El amanecer envolvía la Mansión Vescari con una calma engañosa. Los primeros rayos del sol atravesaban los inmensos ventanales y se reflejaban sobre los pisos de mármol, mientras el canto de los pájaros parecía ignorar que, detrás de aquellos muros, una guerra silenciosa acababa de comenzar. Todo lucía perfecto. Todo parecía en orden. Pero Alessandro Vescari sabía que los imperios no caían por los ataques que llegaban desde afuera. Se derrumbaban cuando el enemigo lograba esconderse entre los propios cimientos.
En la habitación de invitados, Elena permanecía inmóvil junto a la puerta. El sobre blanco seguía abierto sobre la cama. Había leído aquellas palabras una y otra vez, esperando encontrar algún indicio de que se tratara de una broma cruel. Pero la frase seguía allí, intacta, clavándose en su mente como una espina imposible de arrancar.
“No confíes en Alessandro Vescari. Él no te salvó por bondad… te salvó porque tú eres la última pieza de su venganza.”
Un golpe suave en la puerta la hizo sobresaltarse.
—¿Señorita Rossi? —preguntó Amelia desde el otro lado.
Elena respiró profundamente antes de responder.
—Puede pasar.
La ama de llaves entró con la misma serenidad de siempre.
—El señor Vescari la espera para desayunar.
Elena disimuló el sobre detrás de un libro.
—Enseguida bajo.
Amelia la observó unos segundos.
—¿Se encuentra bien?
—Sí… solo estoy un poco cansada.
La mujer sonrió con dulzura.
—Es normal. Ha vivido demasiado en muy poco tiempo.
Cuando Amelia salió de la habitación, Elena volvió a mirar la carta.
Una parte de ella deseaba enseñársela inmediatamente a Alessandro.
La otra le pedía prudencia.
Si aquella advertencia era cierta, él jamás le diría la verdad.
En el comedor principal, Alessandro esperaba sentado al extremo de una larga mesa de madera oscura. Frente a él había una taza de café que apenas había probado. Su atención estaba concentrada en varios informes de seguridad.
Marco Bellini ingresó sin hacer ruido.
—Revisamos todas las cámaras del perímetro.
Alessandro levantó la vista.
—¿Y?
—Nadie entró.
—Eso significa que alguien salió.
Marco asintió lentamente.
—Exactamente.
Alessandro cerró el informe.
—Tenemos un infiltrado dentro de la mansión.
—Cada vez estoy más convencido.
—No quiero errores, Marco.
—No los habrá.
El mafioso guardó silencio unos segundos antes de formular la pregunta que llevaba horas rondando su cabeza.
—¿Cómo está Elena?
Marco arqueó una ceja.
—Los médicos dicen que físicamente está bien.
—No hablo de eso.
El guardaespaldas comprendió.
—Está asustada.
Alessandro apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa.
—Y tiene motivos.
Minutos después, Elena apareció en el comedor.
Vestía un sencillo vestido color marfil que Amelia había preparado para ella. El cabello caía sobre sus hombros con naturalidad y, pese al miedo que aún llevaba dentro, conservaba esa luz serena que Alessandro no lograba apartar de sus pensamientos.
Ella tomó asiento frente a él.
Durante algunos segundos ninguno habló.
Finalmente Alessandro rompió el silencio.
—¿Dormiste?
—Un poco.
—¿Las pesadillas?
Ella lo miró sorprendida.
—¿Cómo sabe que tuve pesadillas?
Él sostuvo su mirada.
—Quien presencia un ataque como el de anoche rara vez duerme tranquilo.
Elena bajó la vista.
Aquella respuesta era lógica.
Y, sin embargo, la carta seguía sembrando dudas en su interior.
Alessandro observó que apenas tocaba el desayuno.
—Debes comer.
—No tengo hambre.
—Aunque no la tengas.
Ella tomó un sorbo de té para evitar discutir.
Después levantó lentamente la mirada.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Todas las que quieras.
—¿Me está ocultando algo?
El silencio cayó sobre la habitación.
Marco, que permanecía junto a la puerta, observó discretamente a su jefe.
Alessandro respondió con absoluta calma.
—Sí.
Elena no esperaba una respuesta tan directa.
—¿Y piensa decírmelo?
—Cuando llegue el momento.
Ella sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Y si ese momento nunca llega?
Él respondió sin titubear.
—Llegará.
Porque también necesito respuestas.
A varios kilómetros de allí, Viktor Dragun observaba una enorme pantalla donde aparecían fotografías de Alessandro y Elena saliendo juntos del Hotel Imperiale.
Uno de sus hombres dejó otra carpeta sobre la mesa.
—Tenemos novedades.
Viktor la abrió.
Dentro había planos de la Mansión Vescari.
—Interesante…
—No son recientes.
—No importa.
El criminal sonrió lentamente.
—Siempre existe una puerta que alguien olvida cerrar.
Mientras tanto, en la mansión, Marco recorría los pasillos revisando personalmente cada rincón.
Algo no encajaba.
Los sistemas de seguridad eran prácticamente imposibles de vulnerar desde el exterior.
Sin embargo, alguien había dejado aquella carta.
Eso solo podía significar dos cosas.
O tenían un traidor…
O alguien conocía la mansión mejor que ellos.
Al llegar al ala oeste encontró a Lorenzo Bardi hablando por teléfono.
El veterano soldado interrumpió la conversación apenas vio acercarse a Marco.
—Buenos días.
Marco sonrió con aparente tranquilidad.
—¿Con quién hablabas?
—Con mi hermana.
—¿Todo bien?
—Sí.
Marco asintió.
Pero al alejarse sintió que algo no estaba bien.
Lorenzo jamás sonreía de aquella manera.
Después del desayuno, Alessandro invitó a Elena a recorrer una parte de la propiedad.
Caminaron por un sendero bordeado de olivos centenarios.
El viento movía suavemente las hojas, creando un murmullo casi hipnótico.
—Este lugar es hermoso —dijo ella.
—Lo era más antes.
—¿Antes?
Alessandro permaneció en silencio unos instantes.
—Antes de que aprendiera que ningún muro es suficiente para proteger a quienes amas.
Ella percibió un dolor auténtico en su voz.
No era una actuación.
No era la frialdad del hombre que todos temían.
Era la herida de alguien que había perdido demasiado.
Sin darse cuenta, dio un paso más cerca de él.
—Lo siento.
Alessandro la miró.
Hacía años que nadie pronunciaba esas palabras con tanta sinceridad.
Por un instante estuvo a punto de contarle toda la verdad.
Quién era.
Qué buscaba.
Por qué ella había aparecido en su vida.
Pero el sonido del teléfono de Marco interrumpió el momento.
El guardaespaldas respondió.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Qué pasó?
Escuchó durante varios segundos.
Después levantó la vista hacia Alessandro.
—Señor…
—Habla.
—Encontraron al hombre que incendió el apartamento de Elena.
Elena sintió un estremecimiento.
—¿Está detenido?
Marco negó lentamente.
—No.
Hizo una pausa.
—Lo encontraron muerto.