La noche cayó sobre la Mansión Vescari con una oscuridad más pesada que de costumbre. Las luces del jardín permanecían encendidas, los guardias vigilaban cada entrada y los sistemas de seguridad funcionaban al máximo nivel, pero Alessandro Vescari sabía que ninguna fortaleza era realmente segura cuando los fantasmas del pasado decidían regresar.
En el despacho privado, la pequeña ficha metálica con el símbolo del cuervo descansaba sobre la mesa.
El emblema parecía antiguo, pero su significado seguía vivo.
Un cuervo de alas abiertas atravesado por una daga.
La marca de una organización que muchos creían desaparecida.
La Hermandad del Cuervo.
Alessandro permanecía de pie frente al escritorio, con la mirada fija sobre aquel objeto.
Durante años había intentado encontrar a los responsables de la tragedia que destruyó su vida.
Durante años había seguido pistas falsas, nombres borrados y secretos enterrados.
Pero nunca imaginó que la respuesta pudiera estar relacionada con Elena Rossi.
Marco Bellini rompió el silencio.
—¿Está seguro de que es el mismo símbolo?
Alessandro tomó la ficha entre sus dedos.
—Lo vi la noche que mi familia murió.
Marco quedó inmóvil.
Aunque conocía gran parte de la historia, había detalles que Alessandro nunca había contado.
Detalles que solo existían en las pesadillas del hombre que todos temían.
—Pensé que nadie había sobrevivido.
—Eso también pensé yo.
Sus ojos se endurecieron.
—Hasta que ella apareció.
En una habitación de la mansión, Elena permanecía sentada frente al espejo.
Había intentado recordar.
Había cerrado los ojos.
Había buscado en lo más profundo de su memoria.
Pero solo encontraba fragmentos.
Una puerta de madera.
Una voz masculina.
El olor a humo.
Un anillo con el símbolo del cuervo.
Y una frase que alguien había pronunciado aquella noche.
“El secreto debe sobrevivir.”
Se llevó una mano a la frente.
¿Por qué no podía recordar?
¿Por qué aquella imagen había permanecido escondida durante tantos años?
Un golpe suave en la puerta la hizo volver al presente.
—¿Puedo pasar? —preguntó Alessandro.
Elena dudó unos segundos.
Antes habría respondido inmediatamente.
Ahora no estaba segura.
La carta anónima seguía presente en su mente.
Finalmente abrió.
Alessandro entró.
No llevaba la expresión fría que utilizaba frente a sus hombres.
Parecía cansado.
Incluso vulnerable.
Aunque esa palabra probablemente nadie se atrevería a usar para describirlo.
—Marco me dijo que recuerdas algo.
Elena cruzó los brazos.
—Recuerdo una imagen.
—¿Qué imagen?
Ella lo observó.
—Antes de contárselo necesito saber la verdad.
Alessandro permaneció en silencio.
—¿Me buscó porque sabía quién era?
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Él no respondió inmediatamente.
Y ese silencio fue suficiente para preocuparla.
—Alessandro…
Era la primera vez que pronunciaba su nombre.
Él notó ese detalle.
Y algo dentro de él reaccionó de una forma que no esperaba.
—Sí.
Ella sintió un golpe en el pecho.
—Entonces era cierto.
—No sabes toda la historia.
—Pero sabía quién era.
—Sabía tu apellido.
—Es diferente.
Alessandro dio un paso hacia ella.
—Elena, escuchame.
—¿Por qué debería hacerlo?
Su voz no fue agresiva.
Fue herida.
Y eso afectó más a Alessandro que cualquier amenaza.
—Porque aunque al principio te busqué por respuestas…
Hizo una pausa.
—…ahora quiero protegerte porque eres tú.
Ella bajó la mirada.
Aquellas palabras eran exactamente las que una parte de ella quería creer.
Pero el miedo seguía allí.
—No sé si puedo confiar en usted.
Alessandro aceptó aquella respuesta con una calma inesperada.
—Lo entiendo.
—¿De verdad?
—Sí.
Porque yo tampoco confiaría en mí.
Elena levantó la mirada sorprendida.
Nunca esperaba escuchar algo así de un hombre como él.
Al día siguiente, Alessandro reunió a su círculo más cercano.
La sala de reuniones estaba en completo silencio.
Sobre la mesa había fotografías antiguas, documentos y registros relacionados con la Hermandad del Cuervo.
—Quiero toda la información disponible.
Lorenzo Bardi observó los archivos.
—Señor, esa organización desapareció hace años.
—Las organizaciones no desaparecen.
Alessandro levantó la vista.
—Solo cambian de nombre.
Marco colocó otro documento sobre la mesa.
—Encontramos movimientos financieros recientes relacionados con empresas fantasma.
Alessandro leyó rápidamente.
—¿Dónde?
—En tres países diferentes.
—¿Quién aparece como propietario?
Marco dudó.
—No hay nombres.
—Entonces hay alguien suficientemente poderoso para borrar sus huellas.
El silencio confirmó la gravedad del asunto.
Mientras la reunión continuaba, Elena caminaba por la biblioteca de la mansión.
Necesitaba respuestas.
No podía permanecer encerrada esperando que otros decidieran su destino.
Observó miles de libros perfectamente ordenados.
Alessandro parecía un hombre construido de secretos.
Todo en aquella casa hablaba de él.
El poder.
La soledad.
La pérdida.
En un estante encontró un viejo álbum de fotografías.
Lo tomó con cuidado.
No pretendía invadir su privacidad.
Pero algo llamó su atención.
Una imagen antigua.
Alessandro era mucho más joven.
Sonreía.
A su lado aparecía una mujer hermosa y una niña pequeña.
Parecía otra persona.
Un hombre que todavía creía en la felicidad.
—No deberías estar viendo eso.
La voz detrás de ella la hizo sobresaltarse.
Cerró el álbum rápidamente.
—Lo siento.
Alessandro no parecía molesto.
Se acercó lentamente.
—Ella era mi hermana.
Elena observó la fotografía.
—¿La perdió también?
El silencio fue suficiente respuesta.
—Lo siento.
Alessandro miró la imagen.
—Antes pensaba que perder personas te hacía más fuerte.
Hizo una pausa.
—Ahora sé que simplemente aprendes a vivir con una parte rota.
Por primera vez, Elena vio algo diferente en él.
No al hombre peligroso.
No al jefe de un imperio.
Vio al hombre que había sufrido.