Bajo su Imperio

Capítulo 3 Cuando el rey disparó por ella

Las puertas del ascensor se abrieron con un suave sonido metálico. Elena Rossi dio un paso al frente sin imaginar que acababa de cruzar el umbral que dividiría su vida en un antes y un después. El piso treinta y dos del Hotel Imperiale era un mundo completamente distinto al que ella conocía. Mármol negro, lámparas de cristal suspendidas como estrellas, enormes ventanales desde donde la ciudad parecía rendirse a los pies de quien habitaba aquel lugar. Todo desprendía riqueza, poder y una inquietante sensación de peligro.
Marco Bellini caminó unos pasos delante de ella.
—Por aquí, señorita Rossi.
Ella intentó controlar el temblor de sus manos.
—¿Podría decirme quién quiere verme?
Marco no respondió de inmediato.
—Muy pronto tendrá todas las respuestas.
—No me gustan los secretos.
—Créame… tampoco le gustará la verdad.
Aquellas palabras hicieron que un escalofrío recorriera la espalda de Elena.
Mientras avanzaban por un largo pasillo cubierto por alfombras oscuras, notó que no había empleados, huéspedes ni personal de limpieza. Solo hombres vestidos con trajes negros que permanecían inmóviles junto a cada puerta. Ninguno hablaba. Ninguno sonreía. Todos parecían soldados esperando una orden.
«¿Quién puede necesitar tanta seguridad?», pensó.
La respuesta estaba apenas unos metros delante de ella.

En el gran salón privado, Alessandro Vescari permanecía de pie frente al ventanal. La lluvia seguía cayendo sobre Valdoria, transformando las luces de la ciudad en destellos líquidos. Tenía las manos dentro de los bolsillos del pantalón y el rostro completamente sereno, pero por dentro libraba una batalla que nadie habría podido imaginar.
Durante doce años había perseguido nombres, documentos y recuerdos.
Durante doce años creyó que todos los Rossi habían desaparecido.
Y ahora una mujer con ese apellido estaba a punto de entrar en su vida.
No sabía si era una amenaza.
No sabía si era una víctima.
Solo sabía que algo no encajaba.
Marco apareció discretamente.
—Señor…
Alessandro giró apenas la cabeza.
—¿Está aquí?
—Sí.
El mafioso respiró profundamente.
—Hazla pasar.

Las enormes puertas comenzaron a abrirse lentamente.
Elena dio un paso.
Después otro.
Y entonces lo vio.
Un hombre alto, impecablemente vestido con un traje negro que parecía confeccionado para un rey. Su presencia dominaba la habitación incluso antes de pronunciar una palabra. Sus ojos grises eran fríos como una tormenta de invierno y, sin embargo, escondían una profundidad imposible de descifrar.
El tiempo pareció detenerse.
Ella lo observó.
Él también.
Durante varios segundos ninguno habló.
Alessandro sintió algo completamente inesperado.
Aquella joven no tenía la expresión de alguien acostumbrado a mentir.
No había codicia.
No había cálculo.
Solo desconcierto.
Elena fue la primera en romper el silencio.
—¿Usted mandó buscarme?
La voz de Alessandro era grave y tranquila.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque necesito respuestas.
Ella frunció el ceño.
—Yo también.
Él dio unos pasos hacia ella.
Cada movimiento transmitía autoridad.
No había prisa.
No había nervios.
Solo un absoluto control.
—¿Su nombre completo?
—Elena Rossi.
—¿Edad?
—Veintidós años.
—¿Conoció a su madre?
La pregunta la sorprendió.
—Murió cuando era pequeña.
—¿Y su padre?
—Hace dos años.
Alessandro la observó detenidamente.
Cada respuesta parecía confirmar algo.
Pero todavía faltaban demasiadas piezas.
—¿Conserva fotografías antiguas?
—Sí…
—¿Documentos?
—Algunos.
—¿Cartas?
—No entiendo qué está pasando.
Alessandro permaneció en silencio.
Antes de responder, un sonido interrumpió la conversación.
Marco llevó discretamente una mano al auricular oculto en su oído.
Su expresión cambió.
—Señor…
Alessandro comprendió inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
—Movimiento sospechoso en la planta inferior.
El mafioso giró lentamente hacia la ventana.
—Llegaron antes de lo esperado.

Tres pisos más abajo, cuatro hombres armados descendían de un ascensor de servicio utilizando uniformes robados del personal del hotel.
No llamaban la atención.
Caminaban con absoluta tranquilidad.
Cada uno ocultaba un arma equipada con silenciador.
El líder habló en voz baja.
—Objetivo principal: Alessandro Vescari.
Otro sonrió.
—¿Y la chica?
—Si está con él…
Hizo una breve pausa.
—Nadie debe salir vivo.

En el salón, Elena comenzaba a inquietarse.
—¿Está ocurriendo algo?
Alessandro no apartó la vista de la puerta.
—Quiero que me escuche con atención.
Ella sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
—¿Qué sucede?
—En unos segundos…
Tomó aire.
—…todo cambiará.
No alcanzó a terminar la frase.
Un estruendo sacudió el pasillo.
Después otro.
Y un tercero.
Los vidrios vibraron.
Los hombres de seguridad desenfundaron sus armas.
Marco gritó:
—¡Ataque!
Todo ocurrió en un instante.
Las puertas explotaron hacia adentro.
Los primeros disparos atravesaron la sala.
Elena lanzó un grito y quedó paralizada.
Nunca había escuchado un arma tan cerca.
Alessandro reaccionó antes que todos.
Se lanzó sobre ella justo cuando una bala impactaba contra la pared donde había estado un segundo antes.
El cuerpo del mafioso cubrió completamente el suyo.
—¡No se mueva! —ordenó.
Ella apenas podía respirar.
Los disparos resonaban por toda la habitación.
El mármol estallaba.
Los cristales se rompían.
Los guardaespaldas respondían al fuego mientras Marco coordinaba la defensa.
—¡Cubran la salida!
Dos hombres cayeron heridos.
Uno de los atacantes logró ingresar al salón apuntando directamente hacia Alessandro.
Levantó el arma.
Pero Alessandro fue más rápido.
Sacó su pistola con un movimiento preciso.
Un único disparo.
El atacante cayó al suelo antes de comprender lo que había ocurrido.
El silencio duró apenas un segundo.
Luego comenzaron nuevos disparos.
Elena permanecía abrazada al suelo, temblando.
Alessandro volvió a cubrirla.
—Mírame.
Ella levantó lentamente la cabeza.
—Escúchame bien.
Su voz seguía siendo firme.
Sorprendentemente tranquila.
—Mientras estés conmigo…
No dejó terminar la frase el estruendo de una explosión en el extremo del salón.
El techo tembló.
Las luces comenzaron a parpadear.
El humo empezó a llenar la habitación.
Marco apareció corriendo.
—¡Tenemos que salir ahora!
Alessandro negó.
—Primero ella.
—¡No hay tiempo!
—¡Primero ella!
Marco jamás había visto a su jefe gritar por alguien.
Mucho menos por una desconocida.
Comprendió inmediatamente que algo había cambiado.
Algo muy peligroso.




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