La Mansión Vescari nunca había parecido tan silenciosa como aquella noche.
No era un silencio de paz.
Era un silencio de advertencia.
El tipo de silencio que aparece antes de una tormenta.
Las luces permanecían encendidas en cada pasillo, los hombres de seguridad recorrían los jardines y los sistemas de vigilancia funcionaban al máximo nivel. Pero Alessandro Vescari sabía que ninguna medida de protección podía detener a alguien que conocía sus movimientos antes de que ocurrieran.
Alguien había entrado.
Alguien había atravesado sus defensas.
Y lo peor no era eso.
Lo peor era que había ido directamente hacia Elena.
Alessandro caminaba por el corredor principal acompañado por Marco Bellini. Su rostro permanecía completamente serio, pero sus ojos mostraban algo que pocos habían visto antes.
Miedo.
No por él.
Nunca por él.
Por ella.
—¿Dónde está Elena? —preguntó.
—En su habitación. Los guardias ya están afuera.
Alessandro se detuvo.
—No.
Marco lo miró confundido.
—¿Señor?
—No quiero guardias afuera.
Hizo una pausa.
—Quiero guardias en cada puerta, cada ventana y cada entrada de esta mansión.
Marco asintió.
—Ya está hecho.
Alessandro continuó caminando.
—Y encuentra cómo entraron.
—Lo haré.
—No.
La voz de Alessandro se volvió más grave.
—Encuentra quién los dejó entrar.
En la habitación, Elena permanecía despierta.
Había sentido algo extraño.
Una sensación difícil de explicar.
Como si alguien la estuviera observando.
Como si su pasado estuviera intentando alcanzarla.
Sobre la mesa descansaba el collar que Gabriel le había entregado.
El símbolo del cuervo brillaba bajo la luz tenue.
Ella lo tomó entre sus dedos.
Una nueva imagen apareció en su mente.
Un hombre corriendo por un pasillo.
Una niña llorando.
Una mujer gritando su nombre.
Y una frase que parecía venir de otra vida.
“Confía en Alessandro.”
Elena abrió los ojos rápidamente.
¿Por qué ese nombre aparecía en sus recuerdos?
¿Por qué alguien que apenas conocía parecía haber formado parte de su historia desde siempre?
Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
Ella se puso de pie.
—¿Quién es?
No hubo respuesta.
Su corazón comenzó a latir más rápido.
La manija de la puerta se movió lentamente.
Antes de que pudiera retroceder, la puerta se abrió de golpe.
Pero no era un enemigo.
Era Alessandro.
Entró con rapidez.
Sus ojos recorrieron la habitación buscando cualquier señal de peligro.
Cuando comprobó que ella estaba bien, su expresión cambió ligeramente.
—¿Estás herida?
Elena negó.
—No.
Alessandro respiró aliviado.
Ella lo observó.
Nunca había visto esa reacción en él.
El hombre que todos temían acababa de entrar aterrorizado por perderla.
—¿Qué ocurrió?
Él cerró la puerta.
—Alguien entró en la mansión.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Por mí?
Alessandro no respondió.
Y esa respuesta fue suficiente.
En el centro de control de seguridad, Marco revisaba las cámaras una y otra vez.
La falla había sido demasiado precisa.
Demasiado limpia.
—No fue un ataque improvisado —dijo uno de los técnicos.
Marco observó la pantalla.
—No.
—¿Entonces?
—Fue una prueba.
El técnico frunció el ceño.
—¿Una prueba?
Marco asintió.
—Querían demostrar que podían entrar.
—¿Por qué no atacaron?
El guardaespaldas observó la grabación.
Una sombra aparecía durante unos segundos en uno de los pasillos.
No se veía el rostro.
Pero había algo familiar en la forma de caminar.
—Porque no vinieron a matar.
Hizo una pausa.
—Vinieron a enviar un mensaje.
Alessandro permanecía en la habitación junto a Elena.
Por primera vez, ninguno intentaba ocultar sus emociones.
—Debes irte de aquí.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Qué?
—Esta casa ya no es segura.
—¿Y a dónde iría?
Silencio.
La pregunta lo dejó sin respuesta.
Porque la realidad era simple.
No había ningún lugar donde pudiera esconderla.
El enemigo la encontraría.
—No tengo un lugar seguro para ti.
Elena observó su rostro.
—Entonces no me estás protegiendo.
Alessandro frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Me estás encerrando.
Él dio un paso hacia ella.
—Estoy intentando mantenerte viva.
—Pero no puedes decidir toda mi vida.
La frase lo detuvo.
Porque era exactamente lo que todos habían hecho con ella.
Decidir por ella.
Ocultarle la verdad.
Protegerla sin preguntarle qué quería.
Elena bajó la voz.
—Toda mi vida alguien eligió por mí.
No quiero que tú seas otro más.
Alessandro guardó silencio.
Después respondió:
—Tienes razón.
Ella lo miró sorprendida.
No esperaba esa respuesta.
—¿Lo admites?
—Sí.
Bajó la mirada por un instante.
—No sé proteger a alguien sin intentar controlar todo.
Elena sintió algo extraño.
Por primera vez veía la vulnerabilidad detrás del poder.
En el despacho, Gabriel esperaba a Alessandro.
Cuando entró, notó inmediatamente su expresión.
—Pasó algo.
Alessandro cerró la puerta.
—Intentaron entrar a la mansión.
Gabriel se tensó.
—¿La encontraron?
—No.
—Entonces no fue un ataque.
Alessandro lo miró.
—Eso mismo pensé.
Gabriel permaneció serio.
—Querían asustarte.
—¿Por qué?
—Porque tienen miedo.
—¿Miedo de qué?
Gabriel se acercó al escritorio.
—De que Elena recuerde.
Alessandro apretó los puños.
—¿Qué hay en sus recuerdos?
Gabriel negó.
—No lo sé completamente.
—Pero sabes algo.
Silencio.
—Sé que tu esposa descubrió parte de la verdad antes de morir.
El aire cambió.
Alessandro quedó inmóvil.
—¿Mi esposa?
Gabriel asintió.
—Ella sabía que Elena era importante.
—¿Cómo?
—Porque tu esposa fue quien intentó salvarla aquella noche.
Por primera vez en años, una lágrima casi apareció en los ojos de Alessandro.
No de tristeza.
De una mezcla imposible de dolor y esperanza.
—Mi esposa…
Gabriel bajó la mirada.
—Murió intentando proteger a una niña que apenas conocía.