Las palabras de Isabella De Laurent quedaron suspendidas en el aire como una condena.
—Si quieres volver a ver a tu hijo… tendrás que entregar a Elena.
El silencio fue absoluto.
Alessandro Vescari permaneció inmóvil, con la mirada fija en aquella mujer que acababa de abrir una herida que llevaba doce años sangrando.
Durante un instante sintió que el tiempo retrocedía.
Volvió a escuchar las risas de su esposa.
Volvió a ver el pequeño jardín donde su hijo corría detrás de una pelota de madera.
Volvió a sentir el calor de aquella familia que el fuego le había arrebatado.
Después regresó al presente.
A la iglesia abandonada.
A Elena sujetando su mano.
Y comprendió que el destino le estaba exigiendo elegir entre el pasado y el futuro.
Isabella sonrió con serenidad.
—Sé exactamente lo que estás pensando.
Alessandro respondió con una voz fría.
—No sabes nada de mí.
—Sé que llevas doce años soñando con volver a abrazar a tu hijo.
Una pausa.
—Y también sé que jamás imaginaste que el precio sería ella.
Elena permanecía en silencio.
No apartó la mano de la de Alessandro.
Podía sentir el conflicto que lo desgarraba por dentro.
No necesitaba palabras para comprenderlo.
Era un padre.
Y ningún padre deja de buscar a un hijo.
Marco Bellini levantó su arma.
—Esto terminó.
Isabella ni siquiera reaccionó.
—Dispare si quiere.
Miró directamente a Marco.
—Pero nunca volverán a encontrar al niño.
Marco dudó.
Alessandro levantó una mano indicando que bajara el arma.
Toda la atención volvió a centrarse en él.
Damián observaba la escena desde unos metros de distancia.
Por primera vez en muchos años comprendió que había subestimado a Alessandro.
Siempre creyó que el poder era su mayor debilidad.
Se equivocó.
Era el amor.
El amor por su familia perdida.
Y ahora…
El amor que comenzaba a sentir por Elena.
Adrián Valmont se acercó lentamente a Isabella.
—No esperaba verte aquí.
Ella respondió sin apartar la vista de Alessandro.
—Tú tampoco imaginabas que seguiría viva.
Adrián sonrió.
—Siempre fuiste difícil de eliminar.
—Y tú siempre fuiste demasiado ambicioso.
Las viejas alianzas comenzaban a resquebrajarse frente a todos.
Gabriel comprendió algo inquietante.
Aquellos dos enemigos no estaban trabajando juntos.
Cada uno perseguía un objetivo diferente.
Eso significaba una sola cosa.
La guerra acababa de dividirse en dos frentes.
Alessandro soltó lentamente la mano de Elena.
Ella sintió un vacío inmediato.
Pero él no se alejó.
Solo dio un paso adelante.
—Quiero pruebas.
Isabella asintió.
—Era la respuesta que esperaba.
Sacó un pequeño sobre del bolsillo interior de su abrigo.
Lo dejó sobre un banco de madera.
—Míralo.
Nadie se movió.
Alessandro caminó lentamente.
Abrió el sobre.
Dentro encontró una fotografía reciente.
Sus manos comenzaron a temblar.
Era un adolescente de unos diecisiete años.
Cabello oscuro.
Mirada intensa.
La misma mirada que él veía cada mañana en el espejo.
En el reverso de la fotografía había una fecha.
Y una frase escrita a mano.
“Sigue preguntando por su padre.”
El pecho de Alessandro se comprimió con una fuerza insoportable.
Durante años había imaginado aquel rostro miles de veces.
Jamás creyó que realmente existiría.
Elena observó la fotografía desde donde estaba.
Después levantó la vista hacia Alessandro.
Nunca lo había visto llorar.
Hasta ese momento.
Una sola lágrima descendió lentamente por su mejilla.
Él no intentó ocultarla.
—¿Dónde está?
Preguntó Alessandro.
Isabella respondió con absoluta calma.
—Seguro.
—Eso no responde mi pregunta.
—Porque todavía no confío en ti.
Alessandro apretó la fotografía.
—Me estás pidiendo que entregue a Elena.
—No.
Respondió Isabella.
—Te estoy pidiendo que decidas qué clase de hombre eres.
Elena dio un paso adelante.
—¿Por qué yo?
Isabella la observó con una mezcla de ternura y tristeza.
—Porque eres la llave.
—¿La llave de qué?
—De todo.
Se hizo un profundo silencio.
—La lista que buscas no puede abrirse sin la última heredera de la familia Rossi.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Abrirse?
Isabella asintió.
—No es un cuaderno.
Ni un documento.
Es un archivo protegido.
Creado para que solo una persona pudiera acceder.
Miró a Elena.
—Tú.
Elena sintió que el mundo volvía a girar demasiado deprisa.
Toda su vida había sido utilizada por otros.
Primero para esconderla.
Después para protegerla.
Ahora para abrir un secreto capaz de cambiar el equilibrio del crimen organizado.
Miró a Alessandro.
Él seguía sosteniendo la fotografía.
Ella comprendía perfectamente el conflicto que estaba viviendo.
Y precisamente por eso tomó una decisión.
—Acepto.
Todas las miradas se dirigieron hacia ella.
Alessandro giró bruscamente.
—No.
—Debes recuperar a tu hijo.
—No a ese precio.
—Es tu hijo.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Lo has buscado durante doce años.
Alessandro dio dos pasos hasta quedar frente a ella.
—Escúchame bien.
Sus ojos jamás abandonaron los de Elena.
—No voy a entregar a la mujer que juré proteger.
Ella intentó responder.
Pero él continuó.
—Perdí una familia porque no llegué a tiempo.
No volveré a perder otra por tomar la decisión equivocada.
Aquellas palabras dejaron sin aliento a todos los presentes.
Marco bajó lentamente su arma.
Gabriel cerró los ojos.