La madrugada envolvía la Mansión Vescari en un silencio inquietante. Afuera, la lluvia había cesado, pero el viento seguía agitando los cipreses que rodeaban la propiedad, como si sus ramas susurraran advertencias imposibles de comprender. Dentro de la biblioteca privada, Alessandro permanecía inmóvil frente a la chimenea encendida. El informe sobre el incendio del apartamento de Elena seguía abierto sobre el escritorio. Las fotografías mostraban paredes ennegrecidas, ventanas hechas añicos y el techo parcialmente derrumbado. No había sido un accidente. Había sido un mensaje.
Marco Bellini cerró la carpeta lentamente.
—Nuestros peritos encontraron restos de acelerante.
Alessandro no respondió.
—También confirmaron que alguien entró al edificio diez minutos antes del incendio.
Silencio.
—No buscaban robar.
Alessandro levantó por fin la mirada.
—Buscaban asegurarse de que no quedara ningún recuerdo de ella.
Marco asintió.
—Exactamente.
El mafioso caminó hasta el ventanal. Desde allí podía verse el inmenso jardín iluminado por discretas luces doradas. Todo parecía en calma, pero él sabía que la tranquilidad era apenas una ilusión.
—No fue Viktor.
Marco lo observó sorprendido.
—¿Está seguro?
—Viktor disfruta viendo sufrir a sus enemigos.
Quemar un apartamento vacío no le produce ninguna satisfacción.
Entonces…
Alessandro apoyó ambas manos sobre el cristal.
—Hay alguien más moviendo las piezas.
En la habitación de invitados, Elena apenas había logrado dormir unos minutos. La cama era más grande que todo su antiguo dormitorio y las paredes estaban decoradas con elegancia, pero el lujo no conseguía borrar el miedo.
Cada vez que cerraba los ojos revivía los disparos, el estruendo de la explosión y la firme mano de Alessandro protegiéndola.
Se incorporó lentamente.
Caminó hasta el balcón.
La propiedad parecía interminable. Jardines perfectamente cuidados, fuentes de mármol, senderos rodeados de rosales y una arboleda que ocultaba parte del perímetro. Más allá se levantaba un alto muro de piedra rematado por sistemas de seguridad.
No era una casa.
Era una fortaleza.
Y ella estaba dentro.
Llamaron suavemente a la puerta.
—¿Señorita Rossi?
Era Amelia.
—¿Puedo pasar?
—Sí.
La mujer entró llevando una bandeja con desayuno.
—Pensé que tendría hambre.
Elena sonrió agradecida.
—Gracias.
Amelia dejó la bandeja sobre una mesa.
—El señor Vescari pidió que no le faltara nada.
Aquellas palabras despertaron nuevamente su curiosidad.
—¿Siempre es así?
La ama de llaves sonrió con cierta nostalgia.
—No.
—¿No?
—Llevo quince años trabajando para él.
Nunca había pedido que preparáramos una habitación para una invitada.
Nunca había preguntado si alguien había cenado.
Y jamás…
Guardó silencio.
—¿Jamás qué?
—Jamás había arriesgado su vida por otra persona.
Elena bajó la mirada.
No supo qué responder.
A varios kilómetros de allí, en un viejo teatro abandonado convertido en cuartel general, Viktor Dragun contemplaba la ciudad desde el escenario cubierto de polvo.
Un hombre se acercó apresuradamente.
—Señor…
—Habla.
—El incendio salió perfecto.
Viktor negó con una sonrisa.
—No fui yo.
El subordinado quedó desconcertado.
—¿Entonces quién…?
—Eso es precisamente lo interesante.
Viktor caminó lentamente entre las butacas vacías.
—Hay un tercer jugador.
Y cuando aparecen jugadores nuevos…
Sus ojos brillaron con un peligroso entusiasmo.
—…el tablero se vuelve impredecible.
Mientras tanto, en la sala de reuniones de la mansión, Alessandro convocaba a todos sus hombres de confianza.
Doce personas ocuparon sus lugares alrededor de una enorme mesa de madera oscura.
Nadie hablaba.
Todos esperaban.
Alessandro permaneció de pie.
—Escúchenme bien.
Su voz llenó la sala con absoluta autoridad.
—Desde este momento, Elena Rossi queda bajo mi protección directa.
Varios hombres intercambiaron miradas discretas.
Uno de ellos, Lorenzo Bardi, veterano de la organización, se animó a preguntar.
—Señor… con todo respeto…
Alessandro giró lentamente hacia él.
—Habla.
—¿Es realmente prudente?
—Sí.
—La organización puede interpretar…
No terminó la frase.
Los ojos grises del jefe bastaron para hacerlo callar.
—No vuelvas a cuestionar una decisión que ya tomé.
—Perdón, señor.
Marco observó la escena con atención.
Lorenzo nunca desobedecía.
Pero había algo en su expresión que no le gustó.
Una sombra.
Una duda.
Un miedo que parecía ocultar algo más.
Después del desayuno, Elena decidió recorrer parte del jardín.
Dos escoltas la seguían a prudente distancia.
Aquello la incomodaba.
Se detuvo junto a una fuente de piedra donde varias rosas blancas crecían alrededor del agua.
Respiró profundamente.
Por primera vez desde el ataque sintió un instante de paz.
—Son sus favoritas.
La voz grave de Alessandro apareció detrás de ella.
Elena giró.
Él vestía una camisa blanca con las mangas ligeramente remangadas. Sin el saco oscuro parecía menos intimidante, aunque su presencia seguía imponiendo respeto.
—¿Las rosas?
Él asintió.
—Mi madre las cultivaba.
Ella sonrió levemente.
—Son hermosas.
Durante unos segundos caminaron en silencio.
Finalmente Elena reunió valor.
—¿Por qué hace todo esto por mí?
Alessandro mantuvo la vista al frente.
—Porque alguien intenta matarte.
—Eso no responde mi pregunta.
Él respiró lentamente.
—Todavía no puedo darte todas las respuestas.
—¿No confía en mí?
Él la miró directamente.
—El problema no es confiar en ti.
Es confiar en quienes te rodearon toda la vida.
Aquellas palabras dejaron a Elena confundida.
—No entiendo.
—Y espero que tardes en entenderlo.
Porque cuando conozcas la verdad…
Se detuvo frente a ella.
—Tu vida cambiará para siempre.