Bajo su Imperio

Capítulo 18 El rostro del pasado

El nombre quedó atrapado en la garganta de Elena.

Su respiración era irregular mientras las imágenes seguían apareciendo como relámpagos desordenados dentro de su memoria.

La antigua iglesia había dejado de existir para ella.

Ya no veía las columnas agrietadas.

Ni los vitrales destruidos.

Ni las armas apuntando en distintas direcciones.

Solo veía aquel largo pasillo iluminado por llamas.

El humo.

Los gritos.

El llanto de un niño.

Y unos brazos que lo alejaban mientras él intentaba regresar.

Alessandro sostuvo los hombros de Elena con una firmeza que ocultaba su propia desesperación.

—Mírame.

Ella respiró con dificultad.

—Estoy aquí.

Los ojos verdes de Elena se encontraron con los de él.

Durante unos segundos el mundo desapareció.

Solo existían ellos.

El mafioso que había perdido todo.

Y la mujer que guardaba las respuestas capaces de reconstruir su pasado.

—No tengas miedo.

Ella negó lentamente.

—No tengo miedo de recordar.

Su voz apenas era un susurro.

—Tengo miedo de lo que esos recuerdos puedan hacerte.

Aquellas palabras atravesaron el corazón de Alessandro.

Nunca había conocido a alguien que, en medio del caos, pensara primero en el dolor ajeno.

Le acarició suavemente el rostro.

Un gesto pequeño.

Inesperado.

Completamente diferente al hombre frío que todos conocían.

—Nada de lo que descubras hará que deje de protegerte.

Elena sintió un calor extraño en el pecho.

No era pasión.

Todavía no.

Era algo más profundo.

La certeza de que, por primera vez desde que tenía memoria, alguien la elegía incluso cuando conocer la verdad podía destruirlo.

Adrián Valmont observaba aquella escena con absoluto interés.

Había esperado años para contemplar ese momento.

Sabía que el mayor punto débil de Alessandro nunca había sido su imperio.

Era su corazón.

Uno que él mismo creía muerto.

Y Elena acababa de devolverle la vida.

—Qué irónico…

Murmuró Adrián.

Alessandro giró lentamente.

—¿Qué dijiste?

—Construiste un reino donde todos te obedecen.

Sonrió.

—Y bastó una mujer para cambiar todas tus prioridades.

Marco dio un paso adelante.

—Cállese.

Adrián ni siquiera lo miró.

Continuó observando a Alessandro.

—Antes habrías disparado primero.

Ahora preguntas.

Antes habrías destruido todo.

Ahora intentas salvar.

Su sonrisa se hizo más amplia.

—Ella ya comenzó a cambiarte.

Alessandro respondió con absoluta serenidad.

—No.

Una pausa.

—Ella me recordó quién era antes de convertirme en aquello que tú ayudaste a crear.

Aquellas palabras hicieron desaparecer la sonrisa de Adrián.

Damián seguía apoyado contra la columna.

Todavía respiraba con dificultad después del enfrentamiento.

Observaba a Alessandro en silencio.

Durante años había creído que lo conocía mejor que nadie.

Pero el hombre que tenía delante ya no era el mismo.

La venganza seguía viviendo dentro de él.

Pero ahora compartía espacio con otra emoción.

Esperanza.

Y eso lo hacía mucho más peligroso.

Porque un hombre que solo desea vengarse puede ser manipulado.

Pero un hombre que lucha por alguien es capaz de cualquier cosa.

Gabriel continuaba revisando los documentos encontrados dentro de la caja.

Cada página revelaba nuevos nombres.

Nuevas fechas.

Nuevas operaciones financieras.

Hasta que encontró un sobre completamente sellado.

Sobre él solo había una inscripción.

“Solo abrir cuando la heredera recuerde.”

Todos dirigieron la mirada hacia Elena.

Gabriel rompió lentamente el sello.

Dentro encontró una carta escrita a mano.

La tinta estaba desgastada por el tiempo.

Respiró profundamente antes de comenzar a leer.

—“Si esta carta ha llegado a tus manos, significa que sobreviviste.”

Elena sintió un escalofrío.

—“Perdóname por obligarte a olvidar quién eres.”

Las lágrimas comenzaron a recorrer su rostro.

Aquella letra.

Aquella forma de escribir.

Resultaba extrañamente familiar.

Gabriel continuó.

—“No lo hice porque dudara de tu fortaleza.”

Hizo una pausa.

—“Lo hice porque eras demasiado importante para dejarte crecer entre lobos.”

Elena llevó una mano a su boca.

—Es…

Gabriel levantó la vista.

—¿Qué ocurre?

Ella respondió con la voz quebrada.

—Es la letra de mi padre.

Alessandro observó cada reacción de Elena.

No necesitaba preguntar.

Sabía que era verdad.

Gabriel siguió leyendo.

—“Cuando leas esto comprenderás que el apellido Rossi nunca fue un privilegio.”

—“Fue una condena.”

—“Durante generaciones nuestra familia protegió algo que ningún hombre debía controlar.”

Marco preguntó en voz baja.

—¿Qué protegían?

Gabriel continuó.

—“No es oro.”

—“No son tierras.”

—“No es poder.”

Todos aguardaban la siguiente línea.

—“Es la lista.”

El silencio volvió a dominar la iglesia.

Alessandro frunció el ceño.

—¿Qué lista?

Gabriel pasó la hoja.

No había más explicaciones.

Solo una frase final.

—“Quien posea la lista decidirá el futuro del imperio.”

Adrián dejó escapar una carcajada.

—Por fin.

Alessandro lo miró.

—¿De qué estás hablando?

—Doce años.

Respondió Adrián.

—Doce años buscando dinero, territorios y enemigos.

Cuando la verdadera guerra siempre fue por un simple cuaderno.

Marco frunció el ceño.

—¿Una lista puede provocar tantas muertes?

Adrián respondió con tranquilidad.

—No es una lista cualquiera.

Contiene los nombres de todas las personas que financiaron la creación del imperio.




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