Bajo su Imperio

Capítulo 30 El juicio del Guardián

El estruendo que recorrió las entrañas de la montaña pareció detener el tiempo.

Las antiguas piedras vibraron con una fuerza desconocida. El polvo descendió desde las bóvedas centenarias mientras las antorchas se extinguían una tras otra. Solo permanecía encendida aquella intensa luz rojiza que nacía detrás de la enorme puerta ceremonial.

La figura cubierta por la armadura negra avanzó lentamente.

Cada uno de sus pasos resonaba como el golpe de un martillo sobre la roca.

Nadie habló.

Nadie respiró.

El casco metálico ocultaba casi por completo su rostro, pero los pocos rasgos visibles eran idénticos al retrato del sacerdote fundador que Matteo acababa de revelar.

Lord Octavian apoyó ambas manos sobre su bastón.

Sus labios temblaban.

—No puede ser…

Matteo De Luca bajó lentamente la cabeza.

—Sí puede.

El anciano lo miró sin comprender.

—Murió hace más de medio siglo.

Matteo respondió con una serenidad dolorosa.

—El hombre murió.

El Guardián jamás.

La figura se detuvo frente al grupo.

No levantó su espada.

No realizó ningún gesto amenazante.

Simplemente observó a cada uno de los presentes.

Primero a Alessandro.

Luego a Elena.

Después a Leon.

Lucien.

Sofía.

Gabriel.

Marco.

Lord Octavian.

Y finalmente fijó la mirada en Matteo.

Durante varios segundos ninguno de los dos habló.

Parecían conocerse desde hacía una vida.

Finalmente la voz metálica rompió el silencio.

—Has regresado demasiado tarde.

Matteo cerró lentamente los ojos.

—Lo sé.

—Miles murieron mientras permanecías oculto.

—También lo sé.

La espada del Guardián descendió unos centímetros.

No en actitud ofensiva.

Sino como quien carga un peso imposible.

—Entonces también sabes que ha llegado la hora del juicio.

Gabriel dio un paso adelante.

—¿Quién eres realmente?

La figura permaneció inmóvil.

Después levantó lentamente una mano enguantada.

Retiró el casco.

El silencio se volvió absoluto.

No era un anciano.

No era un joven.

Era un hombre de unos sesenta años cuyo rostro conservaba una serenidad casi imposible.

Había profundas cicatrices alrededor del cuello.

Y sus ojos grises transmitían una tristeza infinita.

—Mi nombre ya no importa.

Hace muchos años dejé de pertenecer al mundo.

Lord Octavian cayó lentamente de rodillas.

—Maestro…

El hombre lo observó con afecto.

—Levántate, Octavian.

Ya no eres un discípulo.

Alessandro no apartó la mirada.

Había aprendido que las apariencias ocultaban demasiadas mentiras.

—Quiero respuestas.

El Guardián asintió.

—Las tendrás.

Pero antes responderás una pregunta.

Alessandro frunció el ceño.

—¿Cuál?

La voz del Guardián resonó con una firmeza absoluta.

—¿Qué vale más?

¿La mujer que amas?

¿O el imperio que juraste proteger?

El silencio fue inmediato.

Elena sintió un escalofrío.

No esperaba escuchar aquella pregunta tan pronto.

Alessandro ni siquiera dudó.

—Ella.

El Guardián mantuvo la mirada fija sobre él durante varios segundos.

Después sonrió por primera vez.

Una sonrisa apenas perceptible.

Pero sincera.

—Todavía queda esperanza.

Lucien observó la escena con atención.

No comprendía qué clase de juicio era aquel.

Pensaba encontrar violencia.

Encontraba preguntas.

Leon fue el siguiente.

El Guardián lo miró directamente.

—¿Qué buscas?

Leon respondió con honestidad.

—Saber quién soy.

—Respuesta incorrecta.

Todos quedaron inmóviles.

El joven frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque ya sabes quién eres.

Lo que buscas es decidir en quién deseas convertirte.

Leon permaneció completamente en silencio.

Aquellas palabras atravesaron todas sus dudas.

Elena dio un paso adelante.

El Guardián volvió la mirada hacia ella.

Durante varios segundos ninguno habló.

Finalmente fue ella quien rompió el silencio.

—¿Mi madre murió aquella noche?

El hombre respiró profundamente.

—No.

La respuesta dejó a todos inmóviles.

El corazón de Elena comenzó a latir con violencia.

—¿Qué dijo?

—Preguntaste si murió aquella noche.

Y la respuesta es no.

Las lágrimas aparecieron inmediatamente en los ojos de la joven.

—Entonces…

¿Está viva?

El Guardián bajó lentamente la cabeza.

—No.

Vivió varios años después del incendio.

Pero nunca pudo regresar.

Aquellas palabras resultaban incluso más dolorosas.

Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Sofía la sostuvo antes de que cayera.

Matteo observaba al Guardián.

Sabía que aún no había revelado lo más importante.

—Diles la verdad completa.

El hombre permaneció inmóvil.

—Todavía no.

Matteo insistió.

—Ya no queda tiempo.

El Guardián levantó lentamente la vista.

—Precisamente por eso.

Todavía no.

Muy lejos de allí, Adrián Valmont continuaba descendiendo por el enorme pasadizo secreto.

Sus hombres avanzaban detrás de él con armas preparadas.

Cada vez estaban más cerca del corazón del complejo.

Uno de los escoltas señaló una enorme puerta de bronce.

—Debe ser aquí.

Adrián sonrió.

—Al fin.

Se acercó lentamente.

Pero antes de tocar la puerta escuchó una voz detrás de él.

—Siempre llegas tarde.

Se dio vuelta inmediatamente.

No había nadie.

Los escoltas comenzaron a iluminar el corredor con linternas.

Vacío.

Completamente vacío.

Sin embargo, una risa baja volvió a escucharse.

Mucho más cerca.

En la Cámara del Juicio, el Guardián caminó hasta un antiguo altar de piedra.




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