Bajo su Imperio

Capítulo 25 La guardiana del legado

La biblioteca quedó sumida en un silencio absoluto.

Nadie respiró.

Nadie movió un solo músculo.

La mujer vestida de blanco permanecía inmóvil junto a la mesa de piedra, iluminada únicamente por la luz dorada que descendía desde la enorme cúpula de cristal situada sobre la Cámara del Juramento. El velo transparente apenas ocultaba unos rasgos que hicieron que el corazón de Elena se detuviera.

Era el mismo rostro.

Los mismos ojos color miel.

La misma delicadeza en las facciones.

La misma serenidad que aparecía en las pocas fotografías que había logrado conservar de su madre.

Elena sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

—Mamá…

La palabra escapó de sus labios como un susurro.

La mujer sonrió con una tristeza infinita.

—Hace muchos años que nadie me llama así.

Aquella respuesta dejó a todos inmóviles.

Alessandro observó con atención.

Algo no encajaba.

Los años no coincidían.

Si aquella mujer realmente fuera la madre de Elena, el tiempo habría dejado marcas mucho más profundas sobre su rostro.

Gabriel fue el primero en comprenderlo.

—No…

Murmuró.

—No puede ser ella.

La desconocida inclinó lentamente la cabeza.

—Tiene razón.

Elena levantó la mirada con desesperación.

—¿Quién es usted?

La mujer dio un paso adelante.

—Mi nombre es Sofía Schneider.

Elena sintió un escalofrío.

—¿Schneider?

—Sí.

Respiró profundamente.

—Soy la hermana gemela de tu madre.

El silencio volvió a envolver la inmensa biblioteca.

Los recuerdos de Elena comenzaron a reorganizarse.

Dos mujeres idénticas.

Una cantando junto al lago.

La otra enseñándole a leer frente a una enorme chimenea.

Hasta ese momento siempre creyó que era un error de su memoria.

Ahora comprendía la verdad.

Nunca había sido una sola mujer.

Habían sido dos.

Las lágrimas comenzaron a descender lentamente.

—¿Dónde estuvo todo este tiempo?

Sofía sonrió con tristeza.

—Esperándote.

—¿Por qué nunca me buscó?

—Porque era la única manera de mantenerte con vida.

Aquellas palabras golpearon a Elena con fuerza.

Toda su infancia había estado construida sobre secretos.

Leon permanecía en silencio.

Cada minuto recuperaba un nuevo fragmento de su pasado.

Observó a Sofía con atención.

De pronto habló.

—Usted me regaló un caballo de madera.

La mujer sonrió.

—Pensé que nunca volverías a recordarlo.

Leon respiró profundamente.

—Siempre tuve ese recuerdo.

Pero jamás pude verle el rostro.

Sofía se acercó lentamente.

Apoyó una mano sobre su mejilla.

—Eras demasiado pequeño cuando ocurrió todo.

Alessandro observaba cada gesto.

No percibía ninguna mentira.

Solo un inmenso cansancio.

Como el de alguien que había pasado muchos años cumpliendo una promesa imposible.

Sobre la mesa de piedra continuaba descansando el sobre dirigido a Alessandro.

Él lo observó durante varios segundos.

Reconocía perfectamente la letra.

Su corazón latía con fuerza.

Durante doce años había imaginado miles de veces qué habría escrito su esposa si hubiera tenido la oportunidad de despedirse.

Ahora esa respuesta estaba frente a él.

Pero sus manos dudaban.

Sofía habló con suavidad.

—Ella escribió esa carta pocas horas antes del incendio.

Alessandro cerró lentamente los ojos.

—¿Lo sabía?

—Sabía que la guerra había comenzado.

Una lágrima descendió por el rostro de Sofía.

—Y también sabía que intentaría protegerte hasta el último instante.

Alessandro tomó finalmente el sobre.

Lo abrió con un cuidado casi reverencial.

Dentro encontró varias hojas cuidadosamente dobladas.

Comenzó a leer.

“Mi amado Alessandro.

Si estas palabras llegan a tus manos, significa que el destino no me permitió regresar contigo. No quiero que conviertas nuestro dolor en una prisión. Si sobrevives, vive por nuestro hijo. Si también él desaparece, no permitas que el odio sea la única herencia que reciba cuando vuelva a encontrarte. Prométeme que, si algún día la vida vuelve a regalarte una razón para amar, no la rechazarás por miedo a sufrir otra vez.”

Las manos de Alessandro comenzaron a temblar.

Continuó leyendo.

“El hombre del que me enamoré nunca gobernó por miedo. Gobernó porque protegía a los suyos. Si algún día olvidas quién eres, busca el lago. Allí encontrarás el camino de regreso.”

Una lágrima cayó sobre el papel.

Alessandro bajó lentamente la carta.

Comprendía por qué aquel lugar existía.

No guardaba un tesoro.

Guardaba esperanza.

Mientras tanto, en el exterior de la cámara, Adrián Valmont observaba la enorme puerta cerrada.

Sus hombres continuaban intentando abrirla sin éxito.

Golpeaban la piedra.

Utilizaban explosivos.

Nada funcionaba.

La puerta permanecía inmóvil.

Uno de sus hombres se acercó.

—No podemos entrar.

Adrián sonrió con una calma inquietante.

—No hace falta.

Sacó lentamente del bolsillo la hoja robada del antiguo cuaderno.

En ella aparecía un segundo acceso.

Mucho más antiguo.

Mucho más peligroso.

Señaló una marca dibujada bajo el lago.

—Entraremos por las galerías inferiores.

El hombre palideció.

—Dicen que nadie regresa de allí.

Adrián respondió sin dudar.

—Por eso nadie nos estará esperando.

Dentro de la biblioteca, Gabriel recorría lentamente los enormes estantes.

Miles de documentos permanecían perfectamente conservados.

Mapas.

Diarios.

Registros.

Tratados.

Hasta que encontró un grueso libro cubierto de cuero negro.

Sobre la tapa solo había una inscripción.

“Los Elegidos.”

Lo abrió cuidadosamente.




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