Bajo su Imperio

Capítulo 33 La profecía del quinto heredero

El anciano permanecía sentado en el trono de piedra como si hubiera esperado aquel momento durante toda una vida.

Sus ojos completamente blancos no parecían mirar a nadie y, sin embargo, daban la impresión de atravesar el alma de cada uno de los presentes.

Un silencio solemne envolvió la inmensa sala circular.

Las cientos de velas que iluminaban el recinto comenzaron a oscilar al mismo tiempo, aunque no existía la menor corriente de aire.

Alessandro dio un paso al frente.

Instintivamente colocó a Elena detrás de él.

Ella apoyó una mano sobre su brazo.

—No estoy sola.

Nunca más.

Él giró apenas la cabeza.

Una leve sonrisa apareció por un instante en su rostro endurecido.

—Mientras yo respire, nadie volverá a tocarte.

Renzo observó aquella escena con una mezcla de orgullo y tristeza.

Aquellas palabras le recordaban demasiado a alguien.

A una promesa hecha muchos años atrás.

Una promesa que no había podido cumplir.

El anciano apoyó ambas manos sobre el bastón tallado que descansaba frente al trono.

Su voz era pausada.

—Han llegado hasta el último santuario.

Pero todavía no comprenden por qué fueron llamados.

Gabriel dio un paso adelante.

—¿Quién es usted?

El anciano sonrió.

—He recibido muchos nombres.

Los hombres me llamaron sabio.

Los guardianes me llamaron custodio.

Los traidores…

Me llamaron juez.

Lord Octavian inclinó lentamente la cabeza.

—Maestro Elías…

El anciano asintió.

—Hace mucho que nadie pronunciaba ese nombre.

Lucien permanecía inmóvil.

Cada nueva revelación destruía otra parte de la historia que había aprendido desde niño.

Miró directamente al anciano.

—¿Existe realmente un quinto heredero?

Elías no respondió inmediatamente.

En cambio observó los cuatro medallones suspendidos sobre el altar.

Las piezas comenzaron a girar lentamente.

Entonces habló.

—Existe.

Siempre existió.

Leon sintió un escalofrío.

—¿Por qué jamás apareció en los registros?

—Porque nunca debía hacerlo.

Contestó Elías.

—Su existencia era el último recurso.

El recurso destinado a salvar el legado…

O destruirlo para siempre.

Alessandro observó la expresión de Renzo.

El hombre parecía profundamente preocupado.

—Tú ya sabías esto.

Renzo bajó lentamente la mirada.

—Solo conocía una parte.

—¿Cuál?

—Que si el quinto heredero despertaba antes de tiempo…

La guerra jamás terminaría.

El silencio volvió a dominar la sala.

Mientras tanto, varios niveles más arriba, Adrián Valmont permanecía frente al gigantesco mapa iluminado.

Las luces seguían extendiéndose por Europa.

Luego atravesaron el océano.

Después aparecieron nuevos puntos en América.

Asia.

África.

Oceanía.

El mafioso sintió por primera vez que el imperio que había intentado conquistar era insignificante.

La mujer de cabello plateado habló con absoluta serenidad.

—Las familias luchaban por una corona.

Sin saber que solo protegían una puerta.

Adrián permaneció inmóvil.

—¿Una puerta hacia qué?

Ella sonrió.

—Hacia el verdadero poder.

En la sala del trono, Elías descendió lentamente los escalones.

Su edad parecía desaparecer con cada paso.

Su postura era firme.

Su voz también.

—Todos ustedes creen que heredaron un imperio criminal.

Pero el verdadero legado jamás fue el dinero.

Jamás fueron los territorios.

Jamás fueron las armas.

Gabriel preguntó.

—Entonces…

¿Qué protegían?

El anciano respondió sin vacilar.

—La posibilidad de impedir que un solo hombre controlara todas las familias.

Marco frunció el ceño.

—Eso significa…

—Que la guerra siempre fue una distracción.

Contestó Renzo.

Elías asintió lentamente.

—Exactamente.

Elena observó los antiguos murales que cubrían la sala.

Por primera vez reparó en un detalle.

Cada pintura mostraba cuatro figuras sosteniendo una misma llama.

Pero en todas ellas aparecía una quinta sombra.

Nunca completamente iluminada.

Nunca completamente oculta.

Se acercó lentamente.

—Siempre estuvo aquí.

Sofía sonrió con tristeza.

—Y nosotros jamás quisimos verla.

El Libro de los Elegidos comenzó nuevamente a escribir.

Gabriel apenas podía seguir el ritmo de las palabras que aparecían.

Leyó en voz alta.

“El quinto no nacerá del odio.

Pero el odio intentará convertirlo en su dueño.”

Las letras continuaron formándose.

“Solo quien renuncie al imperio podrá conservar aquello que ama.”

Alessandro sintió que aquellas palabras parecían dirigirse únicamente hacia él.

Durante toda su vida había luchado por mantener el control.

Ahora la propia Cámara parecía exigirle exactamente lo contrario.

Leon caminó lentamente alrededor del trono.

Descubrió una inscripción casi borrada por el paso del tiempo.

La limpió cuidadosamente con la mano.

Después llamó a Gabriel.

—Mira esto.

El historiador leyó en voz baja.

—“El heredero verdadero nunca será el más fuerte.”

Continuó leyendo.

—“Será quien tenga el valor de romper el ciclo.”

Lucien respiró profundamente.

—Eso cambia todo.

Renzo respondió con una leve sonrisa.

—Precisamente por eso tantos hombres murieron intentando ocultarlo.

En ese instante, una campana comenzó a sonar en algún lugar profundo de la montaña.

Una sola vez.

Después otra.

Y otra más.

Lord Octavian levantó inmediatamente la cabeza.

—No…

Elías cerró lentamente los ojos.

—Llegó.

Alessandro observó al anciano.

—¿Quién?

La respuesta fue inmediata.

—El hombre que lleva treinta años esperando este momento.




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