El medallón permanecía abierto sobre las manos temblorosas de Elena.
La pequeña fotografía parecía desafiar toda lógica.
Dos niños sonreían bajo la luz de un sol de verano, junto a un lago rodeado de altos pinos. El viento agitaba el vestido blanco de la pequeña, mientras el niño sostenía una barca de madera entre las manos. Ambos parecían felices. Demasiado felices para pertenecer a una historia que terminaría envuelta en fuego, sangre y traiciones.
Alessandro tomó lentamente el medallón.
Sus ojos recorrieron cada detalle.
El rostro del niño.
La forma de sus cejas.
La expresión desafiante.
Era imposible no reconocerlo.
—Es él…
Su voz apenas fue un susurro.
Elena levantó la mirada.
—¿Tu hijo?
Alessandro asintió lentamente.
—No tengo dudas.
Durante unos segundos nadie habló.
Marco vigilaba la entrada destruida de la iglesia mientras los hombres aseguraban el perímetro. Gabriel observaba la fotografía como si intentara arrancarle un recuerdo al pasado.
Finalmente rompió el silencio.
—Miren el fondo.
Todos acercaron la imagen.
Detrás de los niños podía verse una enorme roca blanca con una inscripción parcialmente cubierta por la vegetación.
Marco entrecerró los ojos.
—No es una piedra cualquiera.
Gabriel respiró profundamente.
—La conozco.
Alessandro giró inmediatamente.
—¿Dónde está?
—En el Lago de los Juramentos.
El silencio volvió a caer.
Aquel nombre despertó algo dentro de Elena.
Un destello.
Una sensación.
Un perfume.
El sonido de campanas lejanas.
Llevó una mano a su cabeza.
—Yo…
Las imágenes comenzaron a regresar.
Una mujer riendo.
Un hombre levantando a dos niños en brazos.
Una vieja casa de madera junto al lago.
Y una voz cálida que repetía una frase una y otra vez.
“Prometan que jamás permitirán que el odio los convierta en enemigos.”
Elena abrió los ojos sobresaltada.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Yo estuve allí.
Alessandro dio un paso hacia ella.
—¿Qué recordaste?
—Éramos amigos.
Su voz tembló.
—No…
Negó lentamente.
—Éramos como hermanos.
Las palabras golpearon a Alessandro con una fuerza inesperada.
Durante años había imaginado a su hijo creciendo solo.
Ahora descubría que Elena había formado parte de aquellos primeros recuerdos.
Y alguien había decidido borrar esa parte de sus vidas.
Horas después abandonaron la iglesia.
El convoy avanzó por una carretera solitaria mientras el amanecer comenzaba a teñir el horizonte de tonos dorados.
Dentro del vehículo principal nadie hablaba.
Alessandro conducía.
Elena observaba el paisaje por la ventanilla.
Gabriel revisaba nuevamente los documentos recuperados.
Marco permanecía atento a cualquier movimiento extraño.
El silencio era pesado.
Hasta que Elena habló.
—¿Cómo era él?
Alessandro tardó unos segundos en responder.
—Curioso.
Sonrió con nostalgia.
—Nunca dejaba de hacer preguntas.
Recordó una escena.
—Cuando tenía cinco años quiso convencerme de que los peces podían volar si realmente lo deseaban.
Elena sonrió por primera vez desde que todo comenzó.
—Eso suena bonito.
Alessandro bajó la mirada unos instantes.
—También era muy valiente.
Su expresión volvió a endurecerse.
—Demasiado para un niño.
Elena comprendió que cada recuerdo era una herida.
Aun así necesitaba hacer otra pregunta.
—¿Cómo se llamaba?
El mafioso respiró profundamente.
Hacía doce años que no pronunciaba aquel nombre.
—Leon.
Elena sintió un estremecimiento.
Ese nombre despertó otro recuerdo.
Un niño corriendo hacia ella.
Una voz infantil.
“¡Elena! ¡Espérame!”
Y una mujer riendo mientras ambos escapaban hacia el lago.
Se llevó una mano al pecho.
—Leon…
Murmuró.
—Ese nombre siempre estuvo dentro de mí.
Al mismo tiempo, a cientos de kilómetros de allí, una moderna residencia permanecía oculta entre montañas.
Un joven observaba el amanecer desde un enorme ventanal.
Alto.
Cabello oscuro.
Mirada intensa.
Llevaba una vida cómoda.
Había recibido la mejor educación.
Entrenamiento.
Disciplina.
Pero existía una pregunta que nunca había logrado responder.
¿Quién era realmente?
Detrás de él apareció Isabella.
—No dormiste.
El joven negó.
—Otra vez tuve el mismo sueño.
Ella guardó silencio.
—El incendio.
Isabella bajó la mirada.
—Sí.
Él cerró los puños.
—Cada vez veo más rostros.
Se volvió hacia ella.
—Y siempre aparece el mismo hombre.
Isabella sintió un nudo en la garganta.
—¿Cómo es?
—Alto.
Mirada fría.
Pero cuando intenta alcanzarme…
Su expresión cambia.
Respiró lentamente.
—Llora.
Isabella cerró los ojos.
Porque sabía perfectamente de quién estaba hablando.
Mientras tanto, Adrián Valmont había regresado a su refugio.
Su expresión ya no transmitía calma.
Uno de sus hombres aguardaba instrucciones.
—Fallamos.
Dijo el guardaespaldas.
Adrián respondió con frialdad.
—No.
Solo perdimos una ventaja.
El hombre dudó.
—¿Y ahora?
Adrián se acercó lentamente al enorme mapa que ocupaba toda una pared.
Clavó una pequeña daga sobre un punto específico.
—Ellos irán aquí.
El hombre observó el mapa.
—¿El Lago de los Juramentos?
Adrián sonrió.
—Todos los caminos terminan allí.
Respiró profundamente.
—Y también comenzará el final.
Al caer la tarde, el convoy llegó a un pequeño pueblo rodeado de bosques.
Los habitantes apenas salían de sus casas.