Bajo su Imperio

Capítulo 9 La verdad que nos une

La noche cubría Valdoria con un manto oscuro, pero dentro de la Mansión Vescari nadie podía descansar. Había demasiadas preguntas sin respuesta, demasiados secretos enterrados durante años y demasiadas heridas que comenzaban a abrirse nuevamente. En aquel lugar donde el poder había construido muros para protegerse del mundo, ahora una verdad peligrosa amenazaba con derribarlo todo.
Alessandro Vescari permanecía solo en su despacho. Frente a él descansaban tres objetos que representaban toda su historia: la ficha con el símbolo del cuervo, la fotografía antigua de Elena y la carta que había encontrado años atrás.
Tres piezas de un mismo misterio.
Tres caminos que finalmente comenzaban a unirse.
Por primera vez en mucho tiempo, Alessandro sentía algo que odiaba profundamente.
Incertidumbre.
Él podía controlar negocios, territorios y enemigos.
Podía anticipar movimientos de hombres peligrosos.
Pero no podía controlar el destino.
Y Elena Rossi se había convertido en la única variable que no podía dominar.
Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Adelante.
Marco Bellini ingresó.
—Gabriel quiere hablar nuevamente con usted.
Alessandro no apartó la vista de la fotografía.
—¿Dijo algo más?
—Solo pidió ver a Elena.
El rostro de Alessandro cambió de inmediato.
—No.
Marco esperaba esa respuesta.
—Señor…
—Nadie se acerca a ella sin mi autorización.
—Gabriel afirma que puede ayudarla a recuperar sus recuerdos.
Silencio.
Aquello era diferente.
Alessandro sabía que cada minuto que Elena permanecía sin recordar podía ser peligroso.
Pero también sabía que cualquier persona relacionada con aquel pasado podía ser una amenaza.
—Yo hablaré con él primero.
Marco asintió.
Antes de salir, se detuvo.
—Señor…
Alessandro levantó la mirada.
—¿Qué?
—Nunca lo había visto preocuparse tanto por alguien.
La expresión del mafioso permaneció seria.
—No confundas preocupación con debilidad.
Marco sonrió levemente.
—Nunca dije eso.

En la habitación de invitados, Elena continuaba mirando la fotografía que había encontrado en el cuaderno.
La niña que aparecía en la imagen era ella.
Pero el hombre a su lado era un completo desconocido.
Aunque una parte de su memoria parecía reconocerlo.
Había algo en aquella mirada.
Algo familiar.
Como una voz perdida en un sueño.
Alessandro apareció en la puerta.
—¿Puedo pasar?
Ella levantó la vista.
Ya no sentía el mismo miedo que antes.
Pero tampoco tenía todas las respuestas.
—Sí.
Él entró lentamente.
Durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente Elena extendió la fotografía.
—¿Quién es él?
Alessandro observó la imagen.
Su expresión cambió apenas.
Pero Elena lo notó.
—Lo conoce.
No fue una pregunta.
Fue una afirmación.
Alessandro tomó aire.
—Sí.
—¿Quién es?
—Gabriel Moretti.
Elena sintió un escalofrío.
—¿El hombre que volvió de la muerte?
Alessandro la miró sorprendido.
—¿Cómo sabes eso?
Ella señaló el cuaderno.
—Lo escuché.
Él permaneció en silencio.
Elena dio un paso hacia él.
—Necesito la verdad, Alessandro.
La forma en que pronunció su nombre volvió a afectarlo.
No “señor Vescari”.
No “usted”.
Alessandro.
—Toda mi vida alguien decidió qué debía saber y qué debía ignorar.
Su voz se quebró ligeramente.
—No quiero seguir viviendo así.
Aquellas palabras atravesaron la última barrera del hombre que había jurado no volver a sentir.
Alessandro bajó la mirada por un instante.
—Está bien.
Ella esperó.
—Te contaré lo que sé.

La biblioteca se convirtió en el escenario de una conversación que ninguno de los dos olvidaría.
Alessandro encendió la chimenea y permaneció frente al fuego mientras Elena se sentaba cerca.
Por primera vez, él no parecía el dueño de un imperio.
Parecía un hombre contando una herida.
—Hace doce años mi familia murió.
Elena guardó silencio.
—Todos creyeron que fue una tragedia provocada por una guerra entre organizaciones.
—¿Y no fue así?
—No.
Alessandro apretó la mandíbula.
—Alguien manipuló a todos para que pensáramos eso.
—¿Quién?
—Todavía no lo sé.
Elena bajó la mirada.
—Entonces tú también estás buscando respuestas.
—Sí.
—¿Y yo soy parte de esas respuestas?
La pregunta era inevitable.
Alessandro no mintió.
—Al principio, sí.
Ella sintió una punzada en el pecho.
Aunque esperaba esa respuesta, escucharla dolía.
—Entonces la carta tenía razón.
Él frunció el ceño.
—¿Qué carta?
Elena quedó inmóvil.
Demasiado tarde.
Alessandro notó el cambio.
—¿Qué carta?
Ella dudó.
Pero finalmente sacó el papel del cajón.
Se lo entregó.
Alessandro lo leyó.
Cada palabra endureció su expresión.
—¿Cuándo recibiste esto?
—Esta mañana.
—¿Quién te la dejó?
—No lo sé.
Él cerró los ojos unos segundos.
La rabia comenzó a crecer dentro de él.
No contra ella.
Contra quien había intentado destruir la poca confianza que estaban construyendo.
—Elena…
Ella lo miró.
—¿Es mentira?
El silencio de Alessandro fue la respuesta más peligrosa.
Porque significaba que la verdad era más complicada.
—No te busqué por casualidad.
Ella respiró profundamente.
—Eso ya lo sé.
—Pero tampoco te traje aquí para utilizarte.
—¿Entonces para qué?
Alessandro sostuvo su mirada.
—Porque cuando te vi por primera vez…
Se detuvo.
Era una confesión que nunca había hecho.
—Porque cuando te vi, dejé de pensar en la venganza.
Elena quedó inmóvil.
Aquellas palabras no parecían pertenecer al hombre frío que todos temían.
—Alessandro…
—No sé qué está pasando conmigo.
Su voz bajó.
—Pero sé que cuando estoy contigo recuerdo que todavía soy humano.




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