La lluvia golpeaba con fuerza los jardines de la Mansión Vescari mientras todos permanecían inmóviles alrededor del desconocido arrodillado frente a Alessandro. El viento movía los árboles con violencia y las luces exteriores iluminaban una escena que parecía imposible: un fantasma del pasado había regresado después de doce años.
Los hombres de seguridad mantenían sus armas preparadas, esperando una sola orden.
Una palabra de Alessandro y todo terminaría.
Pero él no hablaba.
No podía.
Porque aquel rostro pertenecía a alguien que había enterrado en su memoria.
—No puede ser…
La voz de Marco Bellini apenas fue un susurro.
El hombre levantó la mirada.
Su rostro estaba marcado por heridas antiguas, su ropa estaba empapada por la lluvia y su cuerpo mostraba el cansancio de alguien que había pasado años huyendo.
—Sí puede ser, Marco.
El guardaespaldas dio un paso atrás.
—Estabas muerto.
El hombre sonrió con tristeza.
—Todos pensaron eso.
Alessandro permanecía frente a él con una expresión imposible de descifrar.
—Dime tu nombre.
El desconocido sostuvo su mirada.
—Gabriel Moretti.
El silencio que siguió fue absoluto.
Incluso la lluvia pareció quedar lejos durante unos segundos.
El apellido Moretti era uno de los nombres más oscuros de la historia del submundo.
La familia que había provocado guerras.
La familia relacionada con la tragedia que destruyó la vida de Alessandro.
—Llévenlo dentro —ordenó Alessandro.
Marco lo miró sorprendido.
—Señor…
—Dije que lo lleven dentro.
Nadie discutió.
Porque todos conocían esa voz.
Era la voz del hombre que había tomado una decisión.
En la sala privada de la mansión, Gabriel permanecía sentado frente a Alessandro. Entre ellos había una mesa de madera oscura y doce años de secretos sin resolver.
El fuego de la chimenea iluminaba parcialmente el rostro de ambos.
Marco estaba de pie junto a la puerta.
Nadie más tenía permiso para escuchar aquella conversación.
—Creí que habías muerto —dijo Alessandro.
Gabriel bajó la mirada.
—Era lo que todos debían creer.
—¿Por qué?
—Porque esa noche alguien necesitaba que todos desapareciéramos.
Los ojos de Alessandro se endurecieron.
—Habla claro.
Gabriel respiró profundamente.
—La noche del incendio no fue un accidente.
El aire cambió.
Aunque Alessandro ya sospechaba esa verdad, escucharla de otra persona hacía que la herida volviera a abrirse.
—Eso ya lo sé.
—No.
Gabriel negó lentamente.
—Sabes que fue provocado.
Pero no sabes quién dio la orden.
Alessandro se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Entonces dime quién fue.
Gabriel permaneció en silencio.
Demasiado tiempo.
Alessandro golpeó la mesa con la palma.
—¡Doce años buscando respuestas!
Su voz hizo vibrar la habitación.
—¡Doce años creyendo que mi familia murió por culpa de los Moretti!
Gabriel no retrocedió.
—Y eso era exactamente lo que querían que pensaras.
El silencio volvió.
Marco observaba cada palabra.
Porque por primera vez alguien estaba desarmando la historia que todos creían conocer.
En el pasillo superior, Elena escuchaba desde lejos.
No quería espiar.
Pero había escuchado su apellido.
Moretti.
Ese nombre había aparecido demasiadas veces en las últimas horas.
Y algo dentro de ella le decía que estaba relacionado con sus recuerdos.
Cuando estaba a punto de alejarse, una frase atravesó la puerta.
—La niña Rossi era la clave.
Elena se quedó paralizada.
Su respiración se detuvo.
La niña Rossi.
Ella.
Dentro del despacho, Alessandro levantó la mirada.
—¿Qué sabes de Elena?
Gabriel cerró los ojos por un instante.
—Más de lo que imaginas.
Aquella respuesta encendió la furia contenida del mafioso.
—Si le hiciste daño…
Gabriel negó.
—No fui yo quien la escondió.
—¿Entonces quién?
—Tu propio enemigo.
—¿Quién?
Gabriel lo miró fijamente.
—Alguien que estaba más cerca de ti de lo que jamás sospechaste.
Alessandro sintió una presión en el pecho.
No porque tuviera miedo.
Sino porque aquella frase confirmaba lo que más temía.
La traición no venía desde afuera.
Venía desde adentro.
Al día siguiente, la noticia del regreso de Gabriel Moretti permanecía oculta dentro de la mansión.
Nadie fuera de sus muros podía saberlo.
Alessandro había dado una orden clara.
—Nadie habla.
Marco asintió.
—¿Confía en él?
Alessandro observó el jardín.
—No.
—Entonces, ¿por qué lo mantiene vivo?
La respuesta tardó unos segundos.
—Porque es la única persona que puede decirme la verdad.
Mientras tanto, Elena permanecía en la biblioteca.
Tenía un viejo cuaderno entre sus manos.
Lo había encontrado dentro de una caja que Amelia le entregó esa mañana.
—¿De dónde salió esto?
La mujer dudó.
—Estaba guardado entre algunas pertenencias que llegaron hace años.
Elena abrió la primera página.
La letra era pequeña y elegante.
No reconocía la escritura.
Pero al leer la primera línea sintió que algo dentro de ella se rompía.
“Si algún día Elena encuentra este cuaderno, significa que la verdad finalmente regresó.”
Sus manos comenzaron a temblar.
Continuó leyendo.
“Elena, si estás leyendo esto, debes saber que tu vida fue protegida por personas que jamás conociste.”
Una lágrima cayó sobre el papel.
No entendía.
No recordaba.
Pero aquellas palabras parecían dirigidas directamente a ella.
En el despacho, Alessandro recibió un informe urgente.
Un hombre había intentado abandonar la ciudad utilizando documentos falsos.
El nombre aparecía en la lista de sospechosos internos.
Lorenzo Bardi.
Marco dejó el archivo sobre la mesa.
—Es él.
Alessandro no mostró sorpresa.
—Lo sabía.
—¿Desde cuándo?
—Desde que vi su reacción cuando mencionamos a Elena.
Marco quedó en silencio.
—¿Qué hará?
Alessandro cerró el expediente.
—Nada todavía.
—¿Otra vez esperando?
—No.
Sus ojos adquirieron una frialdad absoluta.
—Dejaremos que nos lleve hasta el verdadero responsable.