El estruendo de la explosión aún retumbaba en los pasillos ocultos del Hotel Imperiale cuando Alessandro Vescari y Elena Rossi descendían por la estrecha escalera de emergencia. El humo comenzaba a filtrarse por las rendijas de las paredes y el olor a pólvora impregnaba el aire. Las luces de emergencia parpadeaban de forma intermitente, tiñendo el corredor de un rojo inquietante que parecía anunciar una tragedia inevitable.
Alessandro no soltaba la mano de Elena. Su paso era firme, calculado y silencioso. Conocía cada rincón de aquel edificio porque él mismo había ordenado construir los pasadizos secretos años atrás, cuando comprendió que un hombre en su posición debía tener siempre una salida. Lo que jamás imaginó fue que algún día recorrería aquellos túneles protegiendo a una mujer a la que apenas conocía.
Elena apenas podía respirar. Su corazón golpeaba con fuerza contra su pecho y las imágenes de los disparos seguían repitiéndose una y otra vez en su mente. Nunca había estado tan cerca de la muerte.
—¿Está herido? —preguntó con la voz entrecortada.
Alessandro continuó avanzando.
—No.
Ella observó una pequeña mancha oscura sobre la manga de su saco.
—Está sangrando.
Él miró de reojo el hombro izquierdo.
Una bala había rozado la tela y le había abierto una herida superficial.
—No es nada.
—Sí lo es.
—He sobrevivido a cosas peores.
La serenidad con la que pronunciaba aquellas palabras desconcertaba a Elena. Parecía un hombre incapaz de sentir dolor.
O quizá había sufrido tanto que ya no distinguía una herida de otra.
En la azotea del edificio vecino, Viktor Dragun observaba a través del visor telescópico.
La mira seguía cada movimiento de Alessandro mientras este cruzaba un patio interior cubierto parcialmente por la lluvia.
Viktor sonrió.
—Siempre proteges demasiado a quienes te importan.
Uno de sus hombres se acercó.
—¿Disparo?
Viktor mantuvo el dedo sobre el gatillo.
La cruz roja del visor quedó exactamente sobre el pecho de Alessandro.
Respiró lentamente.
Pero, en el último instante, Elena tropezó con un escalón y Alessandro la sostuvo por la cintura para evitar que cayera.
Los dos cuerpos cambiaron de posición.
La línea de tiro desapareció.
Viktor retiró el dedo.
—No…
Su sonrisa se volvió más fría.
—Todavía no.
El subordinado lo miró confundido.
—¿Por qué dejó pasar la oportunidad?
—Porque una muerte rápida sería un regalo.
Guardó el rifle dentro del estuche.
—Primero quiero verlo enamorarse.
Y después…
Sus ojos adquirieron un brillo perturbador.
—…quiero arrebatárselo todo.
En el estacionamiento subterráneo, seis camionetas negras esperaban con los motores encendidos.
Marco Bellini organizaba la evacuación.
—Equipo uno, perímetro norte.
Equipo dos, salida principal.
Equipo tres, revisen los túneles.
Uno de los guardaespaldas se acercó corriendo.
—Señor Bellini…
—¿Qué ocurre?
—Encontramos tres cuerpos.
—¿Nuestros?
—No.
Marco frunció el ceño.
—¿Entonces?
—Los atacantes fueron ejecutados.
—¿Ejecutados?
—Sí.
Un disparo en la cabeza.
Todos iguales.
Marco sintió un escalofrío.
Aquello no era obra de Alessandro.
Alguien había eliminado a los sicarios antes de que pudieran ser interrogados.
Eso solo significaba una cosa.
El verdadero responsable seguía oculto.
Minutos después, Alessandro apareció junto a Elena.
Marco respiró aliviado.
—Pensé que los había perdido.
Alessandro respondió con tranquilidad.
—Todavía no tienen esa suerte.
Uno de los médicos del equipo privado se acercó para revisar la herida del mafioso.
Él apartó la mano del profesional.
—Después.
—Señor…
—Después.
Toda su atención permanecía sobre Elena.
Ella seguía pálida.
Temblaba ligeramente.
Alessandro dio una orden inesperada.
—Que alguien traiga agua.
Marco arqueó una ceja.
En doce años jamás había visto a Alessandro preocuparse por el estado emocional de nadie.
El guardaespaldas regresó con una botella.
Alessandro se la entregó personalmente.
—Beba despacio.
Ella aceptó.
Sus dedos rozaron accidentalmente los de él.
Fue apenas un instante.
Pero ambos sintieron una extraña electricidad recorrerles el cuerpo.
Elena retiró la mano de inmediato.
Él permaneció inmóvil.
No comprendía por qué aquel contacto había despertado sensaciones que creía muertas desde hacía muchos años.
Las camionetas abandonaron el hotel en diferentes direcciones para despistar a cualquier perseguidor.
Dentro del vehículo principal reinaba un absoluto silencio.
Elena observaba por la ventana.
La lluvia seguía golpeando el cristal.
Finalmente reunió el valor para hablar.
—Necesito saber quién es usted.
Alessandro tardó varios segundos en responder.
—Mi nombre es Alessandro Vescari.
Ella repitió el apellido en voz baja.
No le resultaba familiar.
—¿A qué se dedica?
Marco contuvo la respiración.
Alessandro respondió sin apartar la vista del camino.
—Dirijo empresas.
La respuesta era cierta.
Solo que aquellas empresas eran apenas la superficie de un imperio mucho más oscuro.
—¿Y por qué querían matarlo?
Silencio.
—¿Tiene enemigos?
Una leve sonrisa apareció en los labios del mafioso.
—Demasiados.
Elena bajó la mirada.
—Yo no pertenezco a este mundo.
—Lo sé.
—Entonces déjeme ir.
Las palabras quedaron suspendidas dentro del vehículo.
Marco evitó mirar a su jefe.
Conocía perfectamente aquella expresión.
Era la misma que Alessandro mostraba antes de tomar decisiones irreversibles.
Finalmente habló.
—No puedo hacerlo.
Ella levantó la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque desde esta noche…
Hizo una breve pausa.
—…también te están buscando a ti.
Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué?
—Las personas que atacaron el hotel sabían que estabas conmigo.
—Pero yo no conozco a nadie.
—Ellos creen que sí.
—Eso es imposible.
Alessandro la observó fijamente.
—En mi mundo, las apariencias matan más rápido que las balas.