiraba un nombre pronunciado en voz baja. Las luces de los rascacielos atravesaban la tormenta como cuchillas de cristal, mientras las sirenas de la policía sonaban a lo lejos, demasiado tarde para impedir otro crimen. Allí, las leyes pertenecían al gobierno durante el día. Pero cuando caía la noche, todo cambiaba. Entonces comenzaba el verdadero reinado. El imperio de Alessandro Vescari.
A cientos de metros sobre el suelo, en la última planta de la Torre Vescari, Alessandro permanecía inmóvil frente al enorme ventanal de su despacho. Vestía un traje negro perfectamente confeccionado, una corbata del mismo color y un reloj de acero que jamás marcaba una hora sin recordar que el tiempo era el enemigo de todos. Sus ojos grises observaban la ciudad con la frialdad de quien no veía edificios ni personas, sino territorios, rutas, negocios y amenazas.
Detrás de él reinaba un silencio absoluto. Nadie se atrevía a hablar mientras el jefe contemplaba el horizonte.
Finalmente, una voz rompió el mutismo.
—Señor Vescari… llegaron los informes.
Era Marco Bellini, su mano derecha desde hacía más de diez años. Alto, impecable y tan leal como peligroso.
Alessandro no giró.
—Habla.
—Dos cargamentos cruzaron la frontera sin inconvenientes.
—¿Los puertos?
—Bajo control.
—¿Los jueces?
—Todos pagados.
—¿Los políticos?
—Más obedientes que la semana pasada.
Un silencio.
—¿Y los traidores?
Marco tragó saliva.
—Encontramos a uno.
Alessandro cerró lentamente los ojos.
—¿Solo uno?
—Los demás desaparecieron.
—Nadie desaparece.
La frase cayó como una sentencia.
Alessandro se volvió despacio. Su expresión era tan serena que resultaba aterradora.
—Quiero encontrarlos antes de que amanezca.
—Sí, señor.
—Y cuando los encuentren…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Marco conocía perfectamente el final.
No habría juicio.
No habría perdón.
Solo silencio.
Porque bajo su imperio, la traición tenía un único castigo.
La muerte.
Muy lejos de aquella torre, en un barrio donde las fachadas descascaradas ocultaban historias de pobreza, Elena Rossi terminaba otro turno de trabajo.
Las manos le dolían.
La espalda también.
Llevaba doce horas limpiando habitaciones en una pequeña pensión donde apenas le alcanzaba el sueldo para pagar el alquiler y comprar los medicamentos que su padre había necesitado antes de morir.
Ahora estaba sola.
Completamente sola.
Aun así, conservaba una costumbre.
Cada noche encendía una pequeña vela junto a la vieja fotografía de su familia.
—Prometí que saldría adelante… y voy a cumplirlo.
Sonrió con tristeza.
No tenía hermanos.
No tenía fortuna.
No tenía a nadie que la protegiera.
Solo conservaba una dignidad que se negaba a perder.
Cuando salió del edificio, la lluvia la obligó a cubrirse con un abrigo demasiado fino para el invierno.
Caminó varias calles hasta detenerse frente a una cafetería.
Un anciano la observaba desde una mesa cercana.
No parecía un cliente cualquiera.
Vestía un elegante abrigo gris y sostenía un bastón de madera oscura.
Sus ojos permanecían fijos sobre ella.
—Disculpe…
Elena sonrió con educación.
—¿Sí?
—Creo que dejó caer esto.
Le entregó un pequeño sobre blanco.
Ella lo abrió.
Dentro había una tarjeta.
Sin remitente.
Solo una dirección.
Y una hora.
Mañana.
Veinte horas.
Hotel Imperiale.
Elena frunció el ceño.
—Debe haber un error.
—No lo hay.
—No conozco ese lugar.
—Lo conocerá.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, el anciano ya se había marchado.
La joven permaneció inmóvil bajo la lluvia.
No entendía nada.
Sin embargo, algo dentro de ella le decía que aquella invitación cambiaría su vida para siempre.
En otra parte de la ciudad, un hombre corría desesperadamente entre callejones oscuros.
Respiraba con dificultad.
Miraba hacia atrás una y otra vez.
Sabía que lo seguían.
Sabía quiénes eran.
Y sabía que nadie escapaba de ellos.
Tropezó.
Cayó al suelo.
Intentó levantarse.
Demasiado tarde.
Cinco hombres vestidos de negro aparecieron frente a él.
Ninguno hablaba.
No era necesario.
El fugitivo comenzó a llorar.
—Por favor… fue un error…
Uno de los hombres levantó el teléfono.
—Señor… lo encontramos.
Al otro lado solo hubo una respuesta.
—Llévenlo.
El hombre gritó.
Pataleó.
Imploró.
Nadie escuchó.
Media hora después fue arrojado de rodillas sobre el suelo de mármol del despacho de Alessandro.
El mafioso permanecía sentado detrás de su escritorio.
Ni siquiera levantó la vista del documento que estaba firmando.
—¿Sabes por qué estás aquí?
El hombre lloraba desconsoladamente.
—Me obligaron…
Silencio.
—Tengo hijos…
Silencio otra vez.
—Por favor…
Alessandro dejó la pluma sobre el escritorio.
Levantó lentamente la mirada.
No había odio en sus ojos.
Tampoco ira.
Solo una absoluta ausencia de compasión.
—Cuando aceptaste vender información de mi organización… ¿pensaste en tus hijos?
El hombre comenzó a temblar.
—Yo…
—Responde.
—No…
—Entonces ya conoces la respuesta.
Se hizo un silencio tan profundo que incluso la lluvia parecía haberse detenido.
Alessandro volvió a hablar con la misma calma.
—La lealtad sostiene un imperio. La traición lo destruye.
Marco comprendió la orden.
Dos hombres sujetaron al traidor.
Sus gritos desaparecieron detrás de las enormes puertas blindadas.
Alessandro permaneció inmóvil.
Ni un músculo de su rostro cambió.
Pero, cuando volvió a quedarse solo, abrió discretamente el cajón de su escritorio.
Sacó una fotografía antigua.
Una mujer sonreía abrazando a una niña de apenas cinco años.
Sus dedos recorrieron la imagen con una delicadeza que nadie habría imaginado posible en él.
—No he olvidado… —susurró.
Sus ojos volvieron a endurecerse.
—Y jamás olvidaré.
Guardó la fotografía.
Volvió a convertirse en el hombre más poderoso de Valdoria.
El monstruo que todos temían.
El rey que jamás perdonaba.
Sin saber que el destino ya había comenzado a mover sus piezas.