La mañana amaneció gris sobre Valdoria, como si el cielo conociera secretos que los hombres todavía ignoraban. Una llovizna fina empañaba los ventanales de los edificios y convertía las calles en espejos donde las luces de los semáforos parecían sangrar sobre el asfalto. La ciudad despertaba con su rutina habitual: ejecutivos apresurados, comerciantes levantando persianas y niños camino a la escuela. Nadie imaginaba que, mientras el mundo seguía su curso, dos destinos avanzaban irremediablemente hacia un punto del que ya no habría regreso.
En la Torre Vescari, Alessandro llevaba horas sin dormir. Permanecía sentado en la enorme sala de reuniones, iluminada únicamente por la tenue claridad que atravesaba las ventanas. Sobre la mesa descansaban fotografías, documentos y mapas. Cada hoja representaba una pieza del rompecabezas que llevaba doce años intentando completar.
Marco Bellini aguardaba de pie.
—Señor… nuestros hombres confirmaron la información.
Alessandro levantó lentamente la vista.
—Habla.
—El apellido Rossi aparece nuevamente en los archivos de la antigua organización Moretti.
Un leve destello cruzó los ojos grises del mafioso.
—Pensé que todos habían muerto.
—Eso creíamos.
—¿Y ahora?
Marco deslizó una carpeta.
—Existe una sobreviviente.
Alessandro abrió el expediente.
Una fotografía reciente apareció frente a él.
Una joven de cabello oscuro, mirada serena y una sonrisa tan limpia que parecía pertenecer a otro mundo.
Debajo podía leerse un nombre.
Elena Rossi.
Durante largos segundos nadie habló.
Marco observó cómo los dedos de Alessandro permanecían inmóviles sobre la imagen.
Era la primera vez, en muchos años, que algo parecía alterar la inexpresable serenidad de su jefe.
—¿Está seguro de que es ella? —preguntó Alessandro.
—La prueba de ADN obtenida de archivos antiguos coincide con un noventa y nueve por ciento.
El silencio volvió a instalarse.
Finalmente, Alessandro cerró la carpeta.
—Esta noche vendrá al Hotel Imperiale.
—Sí, señor.
—Quiero que nadie la asuste.
Marco arqueó una ceja.
Aquella orden resultaba extraña.
Muy extraña.
—¿Desea protección especial?
—Quiero que llegue sin saber quién soy.
—Entendido.
—Y una cosa más.
Marco esperó.
—Si alguien intenta acercarse a ella antes que nosotros…
Los ojos del mafioso se endurecieron.
—…elimínenlo.
Mientras tanto, Elena terminaba su jornada antes de tiempo. Apenas había podido concentrarse durante toda la mañana. La misteriosa tarjeta permanecía dentro de su bolso como un pequeño peso imposible de ignorar.
Su compañera de trabajo, Lucía, la observó con curiosidad.
—Hoy estás muy distraída.
Elena sonrió débilmente.
—No dormí bien.
—Se nota.
Lucía dejó de acomodar unas toallas.
—¿Problemas?
Elena dudó unos segundos.
No acostumbraba compartir sus preocupaciones.
Pero aquella sensación era demasiado extraña para guardarla.
Sacó la tarjeta.
Lucía la leyó.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Hotel Imperiale?
—Sí.
—Ese lugar no es un hotel cualquiera.
—¿Lo conoces?
—Todo el mundo lo conoce.
Elena frunció el ceño.
—Nunca escuché hablar de él.
—Porque la gente común jamás entra ahí.
Es el lugar donde se hospedan empresarios extranjeros, políticos, celebridades… y personas mucho más peligrosas.
Elena sintió un escalofrío.
—Debe tratarse de un error.
Lucía negó lentamente.
—En sitios como ese nunca hay errores.
A varios kilómetros de allí, otro hombre observaba la misma fotografía de Elena.
Pero sus intenciones eran completamente distintas.
En una vieja fábrica abandonada, convertida en refugio de una organización rival, Viktor Dragun sonrió con frialdad.
Era alto, corpulento y tenía una cicatriz que atravesaba su mejilla izquierda.
Había esperado años para vengarse de Alessandro Vescari.
Y ahora, por primera vez, el destino parecía ofrecerle una oportunidad.
Uno de sus hombres se acercó.
—Confirmamos que Vescari está interesado en la muchacha.
Viktor soltó una breve carcajada.
—Entonces ella será la llave para destruirlo.
—¿La secuestramos?
—No.
El criminal negó con calma.
—Primero averigüemos por qué le interesa.
Después…
Sus labios dibujaron una sonrisa inquietante.
—…se la quitaremos.
La tarde avanzó lentamente.
Elena regresó a su apartamento y permaneció varios minutos frente al armario.
No tenía vestidos elegantes.
Solo ropa sencilla.
Finalmente eligió un vestido azul oscuro, el más bonito que conservaba desde el cumpleaños de su padre.
Lo observó unos segundos.
—Ojalá estuvieras aquí…
Susurró mirando la fotografía familiar.
Después respiró profundamente.
—Solo será una reunión.
Nada más.
Las agujas del reloj marcaron las siete y media de la tarde cuando un automóvil negro se detuvo frente al edificio.
El conductor descendió.
Vestía traje oscuro y guantes negros.
Tocó el timbre.
Elena abrió con cautela.
—¿Señorita Elena Rossi?
—Sí.
—Tengo instrucciones de llevarla al Hotel Imperiale.
Ella retrocedió sorprendida.
—Yo… pensaba ir por mi cuenta.
El hombre respondió con absoluta cortesía.
—El vehículo ya está preparado.
Durante unos segundos dudó.
Todo aquello era demasiado extraño.
Pero la curiosidad era más fuerte que el miedo.
Subió al automóvil.
Mientras el vehículo avanzaba por la ciudad, Elena observó las calles iluminadas sin notar que otro coche comenzaba a seguirlos discretamente desde varias cuadras atrás.
Dentro viajaban hombres armados.
No pertenecían a Alessandro.
Pertenecían a Viktor Dragun.
El Hotel Imperiale se levantaba como un palacio moderno de mármol blanco, cristal y acero. Una enorme fuente iluminada recibía a los visitantes mientras empleados impecablemente vestidos abrían las puertas con absoluta elegancia.
Elena quedó maravillada.
Nunca había estado en un lugar semejante.
Su reflejo apareció en los enormes ventanales.
Por un instante sintió que no pertenecía allí.
El conductor la acompañó hasta el ascensor privado.
—El piso treinta y dos la está esperando.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Sin embargo, antes de hacerlo completamente, una mano logró detenerlas desde afuera.
Era Marco Bellini.
Entró sin decir palabra.
Observó discretamente a la joven.
No había arrogancia en ella.
No había ambición.
Solo nervios.
Comprendió inmediatamente por qué Alessandro había ordenado que nadie la intimidara.
Ella no estaba preparada para aquel mundo.
Ni siquiera imaginaba que acababa de poner un pie dentro del imperio más peligroso del país.