La tormenta había desaparecido sobre Valdoria, pero en la Mansión Vescari una nueva tormenta acababa de comenzar. No era una que pudiera verse en el cielo ni escucharse con los truenos. Era una tormenta hecha de secretos, recuerdos enterrados y verdades capaces de destruir todo aquello que Alessandro Vescari había construido durante años.
La fotografía encontrada en la habitación de archivos permanecía sobre el escritorio.
Alessandro la había observado durante horas.
La misma imagen.
La misma fecha.
La misma frase escrita detrás.
“Elena estaba allí.”
Cada palabra parecía una amenaza.
Porque si era verdad, entonces toda su historia debía ser reconstruida desde el principio.
La mujer que había llegado a su vida como una desconocida podía ser la única persona capaz de revelar quién destruyó a su familia.
Pero también podía ser la única persona que podía destruirlo a él.
En el despacho, Marco permanecía frente a su jefe esperando una orden.
—¿Qué piensa hacer?
Alessandro no apartó la mirada de la fotografía.
—Encontrar la verdad.
—¿Aunque esa verdad la involucre a ella?
El silencio fue suficiente respuesta.
Marco conocía a Alessandro desde hacía muchos años. Sabía que aquel hombre había sobrevivido porque había aprendido a no sentir.
Pero Elena había cambiado algo.
Algo que ni siquiera él podía negar.
—Señor…
Alessandro levantó la mirada.
—¿Qué?
—Si ella recuerda lo ocurrido, puede convertirse en un objetivo aún mayor.
—Lo sé.
—Entonces debe prepararse para cualquier posibilidad.
La expresión del mafioso se volvió fría.
—Estoy preparado para enfrentar enemigos.
Hizo una pausa.
—Pero no para perderla.
En la habitación, Elena despertó lentamente.
Había tenido un sueño extraño.
Una pesadilla que parecía un recuerdo.
Un incendio.
Gritos.
Una mano sosteniendo la suya.
Y una voz masculina diciéndole:
“Prométeme que recordarás quién eres.”
Abrió los ojos de golpe.
Su respiración estaba agitada.
Durante unos segundos no supo dónde estaba.
Después recordó la mansión.
Alessandro.
El peligro.
La verdad que todos parecían conocer menos ella.
Se levantó y caminó hasta el espejo.
Observó su propio reflejo.
—¿Qué me estás ocultando?
No sabía si hablaba de Alessandro.
De su padre.
O de ella misma.
En el desayuno, el ambiente era diferente.
Alessandro estaba más serio que de costumbre.
Elena lo notó inmediatamente.
—Encontraste algo.
No era una pregunta.
Él levantó la mirada.
—Sí.
—¿Tiene que ver conmigo?
Silencio.
Elena dejó la taza sobre la mesa.
—Alessandro.
Él odiaba que ella pudiera leerlo tan fácilmente.
—Encontramos una fotografía.
—¿Qué fotografía?
Él dudó.
Y esa duda confirmó sus sospechas.
—Muéstramela.
—Elena…
—Necesito verla.
Finalmente Alessandro sacó la fotografía y la colocó sobre la mesa.
Ella la tomó.
Sus dedos comenzaron a temblar.
No por la imagen.
Sino por la sensación que despertó dentro de ella.
—Yo…
Cerró los ojos.
Un recuerdo apareció.
Una habitación iluminada por llamas.
Una mujer llorando.
Un hombre diciendo:
“Alessandro debe encontrarla.”
Ella abrió los ojos bruscamente.
Alessandro se levantó.
—¿Qué viste?
Elena respiraba con dificultad.
—No estoy segura.
—Dímelo.
—Había fuego.
Silencio.
—Había personas.
Otra pausa.
—Y alguien hablaba de usted.
Los ojos de Alessandro se endurecieron.
—¿Qué decía?
Ella intentó recordar.
Pero el dolor apareció nuevamente.
—No puedo.
Él se acercó.
—Está bien.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Está bien?
—Sí.
—Pero necesita saberlo.
Alessandro negó lentamente.
—No a costa de destruirte.
Aquella respuesta quedó grabada en la mente de Elena.
Porque esperaba que él buscara respuestas por encima de todo.
Pero había elegido protegerla.
Incluso de la verdad.
Y eso era algo que no podía ignorar.
En otra parte de la ciudad, Lorenzo Bardi observaba las fotografías tomadas dentro de la mansión.
Había logrado acceder a los archivos.
Había encontrado información.
Pero algo estaba cambiando.
No esperaba que Alessandro protegiera a Elena de esa manera.
Siempre había visto a su jefe como un hombre incapaz de amar.
Un hombre que solo entendía poder y venganza.
Pero ahora veía algo diferente.
Y eso complicaba sus órdenes.
Su teléfono sonó.
Respondió con tensión.
—Habla.
—Necesitamos resultados.
Lorenzo cerró los ojos.
—Estoy trabajando.
—No tienes tiempo.
—Alessandro sospecha.
—Entonces acelera.
La voz del otro lado se volvió más fría.
—Recuerda lo que está en juego.
La llamada terminó.
Lorenzo apretó el teléfono.
Por primera vez comenzó a preguntarse si estaba del lado correcto.
Esa tarde, Gabriel pidió hablar con Elena.
Alessandro no estuvo de acuerdo.
—No irá sola.
Gabriel lo miró.
—¿Todavía no confías en mí?
—No confío en nadie.
Gabriel sonrió con tristeza.
—Eso explica por qué estás solo.
La frase golpeó más de lo esperado.
Alessandro no respondió.
Finalmente permitió el encuentro.
Pero permaneció cerca.
En la biblioteca, Gabriel colocó sobre la mesa una pequeña caja de madera.
Elena la observó con curiosidad.
—¿Qué es?
—Algo que tu padre dejó para ti.
Ella abrió lentamente la caja.
Dentro había un collar antiguo.
Un símbolo grabado en la parte central.
El mismo cuervo.
Elena sintió un fuerte dolor de cabeza.
Las imágenes regresaron.
Una niña escondida detrás de una puerta.
Una voz desesperada.
Un hombre herido.
Y una frase.
“Si algo me ocurre, busca a Alessandro Vescari.”
La caja cayó de sus manos.
Gabriel la sostuvo.
—Elena.
Ella respiraba con dificultad.
—Mi padre…
Las lágrimas comenzaron a aparecer.
—Mi padre conocía a Alessandro.
Gabriel asintió.
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijeron?
—Porque querían protegerte.
Ella negó.
—No.
Su voz se quebró.
—Me ocultaron mi propia vida.